Twitter: @Fabian_Med
Festín
En nombre de los cerca de seiscientos muertos que cada año dejan en Nicaragua los accidentes de tránsito, el Gobierno, las alcaldías, la Policía y las aseguradoras, entre otros, se dieron un festín con las reformas a la Ley de Tránsito. Se pusieron en evidencia. Mostrándose interesados en detener esta matanza, que según las estadísticas, se ha convertido en la primera causa de muerte en el país, hicieron esta reforma que lejos de buscar una solución a la tragedia parece destinada a sacarles de la bolsa la mayor cantidad de dinero a los ciudadanos. Para graficar con un ejemplo lo que pasó, es como que se esté quemando su casa, y quienes supuestamente llegan a socorrerlo se dediquen al saqueo en nombre, claro está, de la solidaridad entre vecinos. Y hasta debe darles las gracias, según ellos.
Negocio
¿Quién gana y quién pierde con esta reforma? ¿Que me digan las aseguradores si no salieron ganando con estos cambios que obligan con mayor severidad a comprarles seguros, les amplía los plazos en que deben pagar las indemnizaciones y les rebaja la multa por ineficiencia? ¿Que me diga la Policía que no recibirá más dinero al incrementarse en un setenta por ciento el valor de las multas? ¿Acaso el Estado no ganará más? ¿En cuánto incrementarán sus ingresos las alcaldías al establecerse la persecución y multa a quienes no les paguen los impuestos de rodamiento? ¿Qué ganan los peatones? ¿Los conductores? ¿Disminuirán los accidentes? Ahora mismo se calculan 27 mil accidentes con aproximadamente seiscientos muertos al año. Veremos en las estadísticas de fin de año si es cierto que todo ese dinero sirvió para algo más que para hacerle la bolsa a algunos. Yo no apostaría a ello.
Truco
Y la llamada oposición, que es aquí donde debería estar, al menos conteniendo o desenmascarando la voracidad del Estado y sus aliados, ni se dio por enterada y aparece aprobando la ley, tragándose el cuento que es para reducir la accidentalidad y castigar a quienes conducen en estado de ebriedad. Se fijaron solo en la mano limpia que les muestra el mago sin darse cuenta que el truco está en la otra mano que tiene oculta bajo el pañuelo.
Sin destino
Es que es fácil decir que se debe castigar a quienes conducen en estado de ebriedad. ¿Quién se puede oponer a eso? Incluso, es fácil entender que se necesita más dinero para reorganizar la estructura vial de las ciudades, para impulsar campañas de educación o mayor vigilancia. Pero esta ley se quedó solo en la recaudación. En la rapiña. Si ese dinero tuviese destino específico otro gallo cantara. Pero imagínese que hasta ahora no sabemos siquiera cuál es el porcentaje de las multas que el Ministerio de Hacienda le regresa a la Policía. Mucho menos que sepamos para qué se ocupa.
Espejo
Hasta hace poco la Venezuela de Chávez era una potencia en Latinoamérica. Ahora está en crisis. Falta de todo, la gente está saliendo a las calles, hay muertos, y para nadie sería una sorpresa que el gobierno de Nicolás Maduro se derrumbara en una de estas. Es la fragilidad de los gobiernos populistas, que ganan simpatías regalando lo que no es de ellos, y cuando viene la crisis porque no pueden regalar más, apelan a la represión y a la violencia callejera. Veámonos en ese espejo. Ahora Daniel Ortega puede parecer muy fuerte. Tiene una Constitución a su medida, las encuestas le dan amplia mayoría, decide con cuantos votos quiere ganar cada elección, controla todas las instituciones, se sirve del Ejército y la Policía como su guardia personal, pero… ¿Así no estaba Venezuela hace un par de años?
Elecciones
La madre del cordero para un cambio pacífico es el Consejo Supremo Electoral. Si de repente llegara ahí gente honesta, dispuesta a contar los votos como en justicia corresponde, estaríamos ante dos posibilidades: una, que los ciudadanos ratifiquen con su voto libre a Ortega tantas veces como quieran, y quedaría demostrado que quienes pedimos democracia éramos los equivocados. O dos, que lo cambien y se demostraría que eran ellos, Ortega y los orteguistas, quienes estaban equivocados. Ahora preguntémonos, ¿por qué Ortega insistirá en mantener a Roberto Rivas y resto de señores del Consejo a pesar de todo el lodo que cargan y la pestilencia que despiden? ¿Por qué no demuestran en elecciones limpias esa popularidad de la que presumen en sus encuestas?
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