Mientras la Argentina de Kempes, Ardiles, Pasarella y Bertoni avanzaba hacia la cima del futbol mundial en la Copa de 1978, en el norte del país estábamos más preocupados por sobrevivir en medio de batallas cada vez más frecuentes entre sandinistas y la guardia de Somoza, que en saber quién anotaba los goles.
Quizá por eso, mi primer recuerdo de un Mundial se remonta a España ‘82, con el entusiasmo de los hondureños, que llegaba a mi Condega natal a través de Canal 5 de la Televisión catracha, con Gilberto Yearwood como estrella de una tropa liderada por Chelato Uclés, quien llegó a empatar con España (1-1) y realizó una buena labor.
Desde entonces, no he dejado de asomarme a los Mundiales, más con curiosidad de aficionado que con otras pretensiones. Justo en ese Mundial de España pude apreciar el talentosísimo equipo brasileño, que con Zico, Sócrates, Cerezo y Falcao a la cabeza deslumbró al mundo, aunque los italianos los sacaron del camino.
Y he coleccionado recuerdos como la irrupción de Paolo Rossi ahí en España, la mano de Maradona y el gol de Negrete en México ‘86, la rigidez con que se jugó y la aparición de Schillaci en Italia ‘90, el bombazo de Branco ante Holanda en EE. UU. ‘94, en ruta hacia el cuarto título brasileño con Bebeto y Romario como comandantes.
Luego saltamos a Francia ‘98, donde los locales dieron un toque especial al torneo de la mano del genial Zidane, para llegar luego al Brasil de Ronaldo y del pentacampeonato en Corea-Japón 2002, con Scolari acoplando egos, mientras en Alemania 2006 Zidane no usaba la cabeza tan inteligentemente y los italianos se coronaban.
La última Copa que vimos (Sudáfrica 2010) nos mostró a una España que no solo dio el paso que la historia le exigía, sino que con su orden, criterio y armonía se metió a la élite del futbol mundial y no tiene planes de salirse, a pesar del empuje de Brasil, la constancia de los alemanes y las aspiraciones argentinas.
Ahora Brasil se alista para acoger el Mundial en sus tierras. Una magnífica oportunidad para jugar bonito, y ganar. Sin duda, los tiempos han cambiado. La consolidación de los mundiales como el evento deportivo de mayor impacto planetario no está en discusión y no queda más que disfrutarlo, mientras atesoramos más recuerdos en el baúl.
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