Adolfo Acevedo Vogl
El ingreso medio por habitante de un país está determinado por el nivel que alcanza la productividad media del trabajo. La productividad media del trabajo, a su vez, es una media ponderada de las productividades de los diferentes sectores de la actividad económica: el factor de ponderación es la participación porcentual de cada sector en la generación de empleo.
Esto significa que, mientras mayor sea el predominio de los sectores de baja productividad en la generación de empleo, menor será la productividad media de la economía, y viceversa. En el caso de Nicaragua, lo que muestran las cifras es que el 78.6 por ciento del empleo total es generado por sectores de la actividad económica en que la productividad es sumamente baja —principalmente la agricultura, el comercio y los servicios informales— y en consecuencia, la productividad media y el ingreso per cápita son también sumamente bajos. Esta es la razón por la cual Nicaragua es el país con el ingreso per cápita más reducido de la región, después de Haití. Para que pudiese hablarse de “milagro económico”, en el país debería estarse produciendo un proceso de incremento acelerado en el coeficiente de inversión pública y privada, y este debía estar apuntalando un proceso dinámico de transformación estructural. Esto haría posible por una parte incrementar con fuerza la productividad de los sectores de más baja productividad, y por otra, diversificar la economía con alguna rapidez hacia actividades de mayor productividad, caracterizadas por la presencia de rendimientos crecientes, alta densidad de encadenamientos y elevada elasticidad ingreso de la demanda.
Como resultado, la economía debía estar comenzando a generar, predominantemente, empleos de mayor productividad, y la creciente fuerza de trabajo derivada del bono demográfico y de género no se encontraría cada vez más atrapada, como hasta ahora, en porcentajes abrumadores, en empleos de bajísima productividad y remuneración. Pero como usted sabe, este proceso de transformación no está ocurriendo. Lo que muestran las cifras es que el empleo ha seguido creciendo ante todo en los mismos sectores cuya productividad es muy inferior a la media, y es generado principalmente por cuenta propistas y microunidades orientadas a la sobrevivencia familiar, lo cual sigue presionando hacia abajo la productividad media de la economía.
Por otra parte, en un país en que la población es todavía en gran medida joven, la población económicamente activa de entre 15 y 34 años padece de una tasa de desempleo global —la sumatoria de la tasa de subempleo equivalente al desempleo abierto más la tasa de desempleo abierto— exageradamente alta, del orden del 38 por ciento. Mas aún, para que la economía pudiese diversificarse hacia nuevas actividades de mayor productividad y contenido tecnológico deben desarrollarse los conocimientos y destrezas indispensables para poder llegar a producir competitivamente una creciente diversidad de bienes y servicios de mayor complejidad tecnológica. En nuestro país el desarrollo de la capacidad tecnológica del país ni siquiera es incipiente, como lo muestra el examen más somero de los indicadores generalmente utilizados para evaluar dicha capacidad. En términos de la inversión en capital humano, el gasto presupuestario en educación básica y media que no alcanza siquiera el tres por ciento del Producto Interno Bruto.
Los indicadores educativos que alcanzan a publicarse muestran que solo alrededor de la mitad de los niños que se matriculan al primer grado de primaria alcanzan a llegar al sexto, apenas el 46 por ciento de los adolescentes en edad de asistir a secundaria lo hacen, y solo cerca de la mitad logra culminarla, y encima de eso, la calidad de la educación es sumamente pobre. Finalmente, la inversión bruta privada como porcentaje del PIB (incluyendo la inversión privada nacional y extranjera) se ha derrumbado, pasando del 26 por ciento del PIB en 2008 a apenas un 14 por ciento del PIB en 2013.
(*) Economista
Ver en la versión impresa las páginas: 3 C