Jeniffer Castillo Bermúdez
I ENTREGA
A la última hora de clases “Martín” saca su puñal de la mochila. La hora de salida se acerca y él, para evitar que le arrebaten su mochila o lo agredan, camina armado. Así se siente más “seguro”. Tiene 14 años, igual que su compañero “Mateo”, quien empezó a consumir drogas hace un año.
“Mateo” está en primer año de secundaria y cuando salía de la escuela miraba a un grupo de diez hombres fumar marihuana. De vez en cuando, los hombres se instalan en la esquina de la escuela para ofrecer drogas gratis a los estudiantes que los miran sorprendidos y con curiosidad.
Cuando los vuelven adictos los utilizan como expendedores dentro de las escuelas o los entrenan para convencer a otros adolescentes y jóvenes sobre el consumo de drogas y así hacer más próspero su negocio.
INSTITUTO SENTENCIADO
Este escenario mantiene sentenciado al Instituto 30 de Octubre, en Loma Fresca, Bluefields. Ahí los maestros tienen adversarios fuertes: los expendedores de drogas que asedian a sus alumnos hasta que les convencen de que ir a la escuela es pérdida de tiempo y les enseñan a ganar dinero fácil.
Esta escuela atiende a 559 alumnos de secundaria que “sufren violencia intrafamiliar, viven en los guetos que trafican las drogas y andan en pandillas”, reconoce la directora Marlene Rubí.
Pero “ahorita está en riesgo de las drogas y la violencia. Hace unos años los estudiantes consumían drogas dentro de la escuela y metían machetes. Hace tres semanas un muchacho pasó una situación (de inseguridad) fuera del colegio y según él, su familia le recomendó caminar armas (y) al venir a clase él enseñó el arma blanca a sus compañeros y el profesor lo detectó”, cuenta el subdirector del centro, Harlant Wilson.
“A esa edad los muchachos están involucrados en una serie de cosas que dan miedo”, dice Wilson.
Y es que cuando el narco penetra la escuela, los niños dejan de asistir a sus clases, se vuelven consumidores o vendedores ambulantes de drogas y empiezan a llevar dinero a sus casas donde —por la misma pobreza— no siempre hay comida. También seducen a las niñas, quienes a cambio de cien córdobas caen en la prostitución, relata Grace Patterson, la docente líder de El Bluff.
Aquí estudian alrededor de 300 estudiantes en la secundaria regular y nocturna, de acuerdo con Irania Baltodano, técnica del Ministerio de Educación (Mined) en El Bluff.
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Con esos 20 dólares, por ejemplo, las niñas aportan en sus casas para que sus mamás viajen a Laguna de Perlas para conseguir agua potable.
En Tasbapouni, donde viven unas 220 familias, según el censo elaborado en 2012 por Gregory Carlos, sacerdote de la Iglesia anglicana, no hay agua para consumo y solo treinta familias tienen inodoros o letrinas para hacer sus necesidades.
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DROGAS Y ARMAS VAN A LA ESCUELA
Ella ha visto cómo los casos de alumnos consumidores de drogas y alcohol, niñas que se prostituyen y niños armados en las escuelas se volvieron cotidianos dentro de la jornada escolar en los últimos cinco años.
“Un ochenta por ciento de los estudiantes (de secundaria) en El Bluff está consumiendo drogas y alcohol. Estamos hablando de niños de 12 o 15 años, que están incluso en sexto grado de primaria”, comenta Baltodano.
Además, la comunidad ha identificado a entre 15 y 20 niñas que empezaron a prostituirse en El Bluff y que cuando ya no consiguen más dinero en su comunidad, viajan durante los fines de semana a Bluefields, donde sí encuentran quien les pague los cien córdobas por prostituirse, relata Baltodano, al tiempo que reconoce los esfuerzos de la comunidad para mantener a los niños dentro de las escuelas donde les imparten charlas de prevención a las drogas.
