Amalia Morales
El taxi estaba condenado a dar vueltas.
No se iba a perder en un pueblo como Acoyapa, Chontales, tan pequeño y tan conocido por el chofer, pero probablemente gastaría gasolina de más si no hacía la pregunta fundamental a la pasajera que llevaba en el vehículo.
“Discúlpeme abuelita, no conozco a Horacio Espinoza, dígame ¿cuál es el apodo de ese señor?”
“Ay hijo te lo voy a decir con el dolor de mi alma, ‘Lacho Negro’”.
“Ay señora, me hubiera dicho desde el principio”, contestó riendo el taxista, quien a los pocos segundos detuvo el carro frente a los billares de El Profe. Ahí, a la par vive Espinoza, más conocido como “Lacho Negro”.
Con esa anécdota, sazonada con carcajadas, Espinoza, “Lacho Negro”, ilustra la importancia de los apodos en este pueblo ganadero que está a 170 kilómetros de Managua.
SE TIENE UN APODO O MOTE Y LUEGO SE EXISTE
Según “Lacho Negro” y su amigo, “Licho”, como le dicen a Ulises Toledo —también conocido como “Caregallo” y en algún tiempo “Veintiuno”— en Acoyapa la gente pierde el nombre de pila por culpa del apodo.
Espinoza ha llegado a enlistar más de mil apodos.
Algunos se heredan como el de “Chicha Fuerte” que carga la parentela de la familia Sequeira, los “Cascabel” que son los Marenco o los “Perro Chato”, como le decían a Leonidas Ruiz, el abuelo materno del abogado León Núñez.
A Ruiz le decían “Perro Chato” por su carácter. Era un hombre bravísimo, según lo recuerdan. Cuando iba en mula para la finca y el animal terco se plantaba, enfurecía y le mordía la oreja.
Aurelio Miranda, abogado acoyapino, heredó de su abuelo el apodo de “Medio Bollo”.
Los conocedores de su historia explican que las primeras familias llegaron del otro lado del lago Cocibolca: eran granadinos, que atravesaron el lago y asentaron sus fincas ganaderas en los bordes de ese gran espejo de agua.
Y si los granadinos son considerados los reyes del apodo en el país, los acoyapinos no se quedaron atrás, también se distinguieron por sobrenombrar a sus pobladores.
Hasta 1979 era una tradición en los carteles hacer un recorrido por el pueblo a través de los apodos y personajes. Aún se recuerdan a personajes como “Tatín”, “Chancharruca”, un hombre que andaba descalzo, con un machete al cinto y que enfurecía que lo llamaran de esa manera despectiva.
La lista de los apodos que hay en ese pueblo es interminable, pero entre los más conocidos están: los “Tallarines”, “Zocados”, “Cagones”, “Chichafuerte”, “Nando”, “Rasputín”, “Media Luna”, “Cucaracha”, “Siete Pedos”, “Conejitos”, “Morriteños”, “Uñudos”, “Titanic”, “Colachos”, “Cabezones”, “Alivita”, “Infeliz”, “Moralones”, “Sabulones”, “Zorra”, “Perro Chato”, “Cascabel”, “Iguana”, “Coyotes”, “Barraca”, “Perrita”, “Bom Bom”, que es el apodo del alcalde actual Armando Chavarría.
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“Les decían así porque resulta que mi abuelo y mi papá eran medio chiquitos, y en aquel tiempo el bollo era la última expresión, la más pequeña del pan, y eran tan chiquitos que ni al bollo completo llegaron”, dice Miranda quien desde hace unos años vive en Dolores, Carazo, pero recuerda al pelo muchos de los apodos.
Dice que algunos no los ha podido descifrar como “Espíritu de Gallina”.
DECIR APODOS IGUAL A DAR LA DIRECCIÓN
Miranda, “Lacho” y “Licho”, coinciden los tres, en que los apodos, a lo largo de la historia del pueblo, se han vuelto referencia. Decir el apodo de alguien equivale a dar la dirección de manera automática.
