Elízabeth Romero
Cuando Denis Rivera Betanco, de 32 años, llegó al sitio de destino para el que fue reclutado en México, se sorprendió que lo primero que le preguntaron fue si sabía manejar armas de fuego. Él y sus compañeros habían sido captados bajo promesa de que realizarían trabajos de ganadería en un rancho.
“Hombre, yo no sé de esto”, recuerda el campesino, oriundo de una comunidad de Quilalí, Nueva Segovia, que fue su respuesta en alusión a la pregunta sobre el manejo de las armas. “Pues les vamos a enseñar”, le respondieron.
El entrenamiento sobre el uso de todo tipo de armas era lo primero que debía pasar Rivera para permanecer en el lugar, pues deberían realizar patrullajes armados.
El campesino no precisa muy bien la fecha en que fue contactado en su casa en Los Manchones, Quilalí. Estima que eso fue hace aproximadamente un año. No obstante, recuerda muy bien que un conocido de ellos, Roberto Monterrey llegó donde él y en las casas de varios de sus vecinos, ofreciendo trabajo con una buena paga.
Junto a él se fueron en esa ocasión unos diez campesinos oriundos de comunidades vecinas: Las Flores, Las Naranjas, El Olingo, Zúngano, Los Manchones y casco urbano de Quilalí. Todos viajaron entusiasmados por la oferta de pago que les hacían: 1,000 dólares al mes.
“No supe que cuidábamos, solamente nos armaron, allí nos dieron armas de todo calibre, no sabíamos nada”, dijo Rivera, quien sostiene que después de haberles entrenado en el uso de las armas de fuego “nos tiraron al monte patrullando”.
Rivera tampoco supo quién era el jefe para el cual trabajaba. Pero desde un inicio les aclararon que habían llegado al cártel del Golfo. Recuerda que su jefe inmediato únicamente lo llamaban por el apodo de “Gurrumino”, quien era un hombre delgado, “bajito y blanquito”. Estaban organizados por escuadra, que integraban unos 12 hombres.
[/doap_box][doap_box title=»“Pobreza”, causa principal» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
Benavides refirió que lo peor es que la población sigue yéndose de las comunidades de ese municipio, de donde empezaron a emigrar desde el 2010 en su mayoría hacia Costa Rica para trabajar en labores agrícolas, otros buscan llegar a México, Estados Unidos . Y en particular mujeres de comunidades como Panalí, que van a España en busca de trabajo como domésticas, pues al pasar la cosecha del café, quedan sin trabajo.
[/doap_box]
Del total con los que salió de Nicaragua solo Rivera y otros dos quedaron juntos, de los otros no supo hacia dónde los llevaron. Cuando salieron de Nicaragua, lo hicieron en buses de transporte colectivo rumbo a Guatemala, después para cruzar la frontera lo hicieron en botes sobre el río San Pedro. Al llegar a México ingresaron por Santa Elena, que les conduce a Tenosique, Tabasco, allí ya los esperaban unas camionetas en las que empezaron una larga travesía hasta llegar a Tamaulipas y luego a las sierras. En ese trayecto debieron hacer cambios en dos ocasiones.
Ya en el sitio de destino, “nos dijeron si éramos los que llevaba el señor Roberto Monterrey. Les dijimos que buscábamos unos ranchos”, y la respuesta que obtuvieron fue: “Aquí son los ranchos”.
Rivera, un hombre acostumbrado a sembrar frijoles y maíz, experimentó en carne propia los enfrentamientos a muerte que allí se escenifican con los grupos rivales. Y explica que hubo ocasiones que en esos encontronazos resultaron heridos miembros de los dos bandos, por lo que a diario se ven cara a cara con la muerte.
“No es como aquí, que se agarraban de un cerro a otro”, dice Rivera, haciendo alusión a la guerra civil que en la década de los ochenta vivieron en esa montañas del norte del país como uno de los escenarios, “sino penca a penca, chocando las camionetas al que sea más rápido”.
Sobre las sierras, el lugar donde se encontraban, dice que hay unas partes solitarias donde siembran de todo, pero “en la mera sierra no hay nada. Allí, solo armados hay (…) de los cárteles”.
Al mes de estar en el lugar comenta que junto a otro de los nicas con quien llegó, aprovecharon para huir cuando los llevaron a un hotel a descansar por tres días. Allí dejaron las armas y el uniforme.
De las otras personas con quienes Rivera viajó a México, este desconoce “si los mataron”, sus familiares los consideran desaparecidos. Del escape no da mayores detalles, pero relata que con muchas dificultades regresaron a su comunidad. Al poco tiempo fue citado por la Policía que lo retuvo en Ocotal durante tres días. Un miembro de los “CPC” (Consejo del Poder Ciudadano), de la comarca, lo había denunciado.
Ahora bajo el alero de la casita rústica donde habita en Los Manchones, el hombre comenta que se unió a ese sueño por la necesidad que pasaban: “Buscábamos prosperar, estaba tremenda la situación económica, se dañaron las cosechas, no teníamos trabajo”.
Roberto Monterrey, la persona mencionada por Rivera, como la persona que le hizo la oferta de empleo en México, es el único que hasta ahora está detenido.
En el juicio realizado en noviembre en Ocotal, además fueron acusados Johny Valladares, Norma Elena Rivera Cruz y Moisés Aguirre Escorcia, que están prófugos. Rivera comentaN que está en España y Valladares preso en México. A estos se les acusa de participar en el reclutamiento de al menos nueve víctimas.
Según la acusación de la Fiscalía, Monterrey fue captado en 2012 a través del hilo telefónico por Valladares, quien le ofreció reclutar campesinos del sector, por lo cual le pagarían tres mil dólares por cada hombre entregado en Tamaulipas.
La profesora Cristian Onelia Chavarría Herrera, excónyuge de Johny Valladares, relata que hace tiempo un oficial que trabajaba en la oficina enlace de la Policía Internacional (Interpol), en Managua, había advertido de esta investigación.
Chavarría alega que si la acusación que hace la Fiscalía contra el padre de sus dos hijos fuese cierta, estos no vivirían en una casa de adobe que ella alquila. Tampoco ella seguiría trabajando de maestra.
A Valladares lo encarcelaron en México aparentemente por posesión de armas, pero Chavarría expresa que “le metieron unas armas” en el vehículo que él manejaba.
Sin embargo, durante el juicio celebrado en noviembre pasado en Ocotal, Santos Eladio Maradiaga, de 65 años, relató que uno de los que fue captado en 2009 fue su hijo Jazmín Maradiaga Córdoba, e identifica a Rivera y a Valladares como quienes lo captaron. Posteriormente Maradiaga le indicó a su padre que “había sido engañado”, pero que no podía salir de allí, porque donde lo habían conectado era con el narcotráfico. Maradiaga dijo que su hijo está preso en México desde 2010, pero no cuenta con información exacta de dónde está detenido.



