Portugal se despidió de Eusebio da Silva Ferreira, mítico futbolista, con dolor, lágrimas y aplausos de miles de ciudadanos que a pie que salieron a la calle para dar el último adiós al “rey” del futbol luso.
Las ceremonias fúnebres comenzaron a primera hora de la mañana con la apertura de las puertas del Estadio de La Luz, —donde se instaló la capilla ardiente con el féretro del futbolista para que todos los que quisieran acudiesen a despedirle—, y se prolongaron hasta primera hora de la noche, cuando se ofició el entierro.
Nacido en 1942 en Maputo (entonces Loureco Marques), la capital de Mozambique, Eusebio conquistó 11 Ligas lusas, cinco Copas de Portugal y una de Europa (1961-62).
En 1965 fue galardonado con el Balón de Oro y es recordado por su brillo en el Mundial de Inglaterra de 1966, en el que la selección lusa acabó tercera, su mejor marca.
A su despedida acudieron personalidades de todos los ámbitos, incluido el presidente de la República, Aníbal Cavaco Silva.
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Los aficionados y muchos otros ciudadanos anónimos desfilaron por el estadio y, en homenaje a uno de sus héroes, colocaron flores y velas junto a la estatua del fallecido, y entonaron cánticos con su nombre cuando el coche fúnebre con sus restos mortales se desplazaba por el césped del Benfica.
Entre los congregados figuraban también algunos de los miembros del actual equipo lisboeta y de la directiva, así como su entrenador Jorge Jesús, quien subrayó el sentimiento común de los benfiquistas: “Todos le van a recordar como símbolo del Benfica y de Portugal”.
Eusebio había anunciado un último deseo que finalmente se ha cumplido. “Cuando me vaya quiero dar una vuelta al estadio”, dijo en numerosas ocasiones, y lo hizo ante unos 10,000 admiradores que no dejaron de corear su nombre, aplaudir y cantar el himno del que fue su equipo durante años.
Fue el momento más emotivo para muchos de ellos, que no pudieron evitar las lágrimas mientras lanzaban flores, fotografías, banderas, bufandas y camisetas del equipo al paso de la comitiva.
El cortejo fúnebre recorrió las principales avenidas del centro de la ciudad, escoltado en todo momento por un público que no dejó de aplaudir al que ha sido uno de los símbolos portugueses del siglo XX, hasta llegar a la Plaza del Municipio, donde cientos de personas lo recibieron con “vivas” al “rey”.
Tras una breve parada, la marcha continuó hasta la iglesia del barrio de Benfica, en la que se celebró el funeral por el que algunos han definido como “el Mandela de Portugal” o como “un mito de todo un pueblo”, y uno de los mejores de la historia.
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