Bayardo Quinto Núñez

Virtuosos del pentagrama

 

Un Viernes de Dolores, el 3 de abril del año 1963, a las 11:55 de la noche muere en Masaya muere el discípulo predilecto del insigne maestro del pentagrama, Alejandro Vega Matus, el violinista Amando Quinto Jirón, mi padre (q.e.p.d.).

Este virtuoso del violín ingresó a la Orquesta Vega Matus cuando sólo tenía 13 años de edad y fue fiel integrante de la Orquesta Vega Matus durante 50 años. Quien le enseñó los primeros pasos fue el tío de Alejandro Vega Matus, don Carmen Vega, otro violinista.

En la larga trayectoria de conciertos de la Orquesta Vega Matus, mi padre Quinto Jirón, y todos sus integrantes se cubrieron de mucha gloria. Así lo cuentan los periódicos de la época y personas que todavía existen, como don Adolfo Cárdenas y, por supuesto, mi familia, entre otros. Con la Orquesta Alejandro Vega Matus se escuchaban las notas más sentimentales, melodiosas que eran ejecutadas por Quinto Jirón, con su arco de oro y su notable violín, don Antenor Miranda, Santos Cermeño, don Ramón Hondoy, Fajardo, Taleno, Siles y otros, todos maestros del pentagrama. Mis respetos a todos los músicos de esa época, todos se merecen ser recordados y no ignorados.

Cinco días antes del deceso del virtuoso del violín Amando Quinto Jirón, uno de los galardones más codiciadas por los amantes del arte: La Lira del Mérito Vega Matus en Oro, se le impuso al gran maestro del pentagrama, Quinto Jirón, en la especialidad del violín, la cual fue entregada por el hijo de Vega Matus, don Ramiro Vega Jiménez, director de la segunda generación de la Orquesta Vega Matus.

A Quinto Jirón se le denominaba el violín mágico, porque cautivaba, impresionaba a la concurrencia armonizado con toda la orquesta y sus profesores de música. Decía mi padre: “Aquí en Nicaragua el que se muere, se muere de verdad, son muy pocos los que viven en el recuerdo de sus conciudadanos, pero siempre se deja una estela que algún día será recordado porque la historia no se puede borrar ni inventar”.

También decía Quinto Jirón que no le tenía miedo a las perspectivas de la música moderna del nuevo sistema atonal, pero se manifestaba con gran admiración por las obras románticas de los grandes maestros. “La música —decía— se ha hecho para la emoción y no para descifrar los guarismos del arte futurista”. Él tenía el alma de niño, y los niños eran sus grandes amigos a quienes les hablaba de arte, de las bellezas que este conlleva, de las bellezas de su naturaleza.

Algunos chamacos le creían, pero otros le tenían por chiflado. Por lo regular los hombres que valen en su vida, han sido siempre chiflados e incomprendidos por la plebe. Igualmente mi tío Carlos Quinto Jirón, virtuoso de la música, quien tocaba varios instrumentos, como mandolina, violín, piano, guitarra, etc., tocó con la Orquesta de don Carlos Ramírez Velázquez, Orquesta de mucha fama en su época, que le dio orgullo a Nicaragua. Mi tío Carlos era del mismo criterio de mi padre, ambos que en paz descansen y que en el cielo estén entonando las mejores melodías celestiales.

Así, un día todo se acaba, pero no se muere del todo, siempre queda algo merodeando por ahí y es en las obras buenas que se pudieron hacer desde la posición que uno esté. Mis respetos a todos los artistas vivos o muertos. El autor es abogado.

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