Aquellos tiempos
Antes ellos la tenían fácil para nombrar al enemigo. Eran tiempos en que “imperialismo” era el estadounidense, por supuesto, una potencia hegemónica que invadía, espiaba, ponía y quitaba presidentes. A veces asesinándolos. La “dictadura” es aquel Gobierno de mano dura, que no permite elecciones libres, que concentra el poder en torno a la figura de una sola persona o grupo y se caracteriza por la ausencia de división de poderes. El “fascismo” era aquella práctica política, repudiable e inhumana, que sofoca a sangre y fuego, y sin el cuidado de ley alguna, cualquier pensamiento diferente. De tal forma que ellos podían decir que luchaban contra la “dictadura” “fascista”, títere del “imperialismo”. Y todos sabíamos a quiénes se referían e, incluso, podíamos darle razón en ello.
Jerigonza
Los flacuchos y barbados guerrilleros y tirapiedras callejeros de ayer pasaron a ser los rollizos gobernantes de hoy. Evolucionaron. Pasaron a ser lo que antes combatían. ¿Involucionaron? Pero no saben manejar más que las mismas cuatro palabras, y a falta de nuevas ideas siguen culpando de todo, desde la enfermedad de uno de ellos hasta de su propio mal gobierno, al “imperialismo” (norteamericano, por supuesto), llaman fascistas a los opositores que apalean, se niegan a reconocerse como dictadura, y todo quieren explicarlo desde aquellas trasnochadas categorías de “derecha” e “izquierda” de los viejos manuales comunistas. Cada vez es más difícil entenderles su jerigonza.
Imperios
Y yo no estoy aquí para defender a Estados Unidos y todas sus culpas, que son muchas a lo largo de la historia. Al contrario. Y voy a poner un ejemplo, me parece contradictorio que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton diga que le parece hitleriano el argumento de Vladimir Putin para invadir militarmente a Ucrania o sea “proteger a los ciudadanos rusos de esa región”, cuando eso es lo que ha dicho tantas veces Estados Unidos para justificar muchas de sus intervenciones militares. El asunto es que, desde mi punto de vista, es condenable que un país invada a otro más pequeño, sea este ruso o norteamericano.
Dictaduras
Y cuando se habla de dictadura, ellos no se reconocen como tal porque alegan que “dictadura es como la somocista que torturaba, encarcelaba y asesinaba opositores”, como si fuese exactamente eso lo que define a una dictadura. Los dictadores, como se sabe, nacieron en la antigua Roma, y tienen que ver más con la concentración de poder que con la represión, aunque esta última sea una característica que también los representa.
El “pendejo”
Que personaje más patético es este José Miguel Insulza, secretario de la Organización de Estados Americanos (OEA), de quien el difunto Hugo Chávez dijo en enero del 2007 “Es un verdadero pendejo, desde la P hasta la O”. En esa ocasión, el timorato de Insulza se atrevió a criticar, como le correspondía, el cierre de la televisora RCTV en Venezuela. Después de la jalada de orejas de Chávez se le vio acompañando y sirviendo a los chavista de América Latina como si esa fuera su función en la vida. Pues ahora, después de un cómplice silencio sobre lo que ocurre en Venezuela, anunció tímidamente la posibilidad de que una comisión de la OEA visitara Venezuela. Ahí nomás le cayó Nicolás Maduro, le dijo otra vez cuatro, y, otra vez, Insulza comienza a echarse para atrás y ya no ve tan importante que la comisión vaya a Caracas porque “la democracia no está en peligro” en Venezuela. Al grito lo controlan.
Rumores
¿Qué pasó con Daniel Ortega? Que haya aparecido en público, efectivamente desmiente los rumores de su muerte, pero no explica qué pasó con él en esos días en los que no se supo de su existencia. ¿Por qué canceló, no uno sino tres, eventos importantes? ¿Está o no está enfermo? ¿Es grave o no? La falta de información oficial propicia la propagación de rumores. Y llama la atención que sea el coro domesticado de aquellos que se niegan a dar la información los que ahora piden, en nombre de un periodismo profesional que nunca se les ha conocido, que los medios no publiquen “información sin confirmar” lo cual, aunque suena correcto, en la práctica de este país y desde su intención significa, solo lo que la compañera quiera dar por cierto. Una voz uniforme. El coro.
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