Tuve que viajar a la India para comprender la santidad y grandeza de Teresa de Calcuta.
Un país fascinante que eriza los pelos a cualquiera. De grandes y pequeños contrastes donde la miseria se mezcla con la belleza. Donde lo sucio se combina con lo limpio donde uno se sumerge en un océano de seres vivientes revueltos con carros, motos, bicicletas, vacas, monos, leprosos, cobras, camellos, mercados abiertos infinitos, turbantes, elefantes, ferrocarriles atestados, excrementos de humanos y animales, castillos de piedra y mármol, olores de todo tipo y colores que vencen al arco iris. Es una masa viscosa moviente que tiene vida por el ruido que produce y que fluye como un río que se mueve en todas direcciones de norte a sur de este a oeste de arriba para abajo y de abajo para arriba en zigzags y diagonales, a saltos y zancadas y que nunca duerme como lava de un volcán en permanente e infinita erupción.
Allí, en medio de esa mezcolanza que irrita, fascina y hace vomitar a cualquiera, allí, donde te encontrás un Taj Mahal que al verlo te bota la quijada, bordeado de un río más contaminado que un millón de xolotlanes, allí, vivió y se santificó Teresa. Y no es para más.
¿Por qué?
Porque entendió el significado de las cosas pequeñas.
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En la India donde una simple gota de agua es oro, donde una aguja para coser vale un diamante, donde un frijol es suficiente para calmar el hambre, donde una sencilla sonrisa vale más que una amistad eterna, allí Teresa se engrandeció. Allí, donde un simple gracias antes de morir es un todo, un infinito.
Así de pequeño es el planeta tierra en la inmensidad del universo y todavía más pequeño ese puntito que en el centro de Centroamérica llamamos Nicaragua. Pero que grande se siente el corazón cuando pensamos en ella.
No en vano nuestro poeta cantaba: “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”.
Teresa, esa Albanesa, que lo deja todo para ofrecer su pequeña sonrisa al que muere solo, al que es despreciado por la sociedad por su sida, lepra, tuberculosis, a la que se siente abandonada por su embarazo inesperado y que en su desesperación piensa en asesinar a su hijo, cree y lo practica en su carne propia y no en el púlpito, en la importancia de un te quiero, en un abrazo o en una simple mirada de comprensión, de ternura, en un gesto dulce de gratitud. Cree en un botón para enmendar una camisa, en un pocillo de agua para calmar la sed, en un rayo de sol que nos abriga en el frío, en la minúscula candela que alumbra la oscuridad de un cuarto. Se da cuenta del inmenso valor de esas minúsculas cosas.
Basado en su vivir en esos terribles barrios de Calcuta y también en la terrible grandeza de Nueva York cuando le visita, compartiendo el hambre en una y la soledad mezquina en la otra, deduce que es peor la soledad que el hambre, el desprecio que el dolor de la carne sin importar lo económicamente rico o pobre que seamos.
“Váyanse a su casa y amen a su familia” contesta sin vacilar cuando al recibir el premio Nobel de la Paz en 1979, se le pregunta cuál es la mejor forma para promover la paz en el mundo. Ese pequeño núcleo de la sociedad. No nos dice amen a su país, amen a su poder, amen a su profesión, amen a su religión, nos dice: “Amen a su familia”.
Me transporta Juan Manuel Serrat al cantar “Aquellas pequeñas cosas”. También Amanda Miguel al decir “Las pequeñas cosas de todos los días son las grandes cosas que tengo en la vida” bailando de alegría y a Price Royal al cantar en su melodía “Un te quiero, Un te amo Un abrazo Es lo que supera lo material”.
Y es que como Teresa, en sus poesías y canciones, poetas y cantantes han comprendido a la par de Jesús que solo siendo pequeños en pensamiento y en acción, así como los niños, es que se nos van a abrir las puertas del Reino de los Cielos en nuestros corazones y la dureza de la vida se nos va ha simplificar encontrándole un sentido a nuestra efímera existencia. El autor es médico y cirujano.
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