Roberto Carlos Pérez
A Franck de las Mercedes ¿No era la vida aquí una vida de perros? ¿No maldecían todos la existencia? ¡Mi vida es para mí: Yo no la entrego!
Salomón de la Selva, El soldado desconocido
Hace ocho meses que no toco la guitarra. Mi madre me dice que está por allí, en uno de los cuartos vacíos de la casa. Los faroles de la calle Cervantes ya no alumbran. Al caer la tarde la fachada se llena de sombras cuya impasible espesura devora las débiles luces que el comedor y los dormitorios arrojan hacia afuera. La casa ya no tiene alegría. Su ruina, como cree mi madre, tal vez se deba a la falta de ánimo para limpiar y reparar lo que se va estropeando, pero yo sé que lo que pasa es la guerra.
Es una casa muy grande. Tiene cinco estancias, seis dormitorios y una escalera para llegar al segundo piso, el único desde donde se escuchan las ramas de los árboles crepitar con la brisa. Al fondo de la planta principal están las bodegas y más allá unos viejos cuartuchos, tristes y sombríos, en los que abundan la humedad y las ratas. En uno de ellos, cuya puerta está oculta por un desvencijado ropero, mi madre ha decidido esconderme para que no me lleven a la guerra. Desde entonces la tristeza y el miedo son mi única compañía.
Todo es sombra aquí adentro. Día y noche son una misma cosa. El tiempo pasa lentamente y a ratos parece no transcurrir. Un viejo reloj cubierto de telarañas y al que todos los días mi madre le da cuerda, anuncia odiosamente las horas. ¿Son horas o siglos lo que marca? No sé, apenas puedo mirarlo, pues la incesante lluvia ha encapotado el cielo, invadiendo el cuarto de su gris plomizo.
Si el fragor disminuye, el sol se asoma débil entre los nubarrones y unas vetas de luz se cuelan por la rendija. Me acerco a ellas y trato de recordar cómo era la vida de antes, con los amigos, los paseos, las fiestas. Sin embargo los recuerdos se mezclan y caen conmigo en un letargo del que emergen los sueños y la ansiedad. Las pesadillas son cada vez más frecuentes e intolerables y el temor me provoca ataques de asma. Es horrible. Quizás debería dejar que el reloj se detuviera, pero el sonido de su péndulo es lo único que le da fluidez a cuanto me rodea.
A veces pienso en el día en que todo esto termine, aunque desde hace mucho tengo la sensación de que este encierro no acabará nunca y que el miedo no se me irá de tan pegado que lo tengo a los pulmones. De noche, cuando me vienen los ataques de asma, el silbido del pecho no deja en paz a las ratas. Se acercan curiosas y si tengo fuerza las aparto de un manotazo. Con el golpe, la lumbre de sus ojos salta y salpica todo el lugar. De pequeño las perseguía por toda la casa sin saber que algún día estaríamos juntos en esta pesadilla. Cuando escucho pasos afuera me siento igual a ellas, o peor, porque en ninguna percibo el terror que me paraliza cada vez que se abre la puerta. De lejos las ratas aparentan ser animalitos indefensos, pero de cerca uno se da cuenta de que son perversas. Cuando termine la guerra, si es que algún día termina, le pediré a don Sergio, el boticario de la calle El Martirio, que me venda un frasco de arsénico para cobrarme las horas de angustia que me han hecho vivir.
Tal vez lo mejor sería irme de una vez a la guerra, cumplir con mi deber patriótico como dicen que cumplieron otros tantos que no han regresado y no regresarán jamás. Al menos ellos ya no sienten el miedo que de seguro les estrujaba el pecho. Ahora duermen tranquilos en unos ataúdes sellados que las autoridades no permiten abrir. Hay quienes dicen que en su interior solo duermen piedras, y que quizás los cuerpos jamás serán encontrados. Otros, que hay solo guiñapos, pedazos irreconocibles; un brazo, una mano o una pierna. Nadie sabe. Yo solo sé que en los ataúdes ya no hay miedo.
Antes no temía al encierro. Pasaba horas en la biblioteca tocando la guitarra o leyendo los libros de papá. De pequeño él me hacía ordenarlos en anaqueles de madera y me resultaba divertido. A veces, mientras yo los acomodaba, me quedaba mirando. Otras, me contaba historias. Me decía que Cervantes, el autor del Quijote, se lesionó la mano izquierda en una sangrienta batalla entre turcos y cristianos; que Robert Louis Stevenson, el de La isla del tesoro, había sido un hombre muy alegre, aun cuando muchos de sus libros resultaran tan sádicos. Me pregunto si Stevenson habrá sentido alguna vez este miedo, y si Cervantes no despertaba sudoroso por las noches, perseguido por la sombra de quien había convertido su mano en inservible paleta.
