Amalia Morales
Después de seis meses de trabajo, Ramón Galeano Arauz terminó por fin su homenaje al poeta que admira tanto: un busto gigante de Rubén Darío que se ve al pasar frente a las instalaciones centrales de Enacal (Empresa Nicaragüense de Acueducto y Alcantarillado), a un lado de la parada de buses.
En realidad la escultura es todo, o más bien, el único adorno de la casa de Ramón Galeano, un hombre de 81 años que se define como “escultor, músico y sastre”.
Durante semanas, sus vecinos se preguntaron qué era lo que hacía este hombre, que en short y chancleta, mezclaba cemento y con la cuchara de albañil pincelaba los rasgos fuertes del vate. “Lo quise esculpir como cuando era joven”, dice Galeano, quien vive al interior de un cajón de concreto amarillento, con ventanas de bloques decorativos. Él mismo construyó la vivienda. “Yo he hecho seis casas mías en toda mi vida”, dice este hombre que en un rato de conversación cambia y cruza los temas, los tiempos, los personajes.
Galeano cuenta que este no es el primer Darío que ha esculpido. Había hecho otro más pequeño, con una pequeña fuente y cisnes. “Lo vendí”, dice Galeano sentado en el umbral de su casa, arropado por la sombra de los árboles que rodean su lote, en cuyos troncos ha puesto letreros incitando a la limpieza a los transeúntes, que no hacen caso. “Viera como se pone aquí”, dice apuntando con el índice izquierdo alrededor.
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“Este es un huapango”, dice Galeano, quien asegura que como Darío su “talento de escultor, músico y sastre”, lo aprendió sin ir a la escuela. “Yo no tuve escuela”, dice pero asegura que leyó mucho de joven. Tuvo una abuela que le enseñó a leer y escribir, y más tarde, él, por su cuenta, entraba a las bibliotecas y devoraba libros, sobre todo, de historia. Galeano recita en sus canciones la vida de Darío. Le interesa sobre todo su faceta de adolescente y joven, es quizás con la etapa de la vida del poeta que más se identifica este hombre que vive solo, acompañado algunas mañanas por amigos que llegan a charlar con él.
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Galeano dice que es papá de seis, pero vive solo. Dice también que no tiene pensión, y sus ingresos son esporádicos. “Me fui al (Instituto Nicaragüense) Seguro Social a ver cuánto tenía allí, al rato se aparece el hombre y me dice: ‘no tenés nada, centavos son los que tenés allí’. ¿Cómo? ¿Ustedes son ladrones? Se me zafó”, gritó y se largó.
Tiempo después volvió a ir y le dieron dos datos distintos sobre sus semanas cotizadas. Primero le dijeron que tenía 225 y luego 700, pero al fin, nunca pudo retirar una pensión.
Dice que vive de la venta de las esculturas. Adentro en su casa, tiene varias réplicas pequeñas del Rubén Darío que está en la calle. Las tiene sin pintar. Cuestan 450 córdobas. “También son de cemento”. Además de los Darío, esculpe pequeños cisnes y garzas. Les ha buscado venta, pero nada.
Dice que la escultura grande también intentó venderla. Fue a la Alcaldía de Managua. Les habló de su trabajo, les dijo el costo (dos mil dólares), quedaron de ir a verlo, pero “hasta ahora nada que vienen”, dice Galeano quien cree que en el país hay poco interés por la figura de Darío.
“Ahora en las escuelas los chavalos no saben nada de Darío. Ha bajado el nivel de popularidad que tenía”, critica y se pregunta que “¿cómo es posible que no exista una avenida que se llame Rubén Darío? Yo propuse que así le pongan a esta avenida”.
NARIZ RASPADA
Todo iba bien con el busto Darío. Galeano se levantaba, miraba y vigilaba que estuviera en perfecto estado. La gente pasaba, clavaba su mirada en el Darío que parece brotar de la tierra. Algunos decían “¡qué belleza!” y Galeano orgulloso los oía desde la silla donde se sienta, en el quicio de la puerta de su casa. “Es Rubén Darío, ¿no sabés quién es?”, murmuraba alguien a otro de vez en cuando. Y así, hasta que el primer viernes de mayo oyó una bullaranga, se asomó y vio a una mujer encima de Darío.
Le dijo que se bajara, le preguntó que “¿qué es la cosa?”, que respetara la escultura. La mujer ni se bajó ni le contestó.
Después de insistir, Galeano fue, trajo un balde de agua, volvió a gritarle que se bajara, la mujer caprichosa no le hizo caso, y él le tiró el agua encima.
A los minutos Galeano fue a revisar la escultura y halló estropeada la nariz y las cejas de Darío. “Ahora tengo que arreglar eso”, dice Galeano.
Una vecina que no quiere problemas con Galeano, da otra versión. “Es que ese señor es pleitisto: un chavalito se quedó viendo la escultura y él le echó agua. Según ella armó un alboroto tal que atrajo la atención de los que estaban en el novenario de un muerto. Después le hicieron eso”, dice la vecina respecto a los raspones de la escultura, pero tampoco sabe quién le chimó la nariz a Darío.
A Galeano el incidente no lo desanima. Dice que cuando esté mejor de salud va a reconstruir la nariz del Darío, con quien se identifica, dice, porque fue un niño que creció sin sus padres, como él. “A Rubén Darío le pasó lo que me está pasando a mí. Fue un hombre incomprendido”, dice Galeano, quien además de tallar figuras escribe canciones en honor a Darío y a Nicaragua. “Ya tengo seis grabadas, un vecino me ha ayudado”, cuenta y confiesa que tiene cien canciones más que le gustaría grabar un día.
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