Amalia Morales y
Eduardo Cruz
Días antes de que viniera al mundo el tercero de sus hijos, Emelina Larios se burló de la creencia que había entre la gente del Peñón, una finca cercana a San Miguelito, Río San Juan, donde vivía con su marido y sus dos hijas. Emelina, una veinteañera hermosa y fuerte, con raíces en el departamento de Rivas, al otro lado del lago Cocibolca, se atrevió a mirar esa flor blanca y pequeña que le nace a la hierbabuena y cometió el pecado de contar que la había visto. No sabía que ese podía ser un mal presagio para el bebé.
—¿Para qué contaste? Si eso es de mala suerte —la regañó un bisabuelo. Y seguido le clavó una sentencia que recordaría muchos años después cuando ese hijo que estaba por salir de sus entrañas y que físicamente iba a ser el más parecido a sus ancestros rivenses, alto y blanco como los Larios, estuviera en aprietos: “Desgraciaste al chavalo”.
Wilfredo Concepción Barraza Larios se convirtió en el tercero de los hijos de Benedicto Barraza y Emelina Larios. Llegó al mundo el 8 de diciembre, día de la Concepción, de 1957. Su papá Benedicto era ajustador de la finca, un chapeador incansable de los potreros del Peñón donde nació su prole y donde dieron los primeros pasos sus cinco hijos: Nidia, Alba, Wilfredo, Benedicto y Ronald.
En el transcurso de la infancia y adolescencia de los cinco muchachos, los Barraza Larios se mudaron a San Miguelito, un pueblo que está a 250 kilómetros de la capital y que a comienzos de los setenta no tenía ni mucha gente ni una carretera asfaltada. Según el censo de 1971 había menos de cinco mil habitantes en esa cabecera municipal que está recostada a orillas del Cocibolca.
Aunque Emelina nunca aprendió a leer, se preocupó por mandar a sus hijos a la escuela. Estudiaron hasta donde alcanzó el sudor de su esposo Benedicto quien sí sabía leer. Todos cursaron la escuela primaria. Wilfredo llegó hasta sexto. Aunque era muy inteligente, mandarlo a Managua para seguir los estudios era un lujo que Emelina y Benedicto no pudieron costear.
Así, entre el pueblo, el Peñón y más tarde en la finca Jesús María, donde se fue don Benedicto, fue creciendo el juguetón de Wilfredo, el mayor de los varones, “trabajando con su papito”, dice Emelina Larios, una señora de 80 años que aún vive en San Miguelito, en una casa sencilla y pulcra, con un patio no muy hondo, adornado de plantas y animales domésticos, que termina en un paisaje majestuoso: el inmenso azul cobalto del lago Cocibolca. Casi todas las casas de San Miguelito atesoran en sus patios un trozo de ese azul del lago.
En los años ochenta Wilfredo Barraza, que por sus pelos rojizos se convirtió en “el Chele” Barraza, sucumbió como tantos otros de su generación al encanto revolucionario. “Fue muy sandinista siempre”, dice Emelina. “Fue de la Seguridad del Estado”, dice Eyking Barraza Bravo, el hijo mayor de Wilfredo al que solo conoció cuando tenía ocho años. Eyking, quien fue criado por sus abuelos, Emelina y Benedicto, recuerda que su papá “fue tirado por la Contra”.
Ninguno de los parientes sabe ubicar en qué momento, pero un buen día su hijo Wilfredo les dijo a los papás que se iba a trabajar a Managua. “Yo he sido bien pegada con mis hijos, pero él se independizó”, explica Emelina. De sus primeros años en la capital supo que vendió perecederos y granos básicos en los mercados. Algunos dicen que fue canastero en el Mercado Oriental, en el sector del Chiquero, pero allí ninguno de los viejos cargadores de canasto lo recuerdan. Rommy Vega Barraza, una sobrina que años después vivió en su casa, en los Satélites de Asososca, no recuerda al tío como canastero.
