¡Muérase pronto!
Así como en Peio, Italia, el deshielo expuso los restos momificados de soldados caídos durante la Primera Guerra Mundial, en Nicaragua, un decreto de Ortega sacó del armario varios esqueletos que tienen guardada nuestra seguridad social. Veamos. La seguridad social ha entrado en crisis, se dijo, porque los nicaragüenses estamos viviendo más de lo calculado originalmente. En otras palabras, lo que quiere el sistema es que tengamos la cortesía de morirnos antes de cumplir 60 años, para así no gastar en las pensiones por las que cotizamos durante varias décadas. Y aquí viene la primera paradoja: el sistema se compromete a cuidar nuestra salud, pero no le conviene que tengamos “tanta buena salud” como para vivir muchos años recibiendo pensiones, porque, dicen, entra en crisis.
Músico pagado…
La otra paradoja es que a usted lo “asignan” a una clínica previsional. Eso significa que todos los meses esa clínica recibe (actualmente) 357.68 córdobas de su dinero, llegue usted o no llegue a recibir atención. La lógica dice que si ya tienen el dinero en la bolsa, el negocio de una clínica es que usted no llegue. Entonces hará de todo para que se sienta incómodo y mal atendido y deje de estar buscando ayuda donde le corresponde. ¿Cuántas veces se habrá descubierto diciendo “¿para qué ir a perder el tiempo allá? Mejor voy a un médico privado”. El empresario dueño de la clínica sonríe de oreja a oreja cada vez que usted lo hace.
Gato por liebre
Miren esta otra osamenta que dejó al aire libre el decreto. Sucede que usted cotiza desde que entra a la vida laboral formal para recibir ciertas prestaciones. Es decir tienen un contrato de cumplimiento obligatorio con el Estado, refrendado por las leyes del país que establecen cuánto debe usted aportar y cuánto y qué debe recibir. Sin embargo, este decreto nos está diciendo que quienes están del otro lado, recibiendo el dinero, pueden cambiar las reglas del juego cuando a ellos se les antoje porque usted ya no recibirá lo comprometido, y más bien, al contrario, le dicen que ahora debe pagar más para recibir menos. O sea, usted pagó por liebre y le van a servir gato.
Falla de fábrica
Lo que quiero decir es que el desastre de la seguridad social en Nicaragua y la mala atención que recibe cada vez que llega en busca de ayuda a una empresa previsional no son casualidades. El sistema tiene una falla estructural donde la eficiencia opera en su contra. Entonces, si al sistema que debe cuidarlo no le conviene que usted viva tanto, si las empresas que deben darle atención médica pierden si se la dan y ganan más por no darla, y si encima de todo los que administran el dinero que usted paga se sienten en la libertad de darle lo que quieran darle, hasta tonto resulta preguntarse ¿por qué no funciona la seguridad social en Nicaragua? Solo tiene una respuesta: porque está mal hecha.
Obligaciones y derechos
En un mundo sencillo y justo, la solución sería, bueno, ya que la otra parte no cumplió, entonces que se regrese el dinero que entregué y santas paces. Sabemos que es imposible. No solo por el principio de solidaridad (algo que comparto) en donde mi dinero no es solo para solucionar lo mío como en un seguro privado, sino también porque el dinero también ha sido saqueado y despilfarrado alegremente durante cada gobierno. Sin excepciones. No hay posibilidad de reclamar. Porque en esto, y aquí viene la otra paradoja, nosotros los ciudadanos tenemos puras obligaciones, y ellos, los administradores, solo derechos. Cuando debería ser al revés.
Curita
Puestas así las cartas, uno pensaría que cuando el Gobierno hablaba de reformar la seguridad social sería una discusión seria y profunda, con todos los involucrados, que no solo proteja los derechos adquiridos por los cotizantes, sino que ataque la falla estructural que tiene el sistema. Pero no. La solución al cáncer fue una curita. Un decreto (¡un decreto, oyeron!) discutido a puerta cerrada entre tres piches que después de quemar muchas neuronas llegaron a la conclusión que para salvar el Seguro Social los cotizantes deben pagar más y recibir menos, confiando, posiblemente, en que los nicaragüenses tengamos el buen tino de morirnos pronto, que es, como vimos, la clave para que este sistema funcione.
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