Adolfo Acevedo Vogl (*)
El concepto de heterogeneidad estructural desarrollado por Aníbal Pinto hace algún tiempo, resulta poderoso en sentido analítico para entender por qué en los países en desarrollo la productividad no logra crecer a ritmos adecuados.
En los países en desarrollo existen empresas y rubros en donde la productividad del trabajo se acerca a la frontera internacional (en Nicaragua azúcar, arroz, minería, comunicaciones y energía), caracterizados por una alta intensidad de capital, aunque generan poco empleo. A la par, existen extensos segmentos de empresas (y unidades económicas), rubros y actividades de bajísima productividad, que por esta razón generan la mayor parte del empleo. Existen grandes disparidades en los niveles productividad, tanto entre unidades y empresas de un mismo sector, como entre sectores.
En este contexto, se necesita promover activamente un cambio en la estructura de la producción y el empleo y en la canasta exportadora, diversificándolas hacia actividades de mayor complejidad y articulaciones internas. Esto implica desarrollar la capacidad tecnológica que permita transformar y diversificar de manera dinámica la estructura productiva, y su capacidad de adecuarse a las cambiantes exigencias de los mercados (combinar eficiencia keynesiana y schumpeteriana) .
El traslado de fuerza de trabajo desde actividades de baja productividad hacia actividades de mayor productividad desempeña un rol clave. La economía del desarrollo tradicional indica que el cambio estructural comienza por la revolución productiva en la agricultura, que permite altos ritmos de crecimiento de la productividad, mientras se libera fuerza de trabajo que puede destinarse a trabajar en actividades de rendimientos crecientes, normalmente urbanas.
Pero en nuestros países asistimos a una paradoja. Se ha reducido el peso de la fuerza de trabajo en la agricultura y ha habido masivo traslado de fuerza de trabajo hacia las ciudades, pero no hacia actividades de rendimientos crecientes, sino al comercio y los servicios informales, y debido a que parte importante del empleo se genera en estas actividades, la productividad media declina o se estanca.
Por ello decimos que el proceso de transformación estructural se encuentra bloqueado. Si se desea relanzarlo, deben enfrentarse los factores que dan lugar a este bloqueo.
El proceso de cambio estructural debe ocurrir en el espacio, y esto significa considerar el rol de los diversos territorios en este proceso. En el caso de la agricultura, los tipos de suelo y sus usos potenciales, su degradación, los sistemas agrarios, los rubros y sistemas de producción y las tipologías de productores predominantes, la dotación de infraestructura y servicios, son muy diferentes de territorio a territorio.
Los territorios predominantemente rurales tendrán también en alguna medida que “urbanizarse”, con el desarrollo en ellos de servicios (telecomunicaciones, electricidad, internet, agua potable y saneamiento, y otros servicios no transables) e infraestructura más adecuada y moderna, y con el desarrollo de crecientes encadenamientos agroindustriales y rural-urbanos.
Estos encadenamientos productivos que articulan entre sí actividades y territorios, determinan la capacidad de arrastre sobre el resto de la economía o territorios.
Ciertamente el esfuerzo territorial debe ser parte de un esfuerzo nacional, que establezca políticas (macroeconómicas y sectoriales) e instrumentos que impulsen y promuevan el cambio (instituciones de fomento, investigación y extensión, inteligencia de mercados, mejoría en la infraestructura y los canales de comercialización, distritos de riego).
Estos instrumentos, entidades y políticas de fomento deberán tener una expresión territorial y articularse con el esfuerzo que cada territorio desarrolle de acuerdo a sus características, en función de las prioridades de desarrollo del mismo y en coordinación con la perspectiva de transformación del país.
(*) Economista
Ver en la versión impresa las páginas: 2 C