Vega lo recuerda como un hombre casero, que miraba poca televisión, que se acostaba temprano y se levantaba de madrugada para regar las rosas, las mandarinas, las gencianas y los aguacates que él mismo había sembrado, y a darle de comer a una jauría de perros que había criado, entre los que tenía rottweiler, hush puppy, pastor alemán y chapiollos. Pero este Barraza de los perros y las flores ya era otro. No era el muchacho simple del Peñón, era ya el esposo de Yolanda Báez, el papá de cinco hijos —solo dos eran de Yolanda—, el ganadero, el hombre que saltó a los medios cuando denunció en la Policía el robo de más de 100,000 dólares, el Barraza que, en los días posteriores a su muerte, sería considerado por la Policía un “tumbador” de narcotraficantes. Contar que había visto la flor le salió caro a Emelina.

II.
La primera vez que los medios de comunicación hablaron de Wilfredo Concepción Barraza Larios fue en 1996. En ese año formó parte de una banda que secuestró y extorsionó a Wilfredo Duarte Lazo, un productor de su mismo pueblo: San Miguelito.
La banda trajo a Duarte a Managua con el engaño de que venían a comprar una madera, pero en la capital una mujer acusó de violación al productor y luego Barraza habría intimidado a Duarte con que si no pagaba 6,500 dólares la mujer lo llevaría a juicio, según revelan archivos de El Nuevo Diario. Barraza y sus compañeros fueron procesados por este caso en el Juzgado Segundo de Distrito del Crimen de Managua.
La opinión pública no volvería a escuchar de Wilfredo Barraza hasta que en noviembre del 2005 denunció en la Policía de Ciudad Sandino que dos sujetos armados le robaron 144,600 dólares, a media cuadra antes de llegar a su casa, ubicada en Satélites de Asososca.
Barraza volvió a saltar a la esfera mediática y judicial el jueves 15 de febrero del año 2007, a las 9:30 a.m., cuando fue detenido mientras circulaba en el sector de La Subasta, en la Carretera Norte, a bordo de una camioneta Toyota en compañía de tres personas. La Policía informó que encontró 56.4 gramos de cocaína en el vehículo de Barraza, quien siempre mantuvo que un agente le “colocó” la droga.
Luego de la detención, la Policía calificó a Barraza Larios como el líder de una banda de “tumbadores”, es decir, una banda que se dedicaba a robar droga a los narcotraficantes.
“Nunca me he dedicado al tráfico de drogas. Jamás en mi vida. Un indio de Auxilio Judicial Nacional me está montando toda esta trama. Es una persecución desde hace unos cuatro o cinco años porque quiere que yo le dé plata (dinero). A ellos (policías) les gusta andar extorsionando a todo el mundo. Pero hoy creo yo que hay una nueva directora de la Policía Nacional y espero que haga justicia con este atajo de delincuentes. Yo nunca, ni mi esposa ni mis compañeros, hemos traficado droga”, dijo Barraza en esa ocasión.
Además, las autoridades revelaron que la primera actividad delictiva de Barraza se habría producido en 1982, en septiembre, cuando ingresó al Sistema Penitenciario Nacional por doble homicidio. Fue dejado libre ese mismo año pero regresó en 1984, por los delitos de homicidio y lesiones, hasta que recobró la libertad en 1990, mismo año en que también fue investigado por robos con intimidación.
Barraza fue condenado en el 2007 a 10 años de prisión, en el Juzgado Quinto Distrito de lo Penal de Juicio, donde también ordenaron que le decomisarían definitivamente una fuerte cantidad de dinero y varios vehículos que habían sido encontrados en la casa de Satélites de Asososca.
- 400,000 dólares es la cantidad de dinero que Wilfredo Barraza Larios habría “tumbado” a narcos hondureños que entraron al país en octubre del 2010, a cobrarse el robo, según lo establecieron las indagaciones policiales de la época.
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- “Tengo nombres y apellidos de personas que, en el momento que a mí me llegue a pasar algo o a uno de mis hijos, esos nombres van a ser revelados, porque yo temo por la vida de mis hijos”.
