¿Por qué nos importa tanto la institucionalidad política y tan poco la institucionalidad familiar? Mientras la primera ocupa un lugar cimero en las noticias, la segunda rara vez ocupa titulares. Mientras la primera tiene un coro de sectores, partidos y organizaciones, que enfatizan su importancia, la segunda pareciera tener a su favor solo las voces de la Iglesia católica y de algunas denominaciones.
Quizás esto ocurre porque la mayoría piensa que la existencia de un marco político sólido, donde se respeten las leyes y procedimientos, es mucho más importante para la estabilidad y la paz de la nación que la existencia de instituciones familiares sólidas, donde también se respeten los compromisos y sus normas. O porque bien piensan que la importancia de la familia se limita a la esfera exclusivamente privada o moral y que su buen o mal funcionamiento no impacta excesivamente a la colectividad.
Son percepciones profundamente equivocadas. Multitud de estudios sociales han venido corroborando que la desintegración familiar es una de las causas más importantes de la pobreza y otras patologías sociales. Los miembros de hogares rotos tienen más dificultades para salir de la pobreza que los demás. Sus niños tienen menos oportunidades de prosperar; sufren de mayor deserción escolar y mal rendimiento académico, cargan mayores heridas emocionales, y son más propensos a las drogas y las enfermedades. Por otro lado, una sociedad donde la mayoría de sus habitantes han crecido en hogares plagados de infidelidades, abandono y violencia, difícilmente contará con una ciudadanía inclinada a respetar o exigir la institucionalidad política.
Décadas atrás, Pablo Antonio Cuadra había advertido con voz profética que “en toda Hispanoamérica la lucha más honda e ignorada, la más angustiosa y vital, es la lucha por estabilizar la vida familiar”.
Afortunadamente hay buenas noticias. Las Naciones Unidas declararon 2014 año internacional de la familia con la idea de poner de manifiesto que sin una familia fuerte la sociedad se va debilitando cada vez más. También para concienciar sobre cómo la familia que funciona correctamente es la mejor arma para combatir las desigualdades y la pobreza, así como para mejorar las oportunidades y bienestar de sus miembros.
La Conferencia Episcopal Nicaragüense, por su parte, ha declarado también al 2014 como “Año de la familia”, mientras el papa Francisco anunció que para octubre próximo convocará a un sínodo extraordinario de obispos para tratar el tema.
Es importante que en Nicaragua las fuerzas vivas del país movilicen este año energías y recursos a fin de encontrar vías que permitan fortalecer la institucionalidad familiar. La primera recomendación de las Naciones Unidas al respecto es un llamado a los gobiernos a “establecer o reforzar organismos nacionales u órganos gubernamentales para promover que las familias sean un tema prioritario de estudios, inversiones, asociaciones y políticas”.
Las universidades, junto con centros de pensamiento como Funides y otros, podrían patrocinar investigaciones que indaguen la verdadera dimensión del problema, sus costos sociales y posibles soluciones. La crítica escasez de hogares funcionales es uno de los problemas más serios del país. Sin embargo no se le presta la atención otorgada a temas como el cultivo del café, la ecología o la industria pecuaria.
Conferencia Episcopal, Ministerio de Educación, y otras organizaciones, podrían juntar esfuerzos a fin de introducir en el currículo nacional unidades que contribuyan a educar para la vida familiar. Sector privado y Gobierno podrían explorar políticas laborales y globales que apoyen la paternidad y maternidad responsables. Los medios pueden promover la discusión del tema.
La familia sigue y seguirá siendo la piedra angular de la sociedad. Ya es tiempo que ocupe en la agenda de todos el lugar que merece.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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