Adolfo Acevedo Vogl (*)
Cuando arribó el año 2007 Nicaragua ya había logrado cumplir grosso modo con dos Metas del Milenio: la de reducir a la mitad el porcentaje de personas que sobreviven con menos de un dólar al día en términos de PPP, y reducir a la mitad el porcentaje de la población que padece hambre, en relación a los niveles que mostraban ambos indicadores en 1990.
Este esfuerzo del país no ha sido único: también los otros dos países de América Central más afectados por estos flagelos junto con el nuestro, Honduras y Guatemala (este último país debido a la masiva exclusión de la población indígena mayoritaria), han hecho un esfuerzo considerable para lograrlas.
Aunque los niveles del porcentaje de la población que sobrevive con menos de un dólar en PPP pueden ser un tanto menores en Nicaragua en la actualidad, es obvio que la magnitud del esfuerzo de reducción ha sido mucho más grande en estos países, porque partieron de niveles mucho más altos.
Por su parte, en términos de la meta de reducir a la mitad el porcentaje de la población que padece hambre, es evidente que, aunque dicha meta se cumplió grosso modo en 2004-2006, el nivel actual continúa siendo muy alto, entre los más altos a nivel de la región latinoamericana (y a nivel mundial).
Sin embargo, el problema de fondo detrás de los elevados niveles de pobreza, hambre y subdesarrollo que padece el país todavía está lejos de resolverse, al margen de que el ¨boom¨ de precios de las commodities haya generado una transferencia neta temporal de recursos reales hacia el país.
La matriz productiva y exportadora del país continúa especializada en un número bastante reducido de productos de muy baja complejidad tecnológica, limitados encadenamientos y valor agregado, y reducida elasticidad de la demanda a largo plazo. Esta estructura productiva genera, en contrapartida, predominantemente empleos de bajísima productividad y remuneración, que no requieren de grandes conocimientos destrezas para ser desarrollados.
Se trata a su vez del único tipo de empleos que, en nuestro país, es capaz de absorber a la mayor parte de una fuerza de trabajo con unos niveles de calificación tan bajos como la nuestra. Se trata de un tipo de especialización productiva y exportadora que auto-perpetua los bajos niveles de productividad e ingreso per cápita. Se trata exactamente de la trayectoria opuesta a la permanente diversificación hacia actividades de creciente complejidad, que requieren conocimientos y destrezas también crecientes que, de acuerdo a Dani Rodrik, Ricardo Haussmann —execonomista jefe del BID— y otros, permiten que una economía logre escalar a niveles cada vez más altos.
Pese a la baja productividad promedio que caracteriza a nuestra economía, esta finalmente logra alguna “capacidad competitiva” en base a la abundancia relativa de fuerza de trabajo muy barata y poco calificada y de recursos naturales accesibles a bajo costo. Las cifras disponibles sobre la evolución del salario real por hora en los países de América Central (en dólares de paridad de poder adquisitivo) muestran como se ha ido consolidando y ampliando el rezago salarial de Nicaragua en relación al resto de países del área.
Este tipo de competitividad no se basa en la generación predominante de empleos en actividades de creciente complejidad, de una productividad cada vez más alta, desempeñadas por trabajadores con los conocimientos y destrezas requeridas. Pero precisamente este último tipo de empleos, resultantes de una estructura productiva cada vez más diversificada, integrada y compleja, son los que pueden permitir superar definitivamente el atraso, la pobreza y la autoperpetuación de la baja productividad y el subdesarrollo.
(*) Economista
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