Caos libio, represión egipcia, guerra civil siria. Entre los países de la 'Primavera Árabe', solo Túnez ha evitado hasta el momento caer en la violencia o la represión, pero sus profundas divisiones y su inestables vecinos constituyen una amenaza permanente.
Las fuerzas políticas surgidas de las revoluciones de 2011 no han logrado instaurar sistemas que respondan a las aspiraciones democráticas y económicas de la calle. Y 2013 ha sido un año tumultuoso.
Para algunos analistas, el derrocamiento por los militares del primer presidente egipcio democráticamente electo, el islamista Mohamed Mursi, ha supuesto el final de las esperanzas que alimentaron la 'Primavera Árabe' en general.
«El golpe de Estado del 3 de julio confirmó el final de la 'Primavera Árabe', dada la importancia de Egipto en la región», dice Shadi Hamid, del Brookings Doha Center.
«Nadie puede decir que Egipto se dirige hacia la democracia, (…) lo que vemos es la erradicación de los Hermanos Musulmanes en tanto que fuerza política», explica.
El debate político en Túnez, cuna de la 'Primavera Árabe', se ha envenenado con estos acontecimientos, ya que los islamistas de Ennahda, en el poder, temen que se repita la interminable crisis política provocada por el asesinato del opositor Mohamed Brahmi el 25 de julio. «Los islamistas [tunecinos] vivieron el golpe de Estado militar [egipcio] como si hubiera ocurrido en su propio país. Muchos diputados siguen hablando de la amenaza golpista, pese a que nada lo prueba», dice Selim Kharrat, cuya ONG Al Bawsala analiza la vida política del país magrebí.
El presidente tunecino, Moncef Marzuki, un aliado de los islamistas, denunció en noviembre una misteriosa conspiración en la que estarían implicadas «las redes de la era Ben Ali», el dictador depuesto por el levantamiento popular de 2011, así como «potencias árabes» y «fuerzas mafiosas y salafistas».
Túnez ¿última esperanza?

Sin embargo, el sistema interino establecido tras las elecciones de octubre de 2011 sigue mal que bien en pie, pese a dos asesinatos políticos atribuidos a 'yihadistas', las acusaciones de autoritarismo contra Ennahda y los conflictos sociales a veces violentos.
«Pese a las invectivas y la falta de confianza, opositores e islamistas se hablan y aunque este diálogo no haya tenido resultados, es mejor eso que un enfrentamiento. Hay una voluntad de avanzar en los dos campos», dice Kharrat. «En las conferencias muchos dicen que [Túnez] es la última esperanza de la Primavera Árabe. ¿Es cierto? En todo caso, estamos por delante si nos comparamos al resto», dice.
La parálisis también contribuye a crear un terreno favorable al auge de un movimiento 'yihadista' desestabilizador. «Está claro que la búsqueda de un consenso político y de un consenso sobre la lucha contra la inseguridad deben ir juntos, so pena de que la crisis política y los ataques terroristas se alimenten entre sí», advierte el International Crisis Group (ICG) en su informe 'El Túnez de las fronteras: yihad y contrabando'.
La amenaza del fracaso libio
Este peligro se ha agravado por el fracaso de la vecina Libia, donde las autoridades se muestran impotentes para enfrentar a unas milicias responsables de sangrientos enfrentamientos y del breve secuestro del primer ministro del país, Ali Zeidan.
La frontera tunecino-libia se ha convertido en escenarioo de tráficos de todo tipo y amenaza con transformarse en una zona sin ley, según el ICG, que constata los ingredientes de un 'islamobandidismo' que mezcla «salafismo-'yihadismo', violencia y contrabando».
Asimismo, la guerra civil siria puede tener un efecto de alud, según este mismo informe, con el retorno esperado de cientos de tunecinos que fueron a luchar contra el régimen de Bashar Al Asad. «En principio se trata de localizar a estos combatientes aguerridos, pero surge el problema de su reinserción social, ya que estos podrían reforzar los grupos mixtos de traficantes/yihadistas», advierte.