- Yolanda Jiménez, esposa de Wilfredo Barraza en declaraciones a El Nuevo Diario, octubre de 2010.
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- “Nunca me he dedicado al tráfico de drogas. Jamás en mi vida. Un indio de Auxilio Judicial Nacional me está montando toda esta trama. Es una persecución desde hace unos cuatro o cinco años porque quiere que yo le dé plata”.
- Wilfredo Barraza Larios, condenado en 2007 por transporte de estupefacientes.
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Las acciones delictivas de Barraza no pararon en la cárcel, ya que el propio alcaide del Sistema Penitenciario, Óscar Molina, denunció que el reo amenazaba de muerte a funcionarios del penal si estos últimos no le obedecían sus caprichos. Una joven, hermana de otro reo, también denunció a Barraza porque la llamaba amenazándola de muerte si no le hacía una visita conyugal a la cárcel.
Barraza salió libre en el 2010, mediante un indulto que consiguió con diputados de la Asamblea Nacional, especialmente con el entonces legislador Salvador Talavera, quien dijo que pertenecía a la misma Iglesia evangélica que Barraza.
Otro político que alguna vez frecuentó fue al exmandatario Arnoldo Alemán. Resulta paradójico que Barraza, quien siempre se consideró sandinista, su familia nunca logró audiencia con el gobernante Daniel Ortega ni con su poderosa esposa, Rosario Murillo.
Lo que “el Chele” Barraza no imaginó es que ese mismo año, en el que recuperó la libertad, le llegaría la muerte, y Talavera sería uno de los primeros en identificar su cadáver.

III.
El 9 de octubre de 2010, después de 18 horas de desaparecidos, los cuerpos de Wilfredo Barraza Larios y el de otros dos hombres con nombres homónimos: José Ángel Varela, padre e hijo respectivamente, fueron hallados en el sector de Los Robles y Cuajiniquil a unos pasos de la carretera adoquinada que conduce al municipio de Cárdenas, en Rivas. Los cadáveres quedaron tendidos boca abajo al lado de una cerca de púas, a unos pocos metros del lago Cocibolca. Uno de los cuerpos estaba amarrado al tronco de un árbol. La cabeza estaba doblada sobre el pecho. Estaban descalzos los tres. Tenían impactos de bala en varias partes del cuerpo. Más de dos tiros en la cabeza cada uno y señales de golpes, de que fueron torturados previo a la ejecución. El más magullado por los golpes y los tiros era el cuerpo de Barraza Larios. Los reportes periodísticos de esos días no se ponen de acuerdo sobre la cantidad de casquillos que había en la escena. Unos reportaron 26 casquillos de balas disparados por pistolas nueve milímetros. Otros reportan 36. Los bolsillos de los hombres estaban saqueados. No había ni un papel, nada. Solo en un bolsillo del pantalón se encontró un billete de 20 córdobas.
En la casa de Yolanda Jiménez Báez, la esposa de Wilfredo Barraza, habían estado en zozobra desde la víspera.
Eyking Barraza, el hijo mayor de Wilfredo Barraza —fuera del matrimonio con Yolanda— quien estaba esos días en la casa de su papá en Managua, cuenta que “era una gallina. A las ocho ya estaba acostado”.
“¿Qué milagro no ha venido Baldán?”, le comentó Eyking a su madrastra Yolanda, con el apodo que usaban entre ellos. Wilfredo Barraza y su esposa llevaban unos cuantos meses en libertad. Ambos habían sorteado la condena de diez y seis años de cárcel, respectivamente, por el delito de transporte de estupefacientes.
