El recurso de la falsedad en extremo fue la respuesta de los Ortega-Murillo a los obispos. Lo hacen constantemente, pero esta vez fueron descarados. Volvieron abusar de la mentira orweliana, que es la falsificación de la palabra para referirse a una falsa realidad.
La manipulación del lenguaje no es novedad en ellos, fue una práctica de los países totalitarios que ha mutado en el supuesto Socialismo del Siglo XXI. En la actualidad se caracteriza por servirse de la religiosidad popular y de sus poderosos aparatos mediáticos en países sociológicamente católicos.
Los gobernantes hablaron de gobernar con “amor cristiano y ejercer la paz social”, pero la verdad es que en la práctica lo que hacen es sembrar semillas de violencia cuando aplastan la disidencia y cierran los espacios democráticos.
Se refirieron a la existencia de un “permanente diálogo con todos los ciudadanos” y dijeron gobernar en base a la solidaridad y la justicia. La realidad es que no escuchan y no hablan con todos los sectores a quienes por el contrario les violan sus derechos fundamentales permanentemente, como el derecho de elegir libremente a sus autoridades.
Detrás de sus ataques al libre mercado, la libre competencia y la justicia independiente que otra vez denunciaron como “capitalismo salvaje”, vuelven a esconder sus ansias de continuidad dispuestos a pactar con cualquier chino, ruso o Ayatolá para mantenerse en el poder y acomodar las leyes y la Constitución a sus intereses personales.
Apelaron a los más nobles sentimientos del ser humano para atacar los “valores contaminantes del mundo globalizado”. En síntesis una guerra de palabras vacías sobre la globalización y envolver en ellas el futuro de escasez, miseria y pobreza que ofrece el fracasado modelo venezolano: el que llaman “Cristiano, Solidario y Socialista” aquí en Nicaragua.
Es cierto que Ortega y Murillo hablan en tonos, tiempos y formas diferentes, pero exactos en falsedades e inexactitudes. Ambos usan una sintaxis repetitiva que aburre al público. Además del delirio orweliano, padecen el mal del micrófono que cuando lo toman no sueltan para darse al exceso de palabras innecesarias con las que llenan su falta de contenido.
En contraste al discurso presidencial, la verdad con que hablaron los obispos invita a identificar, denunciar y combatir permanentemente esa manipulación de los gobernantes con el lenguaje. La falsificación de la palabra constitucional ha sido nuestra mayor desventura política decía Pablo Antonio Cuadra (PAC) refiriéndose a las palabras saqueadas de su significado, como característica de todas las dictaduras de América Latina.
En Nicaragua bajo la dictadura de Somoza PAC se preguntaba: “Si nuestra moneda el córdoba fuera tan equivoca como nuestra palabra democracia. ¡Qué desastre y confusión sería nuestro comercio! ¿Por qué somos tan honrados con nuestras monedas, al fin y al cabo es una palabra que designa valor, y porque somos tan poco honrados con nuestras monedas políticas en permanente y anárquica inflación?”
Lo cierto es que para la sostenibilidad económica tan importante es una moneda firme que no miente en su validez, como un lenguaje político ajustado a la verdad. A mediano plazo de poco sirve tener buena moneda sin palabra honrada que la respalde. Al final son monedas que de un día para otro pierden valor y facilitan el colapso económico, político y social como le pasó a Somoza.
Los obispos pusieron el dedo en la llaga, le devolvieron a la palabra democrática su significado. Le dijeron la verdad del pueblo a las falsedades de los Ortega-Murillo y con su ejemplo, los pastores de la Iglesia nos llamaron a tener presente aquella máxima de Jesucristo a sus discípulos que dice así: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres, porque si te dejas llevar por la mentira solo podrás aspirar a ser esclavo”. La autora es periodista.
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