Amalia Morales
III parte y final
Es un remanso frío y verde. En las laderas de esta gran montaña (de 116 kilómetros cuadrados) brotan flores de cualquier color y de cualquier linaje, coludos como maleza pero también hileras de plantas de café de los beneficios de propietarios que van y vienen sobre la trocha que conduce a El Cua y que atraviesa esta montaña, bautizada en la geografía nacional como macizo de Peñas Blancas.
Según el Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente (Marena), el macizo de Peñas Blancas es una de las seis áreas protegidas que forman el complejo de casi 20,000 kilómetros de la reserva de Biosfera de Bosawas.
A 195 kilómetros de la capital, al norte del país, el macizo es un monumento de piedra, árboles y ramales que un grupo de productores está empeñado en proteger pese al poco, o casi nulo, apoyo estatal.
Contrario a lo que ocurre en la zona norte y suroeste de Bosawas donde LA PRENSA constató la invasión de familias campesinas y mestizas, en el macizo no hay colonos convirtiendo la montaña en potreros.
A simple vista pareciera que su destino es distinto que el de los cerros que rodean el cerro Saslaya, que están siendo devorados por el machete de centenares de colonos que llegan a Bosawas. O que le espera un futuro promisorio, no como el del río Bocay, por donde navegan las familias que van a encarnarse a la reserva y que en ese trayecto vuelven el brazo de agua un depósito de basura y plástico.
La cooperativa está situada en una comunidad del mismo nombre. Además del albergue cuentan con un auditorio para eventos y un pequeño centro de artesanías que ha dado empleo a algunas mujeres de la cooperativa. En las instalaciones hay agua y luz. Donde hace falta el servicio eléctrico es un tramo de la comunidad que abarca a unas 30 familias. Cristóbal López, otro socio de la cooperativa, dice que llevan años esperando que los gobiernos locales les instalen el servicio, sin embargo, todos los alcaldes se los han llevado en promesas. “Esperamos que este de ahora sí nos ponga la luz”, dijo López.
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Aunque no es del todo diferente, en las faldas del macizo de Peñas Blancas se habla de “conservar”, “proteger”, “cuidar el bosque”. Esas palabras están en boca de los productores de la cooperativa Guardianes del Bosque, quienes en los últimos años han emprendido el intento de resguardar esta área protegida.
Freddy Casco, presidente de la cooperativa, dice que se fundaron en 2003 con dos propósitos claro: conservar el macizo en el área que ellos viven, y lograr mejores precios del café, el cultivo al que ellos se dedican.
Casco dice que la cooperativa maneja en total 178 manzanas de café. Sin embargo, explica que esa no es toda la tierra de los 84 socios, de los cuales la mitad son mujeres y la otra mitad hombres.
Por ejemplo —dice Casco— uno de los socios tiene 12 manzanas de café, pero en total tiene unas 60 manzanas. El resto es bosque, explica.
BENEFICIO HÚMEDO
Conscientes de que el café es un contaminante de la montaña, una de las primeras cosas que la cooperativa creó fue un beneficio húmedo para evitar contaminar las fuentes de agua.
Y aunque no es orgánico el café que producen, Casco explica que se tiene mucho cuidado en el uso de los insumos químicos en la producción de café.
También se insiste en no talar y en no plantar café en las faldas del cerro.
Las plantaciones que se ven sobre la carretera a El Cua son beneficios de propietarios privados, a los cuales los pequeños productores han denunciado ante las autoridades correspondientes por estar atentando contra el bosque, pero no ha pasado nada.
“Cada uno de los dueños ha ido talando un poquito”, dice Casco quien extraña los árboles de guaba y los tigres que antes se hallaban con frecuencia al interior del macizo.
Pobladores de Rancho Grande, municipio donde también está clavada la montaña de piedra, aseguran que por ese lado también van subiendo por encima de los 800 metros plantaciones de café, pero que ninguna autoridad actúa.
GUARDIANES DE BUENA VOLUNTAD
Una de las alternativas que la cooperativa ha explorado para conservar es el turismo. Con apoyo de ONG (Organizaciones No Gubernamentales) han creado una infraestructura turística con capacidad para alojar a unas treinta personas.
Casco dice que el proyecto funciona. Que llegan visitantes nacionales y extranjeros, quienes además de respirar un aire fresco (la temperatura baja hasta ocho grados) pueden caminar por la montaña. Para eso han diseñado varios trayectos.
Sin embargo, el turismo no es por ahora una opción para abandonar las plantaciones de café.
“El Gobierno no se preocupa por dar un incentivo. Por ejemplo ese socio que solo tiene 12 manzanas cultivadas y el resto es bosque, no recibe nada del Gobierno. Nosotros decimos que por qué aquí no hacen como en Costa Rica que le pagan a la gente por tener bosque”, explica Casco.
En esa zona la roya también arrasó con los cultivos, y los productores creen que sí el Gobierno no implementa pronto un plan de renovación de las plantaciones arrasadas se puede desembocar escenarios indeseables. Uno de ellos es que la población emigre hacia Costa Rica.
Casco dice que eso está ocurriendo. Y lo otro que está pasando es que la gente está experimentando con otros cultivos como la papa, que requieren mayor uso de químicos. “El café es el timón principal de sobrevivencia que tenemos aquí”, dice Casco.
En el patio de su casa hay un jardín encendido, un vergel que aunque no necesita riego, ha sido plantado y organizado por su esposa. En medio del jardín hay una pequeña gigante, una pequeña loma, en la cual Casco se sube a contemplar el macizo, que a veces se mira en todo su esplendor, a veces no. A veces solo deja ver las cascadas que chorrean por sus costados de piedra. Pese a la amenaza que lo ronda, el macizo es todavía una estación verde.
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