Joaquín Absalón Pastora
El arte de la música une a los pueblos. Su torre hímnica está iluminada por el lenguaje universal que la distingue de otras manifestaciones del simbolismo.
Debo referirme a las distancias marcadas por las circunstancias terrenales, a la unidad de los pueblos latinoamericanos y cómo no aludir al compositor nicaragüense, Carlos Ramírez Velásquez que hizo una apología en la Sinfonía de las Américas, consciente de que habitamos un continente afectado por la disgregación de sus hijos.
La obra fue premiada en un certamen internacional celebrado en Detroit en 1945 y puesta en escena el 20 de noviembre en el Teatro Tropical de Managua.
La obra pinta el porvenir en movimiento y orquestación. ¿No es acaso eso —inagotable binomio— la sinfonía? Qué mejor modalidad para ser inspiración de origen no traducida al “slogan” publicitario, que la música con su capacidad intelectiva, arrobo y misticismo.
A Carlos Ramírez Velásquez se le ocurrió escribir dos sinfonías. La más trascendente es la que dedica a las Américas con sentido real en la dimensión del arte. Es la apoteosis para el mañana sin emigrar de los privilegios que el destino le puso a lo clásico.
Según el criterio del doctor Santos José Cermeño, quien acompañó al autor en la elaboración de la obra, es “sencilla y sincera”.
Tiene su preludio y su “smorzando”, su invitación al reposo de las armas y vuelan en su paisaje el “cenzontle” y la “chachalaca” representados respectivamente por la primera flauta y el primer clarinete figurando al alba legítima de América.
Nadie la retrata mejor que el propio Ramírez: “Donde quiera que se ejecute mi sinfonía habrá un norteamericano, un mexicano, un argentino, un nicaragüense, etc. que vibre de emoción al escuchar su música en uno de los símbolos sagrados de su nacionalidad”.
