Luis Sánchez Sancho

El reto mortal de Marsias

Atenea, diosa de la sabiduría, las artes y la artesanía, encontró un día unos huesos de ciervo en el bosque de Frigia, donde solía pasear cuando bajaba del Olimpo a la Tierra y se le ocurrió hacer una flauta con ellos.

Atenea tocó su flauta en un banquete de los dioses, pero Afrodita y Hera, sus rivales en la competencia divina por la belleza femenina, se rieron de ella en vez de aplaudirla como hicieron los demás dioses. Y al preguntarles Atenea el por qué de su actitud, le dijeron que se miraba ridícula inflando los cachetes para soplar aquel instrumento musical.

Bajó Atenea a la Tierra y se dirigió al bosque. Allí, tocó la flauta a la orilla de un estanque para ver en el reflejo del agua cómo se miraba en realidad. Y al verse tan ridícula, se enojó y arrojó la flauta al suelo, maldiciendo a quien quiera que la recogiera y tocara.

La flauta fue encontrada por el sátiro Marsias (los sátiros eran unos seres mitológicos que tenían la mitad del cuerpo de hombre y la otra mitad de cabra, con cuernos en la cabeza y largas orejas puntiagudas), quien la recogió, la sopló y de aquel maravilloso instrumento que la diosa Atenea había elaborado con sus propias manos, salieron sonidos musicales tan bellos que a Marsias le parecieron celestiales.

De esa manera el sátiro Marsias se convirtió en un virtuoso músico de flauta y se unió al cortejo de Cibeles, la diosa frigia de la fertilidad de la tierra y de la agricultura, que en Grecia era conocida como Ceres.

La fama musical de Marsias se expandió por todas partes, llenando de vanidad al sátiro flautista quien creía era por su talento, pues ignoraba que su flauta había sido hecha por Atenea.

Tanto creció el ego de Marsias que tuvo el atrevimiento de decir que él era mejor músico que el mismo Apolo, el dios que patrocinaba las artes, lideraba a las Musas y con su lira maravillosa deleitaba a los demás dioses y a los mortales que tenían el privilegio de poder escucharlo. Y proclamó Marsias que retaba a Apolo a una competencia, para dilucidar quién de los dos era mejor músico.

El osado reto de Marsias llegó a oídos de Apolo, quien se apareció ante el sátiro flautista cuando Cibeles andaban por el monte Nisa. Le dijo Apolo a Marsias que aceptaba su reto, siempre y cuando el vencedor pudiera hacer con el otro lo que quisiera. Marsias aceptó la condición de Apolo, tan seguro estaba de que podía vencerlo. Como árbitro de aquella competencia tan singular fue nombrado el rey Midas —antes de que Baco le concediera el don al mortal de convertir en oro todo lo que tocara— y las nueve Musas fueron los árbitros.

La competencia fue reñida, las Musas no podían ponerse de acuerdo para decidir quién de los dos contendientes, Apolo con su lira o Marsias con la flauta de Atenea, era el que tocaba la mejor música. Entonces a Apolo se le ocurrió una triquiñuela: propuso a Marsias que cada uno tocara su instrumento al revés y que cantara al mismo tiempo, lo cual fue aceptado por el insensato y envanecido flautista, sin darse cuenta que era una trampa. En efecto, Apolo no tuvo ninguna dificultad para ejecutar su lira al revés mientras cantaba una tonadilla, pero hacer lo mismo con su flauta fue imposible para Marsias, de manera que las Musas lo declararon perdedor.

Entonces, Apolo, quien como vencedor podía hacer con Marcias lo que quisiera, ordenó que lo colgaran con la cabeza hacia abajo, que lo desollaran vivo y clavaran su piel en el mismo árbol del que fue colgado. Y según la leyenda, de la sangre que derramó el infortunado sátiro flautista se formó un río de aguas rojizas que fue llamado Marsias, en su memoria.

El sátiro Marsias tuvo el atrevimiento de decir que él era mejor músico que el mismo Apolo, el patrón de las artes y líder de las Musas, quien con su lira maravillosa deleitaba a los demás dioses y a los mortales que tenían el privilegio de poder escucharlo. Y retó Marsias a Apolo a una competencia, para decidir quién de los dos era el mejor músico.

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