“¿Dónde vive don Ronald Sevilla?”
“Entre ‘La Cuca’ y ‘El Mico’”, será la respuesta y el GPS (Sistema de Posicionamiento Global) mental del taxista se ubicará rápidamente en el lugar.
“Son puntos de referencia, sustituyen la identidad, con los apodos la gente obtiene la identidad que le da el vox pópuli”, dice Silvio Sirias, originario de Acoyapa y docente de la Universidad Centroamericana.
Sirias dice que chavalo le tenía miedo a los apodos, temía que en cualquier momento lo sellaran con alguno.
De sus parientes ninguno se salvó. A su papá, también Silvio Sirias, lo conocen como el “Infeliz”, aunque él es todo lo contrario.
“A mi abuelita le decían ‘María Chiquita’, y Dios guarde, ni siquiera le podíamos mencionar eso de ‘María Chiquita’”, apunta Sirias, quien recuerda a otros parientes suyos apodados los “Cabezones” y los “Colachos”.
Hay apodos —dice Sirias— que resaltan un rasgo de las personas.
“A los ‘Moralones’ les decían así porque eran hombres altísimos, muy masculinos, y a las mujeres de la familia les decían las ‘Moralonas’”.
“Yo los veo clasistas, moralistas, racistas, que ofenden, otros rescatan la belleza, es el caso de los ‘Conejitos’ que son lindos todos”, pero muchos son puntos de referencia, en muchos casos excluyen las discapacidades, eso hace marcar a una sociedad bien conservadora.
LOS MIL APODOS
Alguna vez Espinoza, “Lacho Negro”, líder del cartel de las fiestas patronales, levantó una lista de gran parte de los apodos y dice que se le hicieron como mil.
Su propósito era hacer un concurso de apodos y que la gente dijera los verdaderos nombres, porque esa es la otra: los nombres de pila se borran de la memoria.
“Por ejemplo allá abajo hay un señor al que le decimos ‘Tarira’, pero nadie sabe el nombre de él. Yo me propuse a investigar los verdaderos nombres de ellos y se llama José Esteban Espinoza. Me imagino que el ‘Tarira’ salió de alguna canción que tarareó”.
También están los “Palulo” que se llamaba Juan Martínez Galeano, pero “nadie lo sabe”.
Nadie sabía que Reinaldo Carrión Cermeño era el nombre de “Cascarilla”, y pocos sabían que Agustín Aguilar se llamaba el pregonero “Tatín”.
“Usted pregunta por mi legítimo nombre y no le da razón nadie. Solo me conocen por ‘Licho’”, dice Ulises Toledo.
EL ZOOLÓGICO
“Ese barrio lo bautizamos con el nombre del zoológico, porque allí solo animales hay”, dice Espinoza y suelta otra carcajada. Luego aclara que ese barrio se llama El Estadio o La Arenera.
“Desde que entramos encontramos al ‘Caballo’, seguimos con la ‘Chancha Blanca’, después encontramos a los ‘Gorriones’, al otro lado tenemos a los ‘Cusucos’ que los bautizaron así porque son chiquitos. Ese es un apodo que lo viene arrastrando la familia”, aclara.
Gran parte de los apodos permanecen, pero también aparecen otros como brodercito.
—Por ejemplo a este muchachito, ¿cómo te digo yo?
—“Guarasapo” —contesta el muchacho que no aparenta más de 12 años.
—“Guarasapo”. Yo sé que llama Juan José pero toda la vida le he dicho así, y ya la familia también le dice así —cuenta Espinoza, quien sigue rebautizando a muchos acoyapinos, algunos aunque se vayan, regresan al pueblo a través de los apodos.
—Y si te dicen medio bollo.
—Me encuentro identificado, existo en Acoyapa, me siento en Acoyapa —contesta Aurelio Miranda.
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