Medir es fundamental. Medimos continuamente: distancias, tiempo, temperaturas, ingresos y egresos. Medir es parecido a ver: nos permite situarnos y corregir el rumbo, saber si nos acercamos o alejamos de la meta.
Medir es indispensable también en los sistemas educativos. El nuestro mide cuántos estudiantes se matriculan, cuántos de ellos terminan y cuántos repiten. Esto es bueno, pues nos permite conocer cuánto sube la cobertura escolar, la retención y la tasa de aprobados. Pero es radicalmente insuficiente pues aún no mide, como debiera, lo más importante: cuánto aprenden los estudiantes.
No medir la calidad es una deficiencia mayúscula, porque el objetivo central de un sistema educativo no es que lleguen estudiantes a las aulas, sino que aprendan. Medir la calidad no es un remedio infalible para mejorarla, pero sí un instrumento indispensable en el esfuerzo. Sin él no hay forma de saber cuáles son nuestras fortalezas y debilidades, dónde estamos fallando o progresando. Un negocio no podría saber qué métodos de mercadeo son mejores si no pudiera medir sus ventas. Lo mismo con un sistema educativo: no hay forma de averiguar qué pedagogías, escuelas o estrategias enseñan más, si no se miden sus resultados.
Conscientes de estas realidades, un número creciente de países se han dado a la tarea de medir la calidad de sus aprendizajes. Una nota positiva, en este sentido, es que Nicaragua, como señalaba en mi artículo pasado (“Medir”, LA PRENSA 11/02/2014), participó en el 2006, 2008 y 2009 en pruebas de la UNESCO que comparaban niveles de lectura inicial en alumnos de primaria, y en el 2011 en pruebas de habilidades matemáticas —Pasos del Ministerio de Educación que merece aplausos, pues hay países que se resisten a participar por temor a mostrar debilidades.
Ahora falta un gran paso más: participar en las prestigiosas pruebas del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés). Estas son administradas por la OCDE (Organización de Cooperación para el Desarrollo), y se realizan cada tres años, en estudiantes de 15 años. La próxima es en 2015. En ella participan ya 65 países, 8 de los cuales son latinoamericanos, Costa Rica incluida.
PISA evalúa destrezas y habilidades (no conocimientos teóricos) en estudiantes de 15 años, en matemáticas, lectura y ciencias. Como ejemplo típico de sus preguntas, veamos una utilizada en el 2012: “Helen tiene una bicicleta con un velocímetro. En un viaje Helen manejó 4 km en sus primeros 10 minutos y luego 2 km en los siguientes 5 minutos. ¿Qué repuesta, de las cuatro siguientes, es verdadera?: A. La velocidad promedio fue mayor en los primeros 10 minutos que en los siguientes 5 minutos. B. La velocidad promedio fue la misma en los primeros 10 minutos y en los siguientes 5 minutos. C. La velocidad promedio fue menor en los primeros 10 minutos que en los siguientes 5 minutos. D. No es posible decir nada sobre la velocidad de Helen con esta información”. ¿Acertó?
Los estudiantes que lograron las puntuaciones más altas en 2012 fueron los de Shangai, China, seguidos por los de Singapur, Hong Kong y Japón. ¡Siempre los asiáticos, con familias estables y disciplinadas! En el último puesto quedó Perú.
De participar Nicaragua probablemente quedará muy bajo. Pero será un poderoso estímulo para mejorar nuestra educación y proponernos subir de escala en la siguiente ronda. También nos ayudará a convencernos de que además de ir a PISA, hay que ir a prisa.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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