Esa vez, paralela a su detención en La Subasta, junto a tres hombres más, otro grupo de policías de Auxilio Judicial allanó la morada de los Barraza Báez y la pusieron “patas arriba”, recuerda Rommy Vega, una sobrina de Barraza, que vivía con ellos en esos días. Ella dice que estaba en la biblioteca del Banco Central cuando le avisaron lo que estaba pasando con su tío en La Subasta y el barullo que se armaba al mismo tiempo en la casa. Al comienzo no la dejaron entrar a la vivienda que estaba rodeada de vehículos desde los que se veía la punta de los cañones de armas de fuego. Luego entró y fue obligada a abrir su habitación que también fue batida de pies a cabeza como todos los otros espacios de la casa. A regañadientes la dejaron salir para ir a buscar a los tres hijos del matrimonio que estudiaban en el colegio Calasanz. Hubo mucho nerviosismo entre los chavalos. “La situación que estábamos viviendo no era fácil… ellos decían que buscaban droga”, recuerda Vega, una mujer robusta que vuelve a ponerse nerviosa al recordar la historia.
La requisa policial duró más de 12 horas. “Llegaron a las nueve de la mañana y estuvieron hasta las 11 de la noche”, recuerda Vega. Los reportes periodísticos de esos días arrojan que la Policía ocupó cinco vehículos, un camión y 90,000 dólares, entre otros bienes.
Después que salió de la cárcel, a comienzos de 2010, no eran esos los únicos bienes que había perdido Barraza. Los familiares cuentan que le habían arrebatado, tomatierras mandados por líderes sandinistas, la finca que tenía en la zona de Ranchería y Muy Muy. En esa hacienda llegó a tener pastando unas 400 vacas, un ganado muy superior al que alguna vez tuvo en la finca San José, en el kilómetro 96, carretera a Rivas, que se la había comprado a Danilo Lacayo, y donde tuvo más de 180 reses.
Tal vez por eso, porque ya no era el mismo de unos años atrás, esa noche del 8 de octubre de 2010, cuando el reloj marcó las ocho de la noche, y el mayor de los Barraza no había vuelto, se prendió la alerta entre los hijos y la esposa. Fueron a hospitales, llamaron a la Cruz Roja preguntando si no le había ocurrido un accidente. También fueron a la Estación Dos de Policía a averiguar, pero nada. La esposa de José Ángel Varela, Nubia Benita Castro, también habría denunciado la desaparición de su marido y su hijo en la Estación Cinco. Se suponía que primero iban a pasar por una veterinaria que está cerca del Siete Sur y luego irían a ver una casa en el sector de Ticuantepe. Eyking dice que el mayor de los Varela era un viejo conocido de su papá, aunque no sabe bien de dónde se conocían. Es probable que hayan pasado por la veterinaria antes de ir a la gasolinera Shell que estaba a 500 metros del Siete Sur. La gasolinera ahora es parte del grupo Uno. Estando en esa gasolinera, hacia las ocho de la noche, Barraza y los Varela, que andaban en un carro Toyota Corolla blanco, fueron interceptados por un Yaris gris del que salieron hombres vestidos con uniformes militares, y a la fuerza subieron a los tres hombres, según apuntaron varios testigos.
Dos días después del hallazgo de los cadáveres, la Policía reconocería que había uniformados y civiles entre los raptores y que había un vídeo de los hechos. Los familiares nunca lo vieron. Tuvieron que conformarse con la versión oficial del asesinato: Los Varela estaban limpios. No tenían antecedentes delictivos. En cambio, a Barraza le pasaron la cuenta. Había “tumbado” a unos narcos hondureños con 400,000 dólares y vinieron a desquitarse. Entraron por algún punto ciego, y asimismo se fueron.
En el mar de historias y especulaciones sobre el triple asesinato publicadas esos días, las autoridades policiales dijeron luego del hallazgo que el sitio era un pasadizo de narcotraficantes. La cercanía a la frontera costarricense, se sabe que Cárdenas es una zona agujereada por la migración ilegal y la mafia, pero también, según la Policía, es un lugar ideal para el trasiego de droga, mucha de la cual se transporta por el lago. Por alguno de esos puntos ciegos habrían huido los asesinos, según explicaron las autoridades sin que hasta ahora se haya aclarado la muerte de Barraza y los Varela. Si alguien alguna vez escribiera un corrido sobre la vida de Barraza tendría que referenciar el lago Cocibolca. Alrededor de sus aguas creció, en San Miguelito, y murió cerca de Cárdenas, en el otro extremo de la bóveda de agua.
