Tres ambientes abrazaron el entusiasmo en el distintivo anímico. Se hizo una exposición de la heterogeneidad rítmica y melódica en el concierto con el cual se homenajeó a Rubén Darío, ejecutado por la Orquesta Nacional y coros bajo la dirección del maestro Pablo Buitrago, en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra, el 25 de enero, gala de la capacidad de síntesis y de la técnica en el arreglo.
Una pequeña orquesta que cerrando los ojos y abriendo los oídos emite la sensación de ser una conjunción más nutrida.
La introducción fue propicia: el himno a Rubén Darío con música de Carlos Ramírez Velásquez y letra de Manuel Maldonado, galardonado con el primer lugar en el certamen nacional de 1938.
Y qué gratificante para su destino, don Carlos nació un 18 de enero (1882), la misma fecha en que se produjo el arribo del panida. Alfredo Barrera para felicidad de su vigencia lo pone al lado de Apolo.
Mimoso con el barroco, las lágrimas de Rubén Darío en su adolescencia (1878-1880) llovieron sobre el laúd, bañaron de armonía la solapa de su romanza.
En los festejos había que incluir uno con música pura y versos cantados porque el poeta confesó su amor por aquella al escuchar los violines del rey.
Posaron sus rimas al lado de la fuente de inspiración donde se yerguen sugerentes las estatuas de Rameau y Lulli. A ellos cantó cuando anduvo “por el vacío del silencio profundo”.
La primera parte del concierto fue estremecida con notas de Beethoven, Gluck y Rossini, en la fase intermedia las letras del genio con melodías de Luis Abraham Delgadillo, arreglo para orquesta y coros de Mario Rocha y en la conclusión, un paseo con sabor segoviano y el ritmo electrizante del Caribe.
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