Antes no me hacía estas preguntas porque las cosas eran diferentes. Yo estudiaba el tercero de secundaria y salía de paseo con Teresa. A veces discutíamos. A ella le gustaba ir al campo y a mí a la playa. Me fascinaba observar su pelo bailando con la hosquedad del viento.
Poco a poco los encuentros fueron menos frecuentes. Primero faltó un domingo, después fueron más, hasta que no la volví a ver. Para entonces los militares habían entrado al colegio y se habían llevado a muchos estudiantes a la guerra. Varios resultaron heridos mientras intentaban huir. Algunos lo consiguieron, pero otros fueron llevados a culatazos en los camiones IFA que ahora circulan por la ciudad. Al día siguiente los maestros lloraron al pasar la lista. Jamás volvimos a ver a Róger, Adrián o Camilo.
Eso fue hace ocho meses y desde entonces no veo a Teresa. Su familia debe estar espantada porque Gonzalo, su hermano, tiene mi edad. Como él, tampoco he vuelto a la escuela. El toque de queda y las amenazas de los militares de llevarse a la cárcel a quienes escondan a los jóvenes tienen a todos atemorizados.
Granada está desierta. Nadie se atreve a salir. Solo se escuchan los altavoces exigiéndole a los jóvenes enlistarse para ir a la guerra, mientras decenas de soldados reparten afiches del Señor Presidente ondeando la bandera roja y negra. Dicen que nuestro deber es ir a pelear por la patria, pero al parecer ya no son tantos los que van como los que regresan en los ataúdes sellados. Entre estas paredes de estuco invadidas por el limo, el miedo a ser encontrado se ha vuelto una pesadilla.
Cuando al principio las ratas buscaban repentinamente su escondite, amenazadas por la cercanía de algún ruido, el corazón se me aceleraba de pánico. Con el tiempo, tanto ellas como yo aprendimos a reconocer los pasos de mi madre, que todos los días viene a traerme comida. El tintineo de las llaves y el chasquido de sus zapatos ahora nos resultan inconfundibles. Entra y me pone compresas en el pecho para aliviarme los ataques de asma, y entre lágrimas me dice que pronto saldré de este lugar.
Quisiera creerle, pero la amenaza de que los militares me encuentren es cada vez más grande. Me cuesta comprender cómo nació la brutalidad y con ella el miedo. Papá asegura que fue por codicia y estupidez. No puedo imaginarme con un rifle en las manos; solamente veo mi guitarra y el pentagrama donde anotaba mis canciones. ¿Volveré a tocarla? Tal vez esta pregunta no tenga respuesta y eso me produce una enorme angustia que solo podría ser disipada por las historias y los libros de papá. Mil novecientos ochenta y ocho ha sido un año horrible. Debo estar aquí. De haberme quedado en el desván, como había sugerido mi padre, tal vez me hubiesen encontrado hace mucho. Al menos en este cuartucho estoy aislado. No es solo el armario lo que me resguarda, sino una enorme pared que divide la casa y anuncia engañosamente su final, justo donde comienza mi salvadora prisión. Afuera llueve de nuevo. Quisiera concentrarme en el ritmo de la lluvia y componer en mi mente una canción que algún día no muy lejano espero tocar en la guitarra. Observo a las ratas y las veo desperezarse y regresar a su escondite. Trato de agudizar el oído y de pronto entiendo que yo también debo ocultarme, pero los pulmones me pesan y apenas consigo mover un poco las piernas. Reconozco el miedo envuelto en los primeros silbidos de un nuevo ataque de asma. Tengo los pulmones cerrados y entre jadeos intento buscar el fondo de mi guarida.
Los pasos se escuchan cada vez más cercanos, pero no logro aislarlos de la sangre que me galopa en el cerebro ni del repiqueteo de la lluvia cada vez más intenso. Hago un último esfuerzo por mover las piernas y desde afuera, como una ráfaga de aire, me llega un alboroto de gritos. Los pasos se perfilan más firmes, graves y rápidos. Quizás han empezado a multiplicarse solo en el terror de mis oídos, que los escuchan bajar la escalera. Busco el chasquido de las zapatillas de mi madre y lo encuentro agazapado en el fondo de mi memoria. No distingo los pasos. Solo espero que si no es ella, sea mi padre quien ahora está luchando con los cerrojos para traerme la comida y una de esas historias que hace tiempo no me cuenta y cuyas maravillas puedan ahora, por algunos minutos, alumbrar la oscuridad de esta prisión.
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