La cara sucia del trabajo infantil
A
finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, a medida que las máquinas reemplazaban la mano de obra que proveían los trabajadores adultos fuertes, los niños iban tomando el lugar de operadores de esos equipos, desde antes de los siete años de edad.
Si es cierto que la niñez siempre ha estado sometida a trabajos arduos, durante el período de transición que condujo a nuevos procesos manufactureros (la Revolución Industrial), los niños empleados en fábricas laboraban en condiciones infrahumanas hasta 18 horas diarias por seis días a la semana para ganarse un dólar.
Para los industriales de la época eso era una simple decisión de negocio. Así reducían sus costos de producción y aumentaban considerablemente sus ganancias. Para los padres, desensibilizados por sus propias experiencias y sin la capacidad moral de integridad y responsabilidad ante el problema, sus pequeños hijos eran solo un recurso para mitigar la pobreza.
Ante esta crisis colectiva, el maestro inglés del género narrativo, Charles Dickens, publicó (1837-1839) su novela Oliver Twist donde expone y denuncia con singular sensibilidad la decadencia social, el trabajo infantil, el empleo de niños en el mundo del crimen y el acoso de la inocencia.
El mismo Dickens sufrió de las condiciones del trabajo infantil, como lo deja entrever en lo autobiográfico de sus obras: Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estímulo, ningún consuelo, ninguna clase de ayuda, de nadie. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!
A pesar de todo, el noble corazón del novelista inglés emana un sentimiento que da lugar a la esperanza y, en cierta manera, da apoyo a la idea que el bien es vencedor. En ese sentido él demuestra sus superiores valores, ya que a pesar de haber sufrido y sobrevivido abusos y abandonos, encuentra lugar en el pináculo de su gloria para ayudar a combatir esa forma de maltrato infantil. Dickens no ve en la pobreza excusa para seguir explotando menores. No caben en su alma la mezquindad ni condicionamiento psíquico o sociocultural que lo inclinen o provoquen a transmitir su propio padecimiento de la explotación infantil a las futuras generaciones.
A través de varias décadas, hacia 1878, en Inglaterra y el resto de Europa, una serie de leyes se habían promulgado, elevando las edades mínimas de los trabajadores, mejorando considerablemente las crueles, subyugantes condiciones y los horarios de trabajo.
Aunque el proceso fue más lento en los Estados Unidos, las reformas sociales logradas con respecto al trabajo infantil son consideradas, hoy día, uno de los avances más significativos en la vida económica y social de ese país en los últimos 200 años.
En cuanto a Latinoamérica, en general, se han registrado avances moderados en las peores formas de trabajo infantil. En Nicaragua, por su parte, la implementación de las reglas oscila entre lo inadecuado y lo inexistente. En este país se ignoran las condiciones más peligrosas de los trabajadores niños, especialmente la de las víctimas inocentes de la explotación sexual comercial.
Los principios y propósitos de los que hoy luchan humanitaria y racionalmente contra el trabajo infantil se encuentran ampliamente reflejados en las palabras de la trabajadora social estadounidense Grace Abbott (1878-1939): El trabajo infantil y la pobreza están inevitablemente destinados a caminar de la mano y si se continúa utilizando el trabajo de niños como el tratamiento para el mal social de la pobreza, se tendrá ambos; pobreza y trabajo infantil hasta el final de los tiempos. El autor es economista y escritor.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A