Amalia Morales
Entre las manos ajadas de Haydée hay algo fucsia y brillante. Sus ojos verdes no escatiman en el objeto al que la yema de sus dedos le quitan la grasa y los jugos de restos de comida en los que venía envuelto.
El municipio de 60,000 habitantes produce diario alrededor de 31 toneladas de basura, de las cuales 27 llegan nada más al relleno sanitario. La cooperativa de mujeres quiere aprovechar y entrar a recoger la basura que los camiones no recolectan. Para ello han solicitado al Gires apoyo con un vehículo. “Un camioncito”, dice Margarita Córdoba, para entrar a los callejones y cobrar cinco córdobas por ese servicio. Actualmente la Alcaldía cobra 20 córdobas mensuales por la recolección de basura.
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Es un celular. Un modelo que trae tapa. Haydée lo abre y lo cierra, parece que está en buen estado. María Elizabeth, una de las más jóvenes del grupo que está a su espalda, le pide con entusiasmo que le enseñe el aparato. Haydée con recelo se lo muestra mientras lo sigue limpiando.
“A veces sale dinero, anillos, ollas”, dice Margarita Córdoba, presidenta de la cooperativa de mujeres recicladoras Luz del Futuro que trabajan en el vertedero municipal de Bluefields.
Las mujeres de la cooperativa esculcan la basura y reciclan plástico y metales.
Esta mañana de jueves, Margarita está detrás de Haydée arando la montaña de basura con un “garabato” (palo metálico con garfio) que acaba de botar uno de los camiones.
Córdoba anda un poco molesta porque los trabajadores de la Alcaldía que vigilan el relleno se les están adelantando con la venta de chatarra. “Nosotros también trabajamos con la chatarra, pero ellos la están vendiendo y no nos están dejando nada a nosotros. Ayer anduvimos hablando con la alcaldesa y dijo que iba a hablar con los trabajadores. Esto ya no lo soportamos. El último mes solo agarramos 500 córdobas, pero si ellos no caminaran recolectando la chatarra ganaríamos de mil córdobas para arriba”, explica Margarita y agrega que en la cooperativa la filosofía es repartir en partes iguales lo que se recoge al final de mes.
LA RUTINA DE PONCHAR
La cooperativa está dividida en dos grupos que se alternan a lo largo de la semana. Al llegar la primera tarea es “ponchar” las botellas. Margarita explica que “ponchar” es pinchar las botellas plásticas con cuchillos para compactarlas. Cuando hay bastante plástico se ponchan hasta ocho sacos por día, que luego llevan a la máquina compactadora que está en la parte baja del relleno sanitario. “Sale bastante botella (plástica)”, dice Margarita.
El plástico lo compra la Alcaldía, paga 2.25 córdobas por kilogramo. Margarita dice que no es mucho, pero es lo que ahora tienen seguro. A veces se defienden con los restos de chatarra que tiran las camionetas particulares, explica.
VARIAS GENERACIONES Y FAMILIARES
Todas las mujeres de la cooperativa vienen del barrio 19 de Julio, el caserío que está a un kilómetro, en la entrada a Bluefields. Haydée Raudez dice que no lleva mucho yendo, que antes iba a picar piedra en otro sector cerca de allí, pero es menos duro este trabajo.
Algunas llevan años hurgando entre la basura del municipio. Antes iban al botadero que está más atrás, y desde hace dos años comenzaron a venir a este. Margarita lleva 12, de sus 38 años, registrando la basura. Primero fue su mamá, pero se enfermó y dejó de ir, ahora viene ella con tres sobrinos. María Elizabeth Córdoba, de 19 años, es una de sus sobrinas. A veces también vienen algunos de sus nueve hijos, cuyas edades oscilan entre los 23 y 13 años. “Todos estudian”, dice orgullosa.
Sobre los riesgos de trabajar con la basura, cuenta que algunas se han cortado con pedazos de vidrios. Haydée es una de ellas. A pesar que el proyecto Gires (Gestión Integral y Sostenible de Residuos Sólidos) ninguna tiene guantes ni mascarillas en este momento. “Parece que vivimos más sano que los que viven en el pueblo, parece mentira”, dice Margarita y suelta a reír.


