La muerte de Nelson Mandela y los homenajes de reconocimiento mundial que se le brindaron durante los varios días de honras fúnebres fue uno de los acontecimientos más importantes del año 2013; su vida, valores, principios y acciones coherentes, constituyen y constituirán siempre un ejemplo y un referente ético y político de la humanidad.
Son innumerables los artículos y comentarios por los medios de comunicación en todo el planeta, relacionados al ejemplo de este hombre, cuya conducta ha devenido paradigmática en un momento en el que la crisis de valores, el utilitarismo, la acumulación y la búsqueda de riquezas, sin que importen los instrumentos que se utilicen para conseguirla, hacen más evidente el vacío moral que atraviesa la humanidad en estos momentos.
Es de todos conocidos su lucha contra la discriminación racial y el sufrimiento que tuvo que soportar y superar a consecuencia de 27 años de injusta prisión, la nobleza de espíritu que lo alejó de todo ánimo de venganza, y la clarividencia intelectual que le permitió impulsar y conducir un proceso de concertación que hiciera posible la reconciliación, la dignidad, la libertad y la coexistencia entre negros y blancos, en un país que reconstruyó gracias a su labor incansable y a su voluntad sin desmayo.
En medio de todo, es necesario destacar las cualidades del ser humano y del estadista que hicieron posible alcanzar la finalidad y objetivos propuestos, lo mismo que las bases fundamentales de ese nuevo contrato social del que surgiría la sociedad que se estaba construyendo. Creo que entre esas cualidades habría que mencionar la tolerancia, la firmeza y el espíritu de reconciliación que partía de la actitud de tratar de encontrar en el adversario signos de humanidad que pudieran prevalecer sobre la ignominia y perversidad de su actuación.
Convendría decir que ser tolerante no significa aceptar la injusticia y la indignidad, sino reconocer eventuales cualidades en el adversario y estar dispuesto a conciliar, e inclusive a deponer algunas aspiraciones, sin que ello signifique claudicación de principios fundamentales, ni renuncia de valores esenciales a la dignidad de la persona.
La firmeza es por ello una condición necesaria, pues significa que hay valores y principios inclaudicables y que lo único que cabe es el respeto y la observancia de una conducta coherente con ellos, los que luego se proyectan y realizan en el sistema político y en la práctica concreta de las acciones que conforman las condiciones de la vida individual y colectiva.
Firmeza y tolerancia, por una parte, y, por la otra, compromiso con valores y principios irrenunciables, como libertad, dignidad, justicia, respeto a la integridad física y moral de la persona, no discriminación por motivos de raza, creencias e ideologías, todo lo cual debe reflejarse en el sistema jurídico y político que da paso a lo que conocemos como institucionalidad, Estado de Derecho y democracia, pues hay que recordar, como dice José Luis Aranguren, que la democracia más que un sistema político es un sistema de valores.
Conviene decir que parte del aporte extraordinario de Mandela consiste en haber logrado conciliar e integrar en una unidad indisociable la ética y la política, lo que enseña que no basta que los liderazgos de uno y otro lado se pongan de acuerdo, sino que es necesario que ese acuerdo responda a una ética, la que en su aplicación política da pie al sistema democrático.
Al reafirmar ese plexo de valores, ese ethos social, se reafirma también la base de la democracia y del respeto a los derechos fundamentales de la persona y el ciudadano, pues se reconoce la existencia de una secuencia que va de la voluntad colectiva, al contrato social, a la ley, a las instituciones que conforman el Estado, lo que finalmente determina el poder. El poder es lo que la ley dice que es el poder, y la ley es la expresión de esa voluntad social y la formulación normativa de esos valores y principios que conforman el ethos, la ética de una comunidad determinada.
Deforma y desnaturaliza esta idea fundamental de la política, la inversión de esta cadena de causas y efectos de manera tal que, de acuerdo a esa concepción y práctica que pretende institucionalizar y legalizar el autoritarismo y las formas políticas totalitarias, el poder pasa de efecto a causa y de medio a fin, siendo así que de él surgen el Derecho, los órganos del Estado y sus atribuciones, y la misma sociedad y ciudadanía que viene definida y organizada de acuerdo a los intereses de quien gobierna, eliminando así la posibilidad del acuerdo social y la concertación sostenida sobre valores y principios, sustituyéndolos por una idea de sociedad fabricada desde el propio poder.
En consecuencia, se habrá destruido la idea y práctica de la democracia, el Estado de Derecho, la institucionalidad y la ciudadanía, cuando el gobernante determina cuáles deben ser los alcances de la Constitución Política, y desde ella se atribuye facultades excesivas que permiten la reelección indefinida, la perpetuación en el poder, la concentración de atribuciones y facultades autoritarias, y que, además, establece cuál es la sociedad, el pueblo y la ciudadanía, convertidas por decisión omnímoda del gobernante, en cajas de resonancia de su voluntad que pretende, además, transformar a los ciudadanos en súbditos.
El ejemplo de Mandela nos envía un mensaje completamente diferente de estas actitudes totalitarias, sean aquellas que directamente violan la ética, los principios, la esencia del Derecho y las bases del ejercicio político, o aquellas otras que manipulando la ley, la Constitución, la idea de la voluntad popular y la ciudadanía, se erigen en potestades omnímodas, sometiendo la ley al poder, pero enunciando el ejercicio de su práctica política como la subordinación del poder a la ley.
La historia nicaragüense nos enseña que la permanencia indefinida en el poder ha sido la causa de crisis, confrontaciones, guerras civiles y diferentes formas de violencia que han producido dolor y sufrimiento y retrasado la posibilidad de consolidar un Estado moderno y una ciudadanía verdaderamente participativa en la discusión y conformación de auténticas políticas públicas y sociales.
Es fundamental también en este punto el ejemplo de Mandela quien se negó a ser reelegido y a seguir en el poder, retirándose de él un vez que cumplió con su período presidencial para el que fue electo. La continuidad en el poder de una misma persona, más allá del término razonable, y la reiteración histórica de ese comportamiento, muestra los síntomas de una enfermedad política de la sociedad en que se produce. Lo deseable es la alternabilidad y la subordinación del poder a la ley y a una voluntad ciudadana y social, verdaderamente libre y en pleno ejercicio de sus derechos y deberes.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.
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