Nicaragua no tiene un poder legislativo real. La Asamblea Nacional es un simple salón donde se exhiben las más indeseables obras teatrales que emanan de la prodigiosidad táctica y la viciada imaginación de un cruel dictador. Este sabe acarrear sus mensajes de manera oficiosa; sabe hablar de sus propios caprichos con genial y convincente determinación. Y es así porque su drama es hilvanado con precisión costumbrista, con pleno conocimiento y dominio de los hábitos propios de esta corrupta Asamblea, de nuestras quebrantadas instituciones, del ambiente oscuro y la dimensión anacrónica del tiempo en que vivimos los nicaragüenses.
Daniel Ortega, presidente inconstitucional de Nicaragua, nos regala teatro trágico, sátira callejera, farsas insostenibles con las que —por el momento— se ríe a carcajadas del pueblo de Nicaragua. Y lo hace con facilidad, con desenvoltura, con precisa inserción psicológica porque así se lo han permitido sus asociaciones delincuenciales con los diputados, con los magistrados, con los contralores, con ciertos empresarios y líderes políticos. Él tiene montado un universo de caracteres sometidos a su guion y a sus arrebatadoras e inflexibles exigencias.
Al comenzar la segunda semana de este mes de abril, hubo días de teatro en la Asamblea. El espectáculo bien podría haberse llamado El burlador de Managua, Los intereses creados, La vida es sueño o Bodas de sangre . No para evocar banalmente el siglo de oro español, ni para ofender la memoria de Tirso de Molina, Jacinto Benavente, Calderón de la Barca, Federico García Lorca o de cualquier otro de los creadores de las mejores obras dramáticas del teatro español. Más bien, lo que aquí resalta son las comunes escenas de nuestro comportamiento político.
Cuando se anuncia en los diarios nicaragüenses que el presidente de facto del Consejo Supremo Electoral ha sido reelegido por la Asamblea, a pesar de que —igual que muchos otros funcionarios públicos— desde el 2010 ocupa su cargo de manera ilegal, acogido a un decreto presidencial emitido ilícitamente para mantener en sus puestos a funcionarios leales y fieles a Daniel Ortega, estamos presenciando un espectáculo de gritos ocultos transmitidos de boca a íntimas orejas entre personajes enmascarados, malandrines y burladores.
Ahí observamos una sala repleta de diputados —que bien podrían ser reemplazados por maniquíes— validando el destino que el dictador ha deparado a este pueblo sometido y haciéndolo a la manera de una compañía teatral que intenta representar la mejor obra dramática sin moverse y sin expresar una sola palabra. Y detrás de todo esto, un pueblo lleno de aspiraciones frustradas, pretendiendo elevar su voz a la manera que la mejor orquesta sinfónica tratara de ejecutar música clásica sin instrumentos. Una impura combinación de engaño e impotencia.
En la tarde de teatro del pasado 9 de abril, los diputados opositores quebraron el silencio para solo ensanchar el marco y contenido teatral. Compararon a Roberto Rivas con actores delincuenciales de otros tiempos; se hicieron comparaciones de instituciones, partidos oficialistas y la dictadura Ortega-Murillo con dictaduras anteriores. “Delincuentes electorales”, vociferaban contra Rivas y contra sus magistrados de facto y hasta le gritaron que su postulación está “salpicada de sangre e inmoralidad y que atiza la hoguera de la guerra”.
Qué penoso camino el nuestro. Máscaras deformadas que cubren el interior y esconden la conciencia; espejos cóncavos que reflejan lo absurdo y lo imperfecto; personajes fantasmas que generan confusión; asambleas que sintetizan lo trágico y evocan la memoria de sangrientos finales que —tarde o temprano— le tocará al pueblo protagonizar.
El autor es economista y escritor.
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