Joaquín Absalón Pastora
Repercute el eco en el sentimiento de donde fluye la concordancia con expansión en el tiempo (“la música, misteriosa forma de tiempo”, deducción poética de Jorge Luis Borges). En las montañas y los ríos se oyen las voces, el trino en la serenata de los pájaros y además del sonido en lo natural, el que emiten los instrumentos apropiados: mandolinas de cuerda pulsada, el violín con tesitura y afinación semejantes y la guitarra con su boca de bohemia antigua.
El trío proclamó el loor vernáculo en Sinsonte en las cañadas: mazurca y polka nacidas de la inspiración de los antepasados porque la música y más la folclórica, lleva las raíces ancestrales de autores anónimos.
Sin embargo hay también hacedores en este ramo que no lo son y viven en la memoria: Alejandro Vega Matus, quien influido por la danza originada en Polonia, viajando luego por América, inició su obra con una mazurca, su primer ejemplar del árbol polifacético. La mazurca era el ritmo reinante por su melódica representación, por la guapeza que lo acompaña.
El otro género —la polka— tampoco ha extraviado los aires de su vigencia en una norma cronológica activa, sujeta a versiones distintivas en acorde con el temperamento festivo. Situó a Vega Matus como un ejemplo dentro de los que pueden darse en la música de este género con la explicación de que mucha de ella ha sido fruto de autores desconocidos.
Desde luego el vasto repertorio debe quedar —y ya lo está— en las valiosas iniciativas de investigación e implementación llevadas al documental por: Erick Blandón e Iván Argüello. Vivificación de la música nicaragüense del norte. Investigación que puede ser el preludio de una historia más extendida de la diversidad que hay en el suma de la música nicaragüense.
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