JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Integrada por 16 maestros, la Orquesta del Conservatorio de la Upoli conducida por Gabriel Hernández García, hizo vivir a la familia de cuerdas en el concierto celebrado en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra, el pasado jueves.
La institución lleva siete años de participar con elocuencia distintiva en las temporadas de la música clásica. En su presentación se festejó a músicos ingleses de los siglos XIX y XX con la exposición de otros compositores europeos. Sobresalieron Benjamín Britten y Edgard Elgar.
Trece promesantes del arte sonoro en el primor sedoso de las cuerdas levantaron la mano con sus instrumentos para cumplir y dejar testimonio de lo que han evolucionado —perfeccionado— en el género tan proclive al virtuosismo.
Solo estuvieron ausentes por razones justificadas, Sixto Cajina y Raúl Martínez. La estirpe de las cuerdas no obstante estuvo unida en la fiesta que dejó vestigios de la autenticidad epónima. Cuerdas y maderas, lo más significativo en la tasación subjetiva.
Se sintió con sencillez sin tanta sofisticada hondura, la estrategia de unir las motivaciones de una cosecha nueva puesta en el estable tesoro de los clásicos en el cual el más añoso fue Félix Mendelssohn de quien se interpretó la Décima Sinfonía bautizada así sin la intención de cumplir con las normas de la forma sonata, razón por la cual entra a la categoría expuesta.
La noche estuvo trazando el encanto de las olas en el alba, la naturaleza viva que identificó a Benjamín Britten refrescado en su sinfonía simple, puesto en su tendencia de revivir las melodías del Siglo XVIII.
Los variados movimientos —la suma de las velocidades— se notaron en los cuatro de la suite de Gustav Holst y en la serenata para cuerdas de Edgard William, en el concierto de la brevedad sustanciosa.
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