María Jesús Ribas
Para educar a nuestros hijos no hace falta que nos convirtamos en seres perfectos, modelos o sobrehumanos, sino aplicar el sentido común, cultivar el amor mutuo y utilizar tres “palabras mágicas”, según el experto en Pedagogía y Filosofía, Gregorio Luri, quien propone una nueva forma de entender la paternidad.
También es necesario que predique con el ejemplo; si ellos ven que usted se comporta de una manera tenga por seguro que repetirán sus acciones, así que sea cuidadoso.
No olvide jugar, platicar, pasar tiempo con ellos que eso los hace sentir queridos e importantes.
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¿Cómo podemos educar mejor a nuestros hijos? Una de las claves para conseguirlo es utilizar las palabras “por favor”, “perdón” y “gracias”, que tienen el poder para abrir las puertas cerradas a cal y canto, y que debemos asegurarnos de que lleven nuestros pequeños en la punta de la lengua al salir a la calle, según Gregorio Luri, doctor en Ciencias de la Educación y en Filosofía
Luri, autor del libro Mejor educados , señala que estas palabras son decisivas para resolver los problemas de indisciplina y el desgobierno que surgen con niños y adolescentes, y mejorar la convivencia con ellos, tanto en los hogares como en los centros educativos.
EL PRIMER PASO
Gregorio Luri recomienda utilizar estas expresiones en nuestras relaciones cotidianas, dando nosotros mismos el primer paso, predicando con el ejemplo y haciendo un uso frecuente de ellas ante nuestros hijos y volviéndolas habituales en el seno de la familia, porque —asegura— “¡son mágicas!”
Esta es solo una de las recomendaciones de Luri, quien propone vivir la paternidad con unos criterios claros, pero sin agobios.
Pero también, desarrollar una educación más basada en la sabiduría práctica de la familia y menos “profesionalizada”, autoexigente, y bajo la carga de una enorme responsabilidad, una presión constante y el miedo al fracaso, como la viven actualmente muchos padres.
“Ser buen padre no es tan difícil; basta con un poco de sentido común”, señala Luri quien define a los “buenos padres” como aquellos que “llevan sin exageración sus frustraciones y sin dogmatismos sus convicciones”.
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