Humberto Belli Pereira
“Las catástrofes que ahora estamos expiando no son el producto de la fatalidad o la biología, sino de decisiones poco inteligentes”. Esto decía Richard Weaver en su clásico: “Las ideas tienen consecuencias”. Escrito poco después de la Segunda Guerra Mundial, su influyente libro sugería como remedio usar correctamente la razón humana, renovar la aceptación de la realidad, y reconocer que las ideas tienen consecuencias.
La gran crisis económica y social de Venezuela no es más que una de las demostraciones más recientes de esta verdad. Como afirmaba en mi artículo del lunes pasado, la causa fundamental y exclusiva de su desastre son las ideas erróneas de sus líderes; Chávez ayer, hoy Maduro; ideas que contradicen la realidad de las leyes económicas más elementales.
Lo mismo fue el caso de Nicaragua. En 1978 su ingreso per cápita era tres o más veces mayor que el actual y en términos de desarrollo económico le pisaba los talones a Costa Rica. Hoy su Producto Interno Bruto (PIB) es cinco veces inferior y su pueblo el más pobre de América Latina después de Haití. ¿A qué se debió semejante retroceso económico, el peor en todo su siglo XX?
Los líderes de dicho período admiten haber cometido “errores”, aunque aún prefieren culpar a la guerra, la contra y al imperialismo. Estos factores indudablemente pesaron. Pero si se escarba más hondo, se descubre el error u horror mayor, que lo explica todo, incluyendo la guerra: la ideología que inspiró y dio su impulso a la revolución sandinista.
Su componente ideológico más importante fue el marxismo leninismo y su acólito la teología de la liberación. Desde estas perspectivas la culpa fundamental de la pobreza del pueblo era el sistema capitalista —o la burguesía explotadora— y el imperialismo norteamericano. Lo afirmaban cantidad de documentos del FSLN, al igual que innumerables pronunciamientos y libros de teólogos e intelectuales de izquierda, desde Gutiérrez hasta Galeano. Lo resumía claro su himno: “Luchamos contra el yankee, enemigo de la humanidad”.
Había pues que expropiar a la burguesía, poner en manos del Estado el grueso del aparato productivo, controlar precios y el comercio interno y apoyar a la guerrilla salvadoreña, mientras se estrechaban lazos de cooperación militar con la Unión Soviética y Cuba —adversarios jurados de Estados Unidos—.
Los resultados eran predecibles: hundimiento de la producción, desabastecimiento e inflación galopante —parecido a la Venezuela de hoy—, pero con el agravante de carecer de su riqueza petrolera. Internacionalmente igual: confrontación. Estados Unidos, que ofreció una rama de olivo al gobierno revolucionario en 1979, proporcionándole setenta millones de dólares, trató por medios diplomáticos de disuadirlo de no alimentar la guerra en El Salvador. Pero la ideología se impuso y el FSLN continuó su trasiego de armas. Reagan, entonces, logró que el congreso apoyara a la contra como un freno. Gran parte del campesinado y los indios miskitos, que resentían las políticas del frente, apoyaron la insurgencia y la guerra comenzó de nuevo. Resultado final: 30,000 muertos más y un pueblo mucho más empobrecido.
Nada de esto era inevitable. Todo fue consecuencia de ideas falsas que se creyeron verdaderas. ¡Cuánta sangre y atraso se le hubiese ahorrado al pueblo nicaragüense si la ideología de los dirigentes del 79 hubiese sido distinta; democrática y conciliadora! Estas experiencias históricas pueden ser aleccionadoras si enseñan la importancia de distinguir las ideas veraces de las falsas. Jesucristo lo dijo: “La verdad os hará libre”. La mentira arruina y esclaviza.
La verdad os hará libres. La mentira os hará esclavos.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.