Luis Sánchez Sancho

El trigo de Triptolemo

En el editorial de LA PRENSA del sábado 18 de enero corriente, se citó al poeta Pablo Antonio Cuadra (PAC) en uno de sus excelentes ensayos en el que habla de “la efectiva labor triptolémica que diría Rubén Darío (el encuentro del maíz y el trigo, la fusión de las culturas indias y la cultura occidental, esa civilización nueva todavía constituyente)…”

PAC se refería al hermoso verso de Rubén Darío, Salutación del optimista, que dice: “Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros; y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora, así los manes heroicos de los primitivos abuelos, de los egregios padres que abrieron el surco prístino, sientan los soplos agrarios de primaverales retornos y el amor de espigas que inició la labor triptolémica”.

Triptolémico, —explica el académico de la Lengua, Jorge Eduardo Arellano, en un ensayo titulado Darío y sus Cantos de Vida y Esperanza— es un neologismo que Rubén deriva de Triptolemo, cual es el nombre de un personaje heroico y glorioso de la mitología griega.

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Deméter quería hacer inmortal a Triptolemo, pero como pudo lo quiso compensar haciendo que todos lo amaran y le guardaran agradecimiento. Para eso, le enseñó a cultivar el trigo y a hacer el pan y luego le dio una carroza maravillosa halada por dos dragones, para que fuera a recorrer el mundo y enseñara a la gente el arte de la agricultura.

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Cuenta la leyenda que cuando Deméter, diosa de la agricultura, vagaba por el mundo en busca de su hija Proserpina (quien había sido raptada por Hades, dios del mundo de los muertos), llegó a la ciudad de Eleusis, donde reinaban Celeo y su esposa Metanira y se sentó sobre una piedra a descansar. Una hija de Celeo vio a Deméter y la impresionó el rostro cansado y adolorido de aquella hermosa mujer. Entonces la invitó a su casa, donde fue atendida de manera espléndida.

En el palacio de Eleusis, Deméter vio a Triptolemo, pequeño hijo de Celeo y Metanira quien padecía una incurable enfermedad. La diosa, agradecida por las atenciones que le habían brindado en aquella casa, devolvió la salud al pequeño enfermo.

Pero no solo hizo eso. Deméter decidió encargarse de la educación de Triptolemo y quiso hacerlo inmortal. Para esto, durante el día lo alimentaba con ambrosía (la comida de los dioses) y por la noche lo llevaba al bosque y lo tendía desnudo sobre carbones ardientes para que perdiera su condición de mortal. Pero una noche Metanira siguió a Deméter, vio lo que hacía con su hijo y gritó de manera tan dolorosa que la magia de la diosa se interrumpió y el niño no pudo ser inmortal.

Deméter quiso entonces compensar a Triptolemo, haciendo que toda la gente lo amara y le guardara agradecimiento. Para eso le enseñó a cultivar el trigo y a hacer el pan, le dio una carroza maravillosa halada por dos dragones y lo mandó a recorrer el mundo para que enseñara a la gente el arte de la agricultura. Después de cumplir su misión bienhechora, Triptolemo regresó a Eleusis, construyó allí un templo a Deméter y a su hija Proserpina y fundó el culto religioso que fue llamado los Misterios Eleusinos.

Según el mitólogo francés, Juan Humbert, para ser admitidos en los Misterios Eleusinos los iniciados debían pasar un noviciado de uno a cinco años. Cumplida esta preparación, eran admitidos en la “autopsia”, como llamaban a la contemplación de la verdad que era indispensable para aspirar a la perfección.

Al morir Triptolemo, Deméter hizo que Hades lo nombrara juez de las almas de los muertos, junto con Eaco, Minos y Radamanto. Y así la diosa cumplió su deseo de hacer inmortal a Triptolemo, quien fue recordado por la gente con inmensa gratitud, por haberle enseñado a cultivar la tierra y procurarse los alimentos indispensables para vivir.

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