IV.
Yolanda Jiménez Báez sufría en silencio la muerte de su esposo Wilfredo Barraza Larios. Le hacía falta y estaba pasando dificultades económicas. “Cuando su marido estaba vivo, a ella no le hacía falta nada”, dice Ventura Jiménez, hermana de Yolanda, quien recuerda a su cuñado como alguien distante pero como un hombre muy caritativo.
El miércoles 14 de agosto del 2013, Yolanda Jiménez estaba alegre. Una abogada la llamó diciéndole que llegara a su oficina porque ya estaba lista la escritura de una propiedad en La Paz Centro. Ese día la mujer iba a cultos evangélicos, se arregló, estaba sonriente y se llevó a sus hijos Arles Ortega Jiménez y Samuel Barraza Jiménez a la oficina de la abogada Verónica Cruz, en el barrio Campo Bruce, en Managua.
En esa casa, la abogada Cruz y su esposo Maynor Ponce golpearon a Yolanda y sus hijos con un bate de madera, y luego los trasladaron en un vehículo Corolla hasta la comunidad El Pochote, en Niquinohomo, Masaya, donde los remataron de dos balazos a cada uno. El crimen de Yolanda no fue menos escalofriante que el de su esposo.
A Samuel Barraza, de 16 años de edad, solo le propinaron un balazo en la nuca y lo dejaron creyéndolo muerto. Pero el joven estaba vivo y relató a las autoridades que se hizo el muerto y luego pidió ayuda cuando se cercioró que sus victimarios se habían alejado lo suficiente del lugar.
V.
Los tres hijos de Wilfredo Barraza Larios y Yolanda Jiménez Báez no están más en la casa de Satélites de Asososca. Wilfredo, Jordi y Samuel, y su hermana de madre, Dayana, se han ido a otra parte. Detrás del alto muro de concreto que resguarda la propiedad merodean un par de perros negros, enormes. Ya no queda ninguno de los canes que Barraza alimentaba. Se extinguieron todos: el Dólar, la Muñeca, el Peluchito, ni el labrador amarillo al que llamaba Yellow. Sobrevive en la casa de su mamá en San Miguelito un cachorro mezclado del Chau Chau que él tenía.
Por las rendijas del portón de madera de la casona, en los que hay recibos prensados de agua y luz, se ven los zanates volteando las porras de los perros. Es posible que alguien llegue a alimentarlos. Las puertas y las persianas de la casa se ven cerradas. Una vecina dice que desde hace como dos meses no llega nadie y que ha oído que la propiedad está en venta.
Sus familiares de San Miguelito tampoco saben dónde están. Dejaron de comunicarse a los pocos días después del asesinato de Yolanda Jiménez y su hijo Arles. “Pobrecitos, seguro se fueron. Ahora que le mataron a su padre y a su madre deben de tener miedo”, dice doña Emelina, quien también se pone muy triste al recordar los sucesos que acabaron con la vida de su hijo y su nuera a la que quería mucho.
“Él iba a venir a verme. Él le había dicho a una muchacha de aquí, que vive por el empalme: ‘El sábado voy a ir a ver a mi mama y le voy a pegar su buen susto, pero cuidado le decís’”. El día que lo mataron ella quiso comunicarse con él, pero no pudo. Después le cayó como tromba la noticia de lo sucedido. Sentada en la sala de su casa, donde conserva un retrato del jovenzuelo Wilfredo Barraza, Emelina vuelve a llorar y a callar. Es una historia de la que evita hablar. Su nieto Eyking es quien le recuerda la anécdota de la flor de la hierbabuena, la que ella debió mirar y no contar. Si se hubiera callado, cree, la suerte de su hijo hubiera sido otra.

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