La Fundación para la Autonomía y el Desarrollo de la Costa Atlántica de Nicaragua (Fadcanic), que ejecuta el programa Educación para el Éxito en cinco municipios de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), conformó desde hace tres años un Comité Comunitario de Apoyo a la Juventud en Riesgo (Cayac), cuyos integrantes identifican a los niños en riesgo para que sean atendidos por el programa.
Educación para el Éxito —que inició en el 2010 y atiende escuelas en Bluefields, Kukra Hill, Laguna de Perlas, Corn Island y la Desembocadura de Río Grande— brinda oportunidades a los jóvenes que viven en circunstancias precarias y en riesgo.
“Estamos trabajando con jóvenes que oscilan entre los 10 y 29 años (…), son jóvenes que por cosas de la vida no lograron terminar sus estudios de primaria, entonces se les da la oportunidad, ya sea en la educación formal o la primaria acelerada o a distancia”, asegura Grace Gordon, especialista en educación del proyecto Educación para el Éxito que es financiado por la Usaid.
Pero, cuando la droga irrumpe la tranquilidad comunitaria, la situación se sale de control y los escolares se vuelven más vulnerables.
CUANDO LA DROGA LLEGA
Esta mañana, los vecinos despertaron inquietos. Todos conocen la razón de tanto ir y venir, pero no se atreven a decirlo. Una “visita” llegó disfrazada de “progreso” y agitó la tranquilidad de Tasbapouni, una comunidad miskita de la RAAS.
La “visita” los despertó en la madrugada y por unos días terminó con las preocupaciones que genera la pobreza en esta comunidad, donde se pesca para llevar la comida a la casa.
Cuando la droga llega a las costas de Tasbapouni, la gente “progresa”. Hace menos de un mes, una pareja encontró un saco con unos cuantos kilos de cocaína. Fueron alrededor de diez kilos, según se escucha en las silenciosas calles de esta comunidad.
Ese día, la gente iba y venía, y algunos muchachos hasta faltaban a clases, porque “cuando la droga y el dinero anda circulando aquí se nota. La gente anda como loca de un lado a otro”, cuenta la directora del colegio, Fluvia García Wilson.
Ese “tesoro” que el mar dio a esta pareja miskita provocó que unos 11 adolescentes abandonaran temporalmente la escuela. Hace poco volvieron, asegura la directora, pero dos de ellos desertaron completamente porque se volvieron adictos a las drogas.
“La droga nos está arrebatando a nuestros niños de la escuela y a las niñas las está volviendo prostitutas”, lamenta la directora del único instituto de secundaria en Tasbapouni, que atiende a 107 estudiantes.
REGIÓN VULNERABLE
La región del Caribe es la más vulnerable ante las drogas: en 2013, el Ejército de Nicaragua incautó 367 kilos de cocaína, pero se desconoce cuántos fueron incautados en la RAAS.
“En la RAAS, los narcotraficantes (locales) están usando un método de que les ha dado resultado y es regalar pequeñas dosis de drogas a los escolares (…) y comenzaron a crear adicción a lo interno de las escuelas. La incidencia de las drogas es alta en los colegios de la RAAS y también en Bilwi (…) La costa Caribe representaba hasta el 2012 una incautación de casi el sesenta por ciento de la droga que circula a nivel nacional”, apunta Roberto Orozco, especialista independiente en temas de seguridad.
Por eso es que “Mateo” cada vez que sale de clase recibe regalías de los narcoexpendedores que asedian su escuela en Bluefields. Ellos quieren, a su corta edad, convertirlos en consumidores y vendedores de drogas.
A la hora de salida, ante la ausencia policial, los narcoexpendedores vigilan la salida de los estudiantes del Instituto 30 de Octubre. “Desgraciadamente la Policía no está colaborando. Vienen a las 6:30 de la mañana y se van a las 7:00 de la mañana y ya no los volvemos a ver”, asegura Harlant Wilson, subdirector del instituto.
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