Álvaro Rubí se convirtió en un catcher Dodger. Pasó del llanto a la alegría. El hijo del cargabate de los Indios del Bóer, que desde infante visitaba el Estadio Nacional, sin saber que un día sería firmado en el viejo coloso, voltea su mirada hacia al cielo, no solo para agradecer a Dios, sino expresándole a su mamá que las palabras dichas alguna vez por ella no fueron olvidadas.
Actualmente, Rubí juega como tercera base y batea .426 de promedio con 23 hits en 54 turnos al bate, sumando tres dobles y un triple, participando en 24 juegos de los 32 que van en la campaña.
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“Hijo quiero que terminés tu secundaria, yo me conformo en que saqués tu quinto año y después firmá, quiero que me cumplás ese sueño”, recuerda Rubí mientras su corazón se encoje al rememorar las palabras de su madre, quien murió de un problema asmático una madrugada. “Las madres son los seres más bellos”, dijo.
Los versos de muerte que rondaron su pasado se convirtieron en motivación para afrontar su futuro. El muchacho de 17 años fue viejo desde la infancia, con una mente de madurez absoluta, no habla ni piensa como alguien de su edad.
“Ese ha sido el momento más duro de mi vida, pero ya hace un año que ocurrió y lo tomé por el lado motivacional, ahora cada vez que entro al campo, que tomo un turno, cuando entreno, siempre hago las cosas pensando en ella, quien junto con mi papá son mi motor para seguir adelante”, indicó Rubí.
La vida fragmentada lo convierten en alguien de infantería, a pesar de eso, Rubí se ha desarrollado en el beisbol a una velocidad impredecible. “El hecho de entrenar con el Bóer en la Liga Profesional, y escuchar los consejos de Juan Castro, de Janior Montes y los demás técnicos, me aportaron mucho, ya en la Academia Nicaragüense de Beisbol me sentía estancado”, aseguró.
Rubí tiene en su casa fotos con Marvin Benard y Nemesio Porras cuando tenía 5 años, como si fuera un presagio, además de un guante obsequiado por J.C. Ramírez, cuando le sirvió como receptor de bullpen.
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