En un artículo publicado el 7 de junio del 2014 por el Banco Mundial se analiza la situación económica de los participantes del Futbol en Brasil. Ocho de cada diez jugadores que participan en las ligas oficiales de futbol viven con menos de 650 dólares al mes. De los 31,000 jugadores registrados en la Confederación Brasileña de Futbol en 2012, 25,000 (82 por ciento) ganan menos de dos salarios mínimos (US$$638), y únicamente el dos por ciento de ellos ganan más de veinte salarios mínimos mensuales, es decir 6,380 dólares al mes. La selección brasileña, que el 12 de junio 2014 debutó frente a Croacia, es conocida en el mundo entero como el “Scratch du Oro” o “La Verde-Amarela”, representando a la élite del futbol brasileño. De los 23 jugadores convocados al Mundial, 18 de ellos juegan en ligas extranjeras, ganando jugosos salarios. El equipo tiene el mayor valor de mercado de todos los participantes del Mundial (700 millones de dólares), o dicho de otra manera, el 6.2 por ciento del PIB de Nicaragua en 2013.
Historias como las de los jugadores de esta Selección, quienes nacieron pobres y se enriquecieron en la cancha, inspiran a millones de niños brasileños a intentar lo mismo sin la misma “suerte”, siguiendo sumidos en la pobreza y sin una debida educación. “La renta de los brasileños en general sigue siendo baja. Pero en el caso de los futbolistas, llama la atención el hecho de que es aún más baja”, dice Claudia Baddini, especialista en protección social del Banco Mundial. El jugador promedio brasileño no dispone de las leyes laborales existentes en otros sectores de la economía del “Gigante del Sur” (35-40 por ciento del PIB de Latinoamérica). Uno de los derechos al que no tiene acceso es al seguro de desempleo, derecho extremadamente necesario en un deporte en donde la “rotación” es muy alta y la “vida útil” del futbolista muy baja. El ochenta por ciento de los futbolistas brasileños no juegan durante seis meses al año, por lo menos; solo lo hacen cuando hay campeonatos estatales.
“En Brasil —y específicamente en Sao Paulo— muchos clubes tienen acuerdos con escuelas, como parte de estos convenios, el jugador solo puede jugar en la cancha si tiene aprobadas todas las asignaturas”, señala el artículo del Banco Mundial. El problema es que el demandante entrenamiento para profesionalizarse difícilmente hace que presten atención en clase y para no desviarlos de un futuro “teóricamente” prometedor, los maestros terminan aprobándolos. Tan perjudicial es terminar la escuela sin haber aprendido en ella, como quedarse sin trabajo después de una corta vida futbolística. Lo ideal sería que se les formara no solamente como atletas, sino como seres humanos integrales. Y que su vida no se limitara a jugar en una cancha de futbol, sino a actuar de manera funcional en toda la sociedad.
En 1895 el escritor irlandés Oscar Wilde escribió “La importancia de llamarse Ernesto”. Parafraseándolo, ahora podríamos afirmar que en el Mundial de Brasil “Lo importante es llamarse Neymar”, pero no todos llegan a tener ese privilegio. Además de todo lo aquí comentado, han salido a flote muchos problemas en Brasil (servicios públicos ineficientes e insuficientes, poca transparencia en la gestión pública, inequidad social y falta de productividadpaís). También destacan las necesidades de quienes decidieron adoptar el futbol como medio de vida.
El Mundial nos presenta la oportunidad de que volvamos nuestra mirada hacia los futbolistas “de a pie” y en general, a los deportistas del mundo entero, incluyendo a los nuestros, quienes experimentan similares o peores condiciones de las aquí expuestas. Retribuyámosle los momentos de alegría y emoción que nos brindan, ofreciéndoles una vida digna, aun después de que el Mundial sea ya historia, y sus participantes una estadística más. El autor es catedrático de la Universidad Thomas More
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