Twitter: @Fabian_Med
Argumentos
Ni los cinco muertos que van ya en Venezuela, ni los cientos de heridos, ni las multitudinarias manifestaciones de protesta dicen tanto del descalabro del chavismo como la pobreza de argumentos con que Maduro y los suyos han querido explicarlo. Según ellos, todo lo que sucede se trata de un “ataque nazifascista”, “orquestado por el imperialismo norteamericano” para (¡otra vez!) “quedarse con el petróleo venezolano”. Un monumento a la estupidez humana.
Rana hervida
Hace poco un colega analizaba la situación de Nicaragua bajo la “teoría de la rana hervida”. Según esta teoría si metemos una rana dentro de una pana con agua hirviendo, esta saltará inmediatamente para salir y ponerse a salvo. Sin embargo, si la metemos con agua al tiempo, y gradualmente vamos incrementando la temperatura, la rana al principio se sentirá muy cómoda con el agua tibia y no se percatará que el agua va aumentando su temperatura. Cuando se dé cuenta de ello será demasiado tarde, estará tan aturdida para poder escapar que, inevitablemente, morirá hervida.
Mal gobierno
El chavismo lleva 15 años en el poder en Venezuela. Ya no tiene a quién echarle la culpa de su mal gobierno. No hay “gobiernos anteriores”. No hay “gobiernos neoliberales”. Ni siquiera guerra o dictadura pasada. Maduro podría, y a lo mejor con mucha razón, culpar al fallecido Hugo Chávez. No lo hará. Según su alucinante concepción del mundo él es Chávez, o al menos su hijo. Está ahí por endoso, y toda su estrategia se ha basado en mantener vivo el culto al difunto Chávez, endiosarlo, para que se respete su calidad de heredero independientemente del desastre que es como gobernante. Así que, antes de cuestionar a su dios, o de reconocer sus propias culpas, mejor saca del viejo baúl el gastado mono del “imperialismo”. No da para más.
Aquellos tiempos
Se acuerdan de aquellos tiempos en que criticábamos que los puestos de trabajo en el Estado se entregaran por fidelidad en las perrerías partidarias y no por competencia profesional; cuando nos indignábamos porque se apaleara y se acosara al ciudadano que decidía ejercer su derecho a la protesta, estuviéramos o no estuviéramos de acuerdo con él; aquellos tiempos en que los empresarios pegaban el grito al cielo cuando les clavaban un nuevo impuesto o se hacían negocios con ventajas desde el Estado; tiempos en que se nos revolvía el estómago al ver tanto derroche en rótulos gigantescos para culto personal, y en los que hablábamos con respeto de cosas como “Estado de Derecho”, “democracia”, “institucionalidad”, “libertad de expresión” y otras especies que de tan desaparecidas ya ni las extrañamos. Es que nos hemos ido acostumbrando a tanto abuso, que poco a poco hemos terminado aceptándolo como la rana al agua caliente.
Tigres de papel
Tanto el gobierno de Maduro como el de Ortega son tigres de papel. Parecen muy fuertes. Hacen actos multitudinarios a la hora que se les antoja y sin siquiera darles un motivo a las masas, solo es la orden de que lleguen y ahí están; controlan todas las instituciones; tienen una increíble capacidad de volver lamebotas a funcionarios de todo pelo en los poderes del Estado y hasta las encuestas les dan una popularidad casi unánime. Sin embargo, esa fortaleza está sostenida por una base muy débil: la prebenda. Que levante la mano el orteguista que no haya recibido un favor por serlo. La militancia que sigue a Daniel Ortega, la verdadera, (conozco a gente que cree a muerte en “la causa”) sigue siendo el mismo treinta por ciento que tenía cuando llegó al poder. El resto son simpatizantes comprados, que dejarán de mover la banderita tan pronto no haya nada más que darles. Y cuando eso suceda, el tigre de papel se desinfla, como está sucediendo en Venezuela.
Agua tibia
Y mientras Venezuela arde, en Nicaragua vemos a algunos muy tranquilamente nadar en el agua tibia. Quieren ignorar que el agua está subiendo de temperatura. Que Ortega está dejando de recibir, por razones obvias, el dinero que le llegaba a borbotones desde Venezuela y que por ello están armando desesperadamente leyes con dos propósitos expresos: uno, sacarle dinero a la gente para seguir con los programas prebendarios que mantienen al tigre inflado; y dos, fortalecer y controlar el aparato represivo para evitar que la rana salte de la pana cuando se dé cuenta que el agua está hirviendo.
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