El coach de baloncesto, Alex Rivera, en el centro con los jóvenes que escuchan sus instrucciones técnicas. LA PRENSA/ROBERTO FONSECA

Valioso aporte

Lo primero que Alex Rivera notó entre los niños a quienes brindaba una clínica de baloncesto en Ticuantepe, en agosto del 2013, no fue su falta de técnica o de talento para este deporte. Fue la falta de zapatos en la mayoría de ellos.

Lo primero que Alex Rivera notó entre los niños a quienes brindaba una clínica de baloncesto en Ticuantepe, en agosto del 2013, no fue su falta de técnica o de talento para este deporte. Fue la falta de zapatos en la mayoría de ellos.

“Eso tocó mi corazón”, asegura Rivera, un entrenador estadounidense, quien desde aquel momento destinó gran parte de su tiempo y recursos para recolectar zapatos y materiales deportivos que ahora ha entregado en ese municipio.

Pero la emoción sería aún mayor para el coach al percatarse que los jóvenes y los niños, a quienes visita por tercera vez en nuestro país, habían bautizado el sitio, donde ofrece las clínicas, como Alex Rivera Basquetball Academy.

“No he venido a buscar reconocimientos o cosas parecidas, pero estos chavalos se han ganado mi corazón”, afirma Rivera, actualmente director de iniciativas deportivas de Flintridge Preparatory School, asentado en California.

La llegada de Rivera fue propiciada por el programa de Diplomacia Deportiva que impulsa la Embajada de Estados Unidos, en coordinación con el Colegio Saint Mary, en Managua. Y las clínicas son en baloncesto, softbol y futbol.

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Junto con el coach Alex Rivera, también participaron en las clínicas los entrenadores Esteban Chávez (futbol) y Julie Mejía (softbol), quienes se comprometieron a regresar.

Además del respaldo de estudiantes y exestudiantes de Flintridge, Rivera cuenta en esta iniciativa con el apoyo de su esposa, Yolanda, mientras que a nivel local, el Colegio Saint Mery fue determinante.

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“El deporte sirve para ayudar en diferentes áreas de la vida. Nos permite hacer amistades, conocer la lengua y cultura de este país y ver la forma cómo viven. Eso permite apreciar y valorar aún más lo que tú tienes”, explica el entrenador.

Esta vez, Rivera vino con un grupo de trece estudiantes de Flintridge, quienes además de ayudar en las clínicas y en el Colegio Saint Mary, también colaboran en el hospital “La Mascota”, y viven en casa de padres de familia del colegio.

“Mi primera visita fue en agosto de 2013 y cuando volví a EE. UU. hablé con estudiantes sobre las necesidades que había aquí. Muchos se dispusieron a colaborar. Otros ahorraron dinero y compraron sus pasajes para venir a ayudar”, afirma.

Un caso especial es el del estudiante de undécimo grado en Flintridge, Greg Walsh, quien al saber que los niños no tenían uniformes, vendió galletas y libros, y lavó carros, para comprárselos y se los entregó el martes recién pasado en una actividad en Ticuantepe.

“Habría sido sencillo que Greg le hubiera pedido el dinero a sus papás para comprar los uniformes, pero más bien se dispuso a trabajar y los compró. Hay una mayor satisfacción cuando ayudás de esta forma”, sostiene el entrenador.

El propio Walsh recogió los frutos de su esfuerzo en los EE. UU. Cuando el fabricante de los uniformes supo de sus intenciones, le regaló balones que él mismo entregó también en Ticuantepe, como un detalle adicional.

“Hemos enseñado, pero también hemos aprendido mucho. Una de las cosas que más me ha gustado, es que los jóvenes te escuchan, te prestan toda la atención y desean ser mejores en lo que hacen. Hay potencial y eso es motivador”, dice.

Rivera conoce las limitaciones. Aunque estudió administración deportiva en California State University en Los Ángeles, nació en Acapulco, México, y cuando se marchó, siendo un niño, con su familia a EE. UU., todo era trabajo.

“En cada momento que yo podía me iba a jugar baloncesto, pero mi mamá me regañaba y decía: ‘Aquí no hemos venido a jugar. Venimos a trabajar para mejorar’. Así que luego de trabajar, me iba a estudiar y pude desarrollarme en lo que yo quería. Me encanta lo que hago: enseñar a los jóvenes”, explica.

Ahora que llega el momento de volver a casa, Rivera y sus alumnos se llevan la satisfacción de haber compartido tiempo y recursos con jóvenes necesitados, pero sobre todo se llevan la gratitud de gente que apreció lo que hicieron.

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COMENTARIOS

  1. John
    Hace 12 años

    Menos mal que no lo hackearon para sabotearle su esfuerzo

  2. Heidi
    Hace 12 años

    Solo podemos decir muchas gracias por ese corazon tan noble y desprendido a todos!

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