Adolfo Acevedo Vogl
Desde hace meses la información económica oficial, cuando era sometida a escrutinio, venía mostrando una clara tendencia a la desaceleración económica, cada vez más vinculada al comportamiento del coeficiente de inversión privada.
La inversión privada se derrumbó del 26 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2008 a solo un 14.4 por ciento del PIB en 2013, y a solo un 11 por ciento en el primer trimestre de 2014, tras experimentar una caída adicional del diez por ciento en dicho trimestre, después de cuatro trimestres consecutivos de caída en 2013.
La reducción de dicho coeficiente se manifestó inicialmente en el componente de maquinaria y equipo, pero en los últimos meses se reflejó también en la caída del componente de construcción.
Tanto la Encuesta de la Construcción Privada como el Índice Mensual de la Actividad Económica (IMAE) del Banco Central muestran la caída de la construcción. De acuerdo al IMAE esta actividad, que estaba creciendo al 17 por ciento a diciembre 2013, decreció en dos por ciento a mayo 2014. Esta actividad es una de las que más está contribuyendo a la desaceleración del índice.
Sin embargo, por alguna razón, el Gobierno atribuye la desaceleración de la actividad económica a la sequía y la caída de los precios internacionales, y sobre esta base justifica un inminente recorte a la proyección de ingresos fiscales y al Presupuesto.
Es curioso, porque hace muy poco tiempo el Presidente del Banco Central declaraba que, tras una ronda de 18 días de reunión con representantes de sectores productivos, habían concluido que la sequía no afectaría las metas productivas planteadas.
Asimismo, si bien el año pasado los precios internacionales de nuestras exportaciones cayeron, en lo que van del presente año en general se han recuperado.
Por su parte, el IMAE a mayo muestra que la tasa de crecimiento interanual acumulada de la actividad agrícola ha crecido un siete por ciento, superior a la tasa del tres por ciento con la cual finalizó 2013. La reducción en granos básicos ha sido compensada con el incremento en el volumen de otros agrícolas, caña de azúcar (en estas existe fuerte presencia de riego) y café. La ganadería ha continuado descendiendo, pero a una tasa menor que el año previo.
En el agregado, el sector agropecuario no muestra una tendencia peor a la del año anterior.
A la vista de esto, y de que el sector agropecuario solo explica el 2.6 por ciento de la recaudación total de impuestos, atribuir al comportamiento de este sector debido a la sequía el inminente ajuste fiscal, no parece convincente.
Revisando las cifras de la recaudación tributaria, un factor fundamental que aparece liderando la desaceleración de la misma en comparación a lo proyectado es la magnitud de la caída del impuesto selectivo al consumo (ISC) que grava un número importante de bienes importados.
Al mes de Abril, el mismo muestra una caída en su recaudación de un 26 por ciento, en relación al mismo periodo de 2013, y de mantenerse la tendencia, este impuesto por sí mismo daría origen a una brecha recaudatoria de casi 1,500 millones de córdobas en relación a lo presupuestado.
Semejante caída refleja un error muy grueso de proyección, y nos indica que la sequía no sería la causa del inminente ajuste fiscal, ni mucho menos.
Es probable que también el “sistema” de la DGI haya agotado su capacidad de contrarrestar el déficit recaudatorio subyacente al propio diseño del Impuesto sobre la Renta, y que este finalmente haya terminado imponiéndose y presionando a las aguas de la recaudación del IR a volver a su (verdadero) nivel.
Pero el hecho más alarmante es la disminución sistemática del coeficiente de inversión privada. Resulta interesante la poquísima atención y análisis que ha atraído este hecho, pese a las profundas implicaciones adversas, no solo presentes, sino de potencial largo alcance, del mismo.
(*) Economista
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