Max L. Lacayo
En toda nación desarrollada se hacen esfuerzos extraordinarios para combatir el crimen organizado. Estas naciones reconocen ampliamente la magnitud de la amenaza que esto constituye en cuanto al progreso y la seguridad. Todos los países avanzados saben de la habilidad de adaptación, la capacidad de diversificación, los orígenes, nichos, nexos, ciclos, trascendencias, alcances y consecuencias de la delincuencia organizada.
La lucha internacional contra estas operaciones delictivas presupone el uso y promoción de valores e instrumentos (tales como investigación, entrenamiento, fortalecimiento institucional, aplicación de leyes e intercambio de información entre las naciones) para prevenir y combatir sus actividades.
Irónicamente, esas mismas sociedades evolucionadas y respetuosas de su seguridad nacional envían embajadores a representar a sus pueblos ante estados gobernados por criminales comunes. Y no hablamos de individuos que ante las acciones y reacciones de una revolución son arrastrados por instintos fanáticos, sino por sujetos que han estructurado sus aparatos políticos de manera altamente delictuosa y con total goce de impunidad.
En otras palabras, por un lado la organización social en las democracias avanzadas asegura la protección de sus ciudadanos contra victimarios y delincuentes; y por otro lado —en el extranjero— esas mismas democracias apoyan, habilitan y establecen relaciones con los verdugos de otras sociedades. De dónde nacen, pues, los dobles estándares de hacer las cosas domésticas en nombre y a favor de lo virtuoso y edificante y en el exterior en nombre y a favor de lo vicioso y execrable.
En la obra de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, vemos a un sofisticado médico convencido de que el hombre posee una doble naturaleza (vicios y virtudes). La obsesión del doctor Jekyll es separar ambas por medios científicos. Así, en su laboratorio, a través de una poción misteriosa encuentra la manera de transformarse —intermitentemente— en su álter ego (“su otro yo”).
Así, el doctor Jekyll —de día— vive una vida respetable y sobria, mientras de noche, a oscuras, convertido en el señor Hyde deja arrastrarse —moral y físicamente— por oscuras pasiones. Paulatinamente el doctor descubre que la parte viciosa de su naturaleza se ha arraigado en él y que su método científico no puede controlar su sueño original de vivir libremente los dos tipos de vida.
Eventualmente el señor Hyde se convierte en criminal y prófugo de la justicia, mientras la poción misteriosa ya no puede transformarlo de regreso en el doctor Jekyll. Y así surge lo inevitable, el trágico final. El cuerpo inerte del señor Hyde aparece en el piso del laboratorio y —por supuesto— una carta escrita por el doctor Jekyll donde narra su lucha entre su atracción por el placer y los vicios y su estricta conciencia que le impedía aceptarlo. Así se puso fin a una persona y a su intrínseca lucha entre el bien y el mal. Esto simboliza que la entidad muere, cuando se pierde el control de esa pugna entre la integridad y la corrupción.
Aquí emerge la interrogante sobre el carácter diplomático y los embajadores que habitan en las tinieblas de viciados sistemas dictatoriales, mientras en sus países se vive a la luz del respeto de los aires de libertad y democracia. Quizás cada embajador de los países democráticos que sirven en Nicaragua deberían releer no solamente las declaraciones internacionales con respecto al crimen organizado, sino también la obra de Stevenson y reflexionar, como si ante un espejo, sobre esa dualidad moral.
El autor es economista y escritor.
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