Adolfo Acevedo Vogl (*)
De acuerdo con el Anuario Estadístico 2013 recién publicado por el Banco Central, la inversión privada experimentó una caída del 8.3 por ciento en 2013 en comparación a 2012, con lo cual se profundizó la tendencia que viene manifestando desde hace varios años la inversión privada a reducirse de manera sistemática como porcentaje del PIB.
De conformidad con las cifras, la inversión privada se ha reducido desde un 26 por ciento del PIB en 2007, pasado al 19.4 por ciento en 2012 y arribando finalmente al 16.2 por ciento en 2013. Se trata de una disminución impresionante, de nada menos que 10 puntos porcentuales del PIB, en solo 6 años.
Es decir que la inversión privada, en vez de incrementar significativamente como porcentaje del PIB, ha caído con gran fuerza en relación a esta variable. Existen diversas razones por las cuales este derrumbe de la inversión privada como proporción del PIB debería preocuparnos.
Primero, el incremento considerable de la inversión privada como porcentaje del PIB sería condición indispensable para lograr los ritmos de crecimiento económico compatibles con el aprovechamiento pleno del bono demográfico y con la posibilidad de arribar a la fase de envejecimiento en mejores condiciones. El incremento significativo de la tasa de inversión también resulta indispensable para el incremento sistemático de la productividad media del trabajo y la generación predominante de empleos de cada vez mayor calidad y remuneración, a lo largo de las próximas décadas.
El proceso de transformación estructural de la economía, y su diversificación hacia actividades de mayor complejidad tecnológica, dinamismo de la demanda y elevada densidad de encadenamientos, tiene como requisito el que se incremente de manera importante la inversión privada en relación al PIB, mediante un esfuerzo coordinado de múltiples actores en dirección a desarrollar ventajas comparativas dinámicas.
A través de los medios informativos se ha hecho un gran esfuerzo por visibilizar el incremento de la inversión extranjera que ha ocurrido en este mismo periodo. Pero el notorio incremento de la Inversión Directa Extrajera en sectores como minería, zona francas, turismo y otros, no ha logrado contrarrestar la caída de la inversión privada total desde un 26 al 16.2 por ciento del PIB.
Su principal resultado ha sido cambiar la composición interna de la inversión privada: mientras la inversión privada doméstica se redujo del 20.7 por ciento del PIB en 2007 al 7.7 por ciento del PIB en 2013, la Inversión Extranjera se incrementó del 5.3 por ciento del PIB en 2007 al 8.5 en 2013.
Detrás de este desplome de la inversión privada doméstica en relación al PIB, pueden encontrarse un conjunto de factores. Quizá un factor de primer orden sea el hecho de que no existen instituciones financieras de fomento que canalicen recursos suficientes hacia la inversión de mediano y largo plazo en actividades con alto potencial de impulsar el desarrollo y de arrastre sobre el resto de la economía, como lo hicieron anteriormente el Banco Nacional e Infonac y las instituciones de fomento del Japón y el Sudeste Asiático.
Por otra parte, el esfuerzo por reconvertir las actividades productivas existentes y desarrollar nuevas actividades dinámicas de alto valor agregado y densidad de encadenamientos, capaces de competir en el mercado interno y externo en base a crecientes capacidades tecnológicas, requeriría de un esfuerzo estratégico concertado de largo aliento como país, que permita coordinar las inversiones de diversos actores.
Finalmente, en vez del otorgamiento de rentas ricardianas por la vía de privilegios fiscales y concesiones que otorgan monopolio total sobre la renta de los recursos naturales, sería necesario implementar políticas que aseguren que los actores que se involucren en el desarrollo de actividades con altas externalidades y derramas tecnológicas, y con capacidad de arrastrar al resto de la economía, puedan apropiarse de lo que los economistas denominan rentas cuasi-schumpeterianas.
(*) Economista
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