Ante una intimidante multitud y frente a un equipo que solía ser imparable, el Real Madrid echó mano de su futbol veloz y ejecutando a toda prisa pero con un alto nivel de precisión, arrasó al Bayern de Múnich y se situó a una victoria de la cima.
La revolcada que le pegó al Bayern, grafica al Madrid en su verdadera dimensión. Lo mostró sólido en su defensa, solvente en el medio campo y contundente en el ataque, mientras exorcisaba demonios en suelo alemán, con una autoridad absoluta.
Esta tropa, que Carlo Ancelotti ha logrado ensamblar, ha agrupado a una formidable colección de talentos, que al menos en temporadas anteriores, era capaz de maniobras extraordinarias, pero que solía olvidar lo más básico: jugar en equipo.
A diferencia del Bayern, que agregó vistosidad a su juego, pero sacrificó contundencia y aceleración en sus transiciones, el Madrid se mueve a todo tren, pero no a lo loco, sino con orden y criterio, y sabe replegarse cuando la situación lo exige.
Y como bien lo aseguró el técnico Ancelotti, “estamos en la Final, pero no la hemos ganado”. Y sin dudas, el Atlético lo va a exigir al máximo, como lo ha hecho en la liga, donde lo derrotó (1-0) en una ocasión y empató (2-2) en la otra la tropa colchonera.
Pero bien, 12 años después de su última incursión en una final, el Madrid está de vuelta y su pretensión es recobrar el brillo que lo convirtió en referente histórico, estatus que requiere ser revalidado en Lisboa, espléndido escenario para ello.
El Madrid está de vuelta a Europa y con sus turbos al máximo. Ha juntado talento, carácter y hambre de gloria, cuando más lo necesita.
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