Adolfo Acevedo Vogl *
Hace algunas décadas ya, en 1954, el Premio Nobel de Economía Sir Arthur Lewis publicó su famoso escrito “Economic Development with unlimited supply of labor”, que se tornó en un clásico en la historia de la denominada economía del desarrollo.
Lewis partía de la existencia de una economía dual, con un sector capitalista moderno de productividad más elevada y mayores salarios – compuesto por minas, plantaciones, empresas industriales, empresas de comercio y transporte modernas – y un sector tradicional de muy baja productividad e ingresos – integrado por pequeños agricultores, trabajadores por cuenta propia del ¨pequeño¨ comercio y servicios, y trabajadores del servicio doméstico.
Para Lewis, el proceso de desarrollo estaría asociado al logro de rápidas tasas de acumulación del sector capitalista, que harían posible que la extensa sobre-oferta de fuerza de trabajo que encontraba refugio en las actividades tradicionales fuese siendo absorbida por el sector moderno.
Esta fuerza de trabajo excedente podría contratarse a un costo muy bajo, y la presión de esta sobre-oferta de mano de obra barata establecería un bajo techo para los salarios pagados a los trabajadores del sector moderno, haciendo rentable la inversión en este.
Si los beneficios de las empresas modernas se reinvirtiesen, la población excedente continuaría siendo absorbida por las actividades modernas, de mayor productividad, con lo cual la productividad media de la economía se estaría incrementando y las tasas de crecimiento económico serían muy altas.
Este proceso continuaría hasta que, en algún momento, en la medida en que la fuerza de trabajo excedente fuese siendo absorbida por el sector moderno, sería cada vez más escasa, hasta elevar el precio del trabajo. Los beneficios disminuirían y las tasas extraordinarias de inversión y de crecimiento de la economía se reducirían a niveles más normales.
El modelo de Lewis se ajusta bastante bien, en términos generales, a la experiencia de los países del Sudeste Asiático y de China, que registraron tasas de crecimiento extraordinarias a lo largo de al menos tres décadas consecutivas.
Sin embargo, la propia experiencia de los países del Sudeste Asiático muestra que no es suficiente que la economía exhiba altas tasas de acumulación. Todo depende, crucialmente, de la composición sectorial y de la calidad de las articulaciones internas que apoye el proceso de acumulación.
Es necesario que la acumulación se oriente hacia diversificación del aparato productivo mediante la implantación de nuevas actividades de rendimientos crecientes y alto potencial de difusión del progreso técnico, con una elevada densidad de encadenamientos y complementariedades con el resto de la economía, y que se caractericen por un elevado dinamismo de la demanda interna y externa.
De lo contrario, podemos terminar en una situación como la de Nicaragua, que exhibe tasas de acumulación asiáticas – una tasa de inversión del 26 por ciento del PIB-, pero con tasas de crecimiento latinoamericanas, y que está lejos de mostrar la acelerada absorción del enorme excedente de mano de obra que sobrevive generando sus propios empleos en el sector informal.
Esto obedece a que la inversión se estaría concentrando en sectores de alta intensidad de capital – minas, energía, comunicaciones -, los cuales solo generan una fracción muy reducida del empleo. Se está concentrando además en sectores con escasos encadenamientos y articulaciones con el resto de la economía.
Por el lado de la demanda, la implicación de los limitados encadenamientos intersectoriales es que los incrementos de la inversión y las exportaciones arrastran mucho menos el crecimiento de la economía que en el pasado.
Por el lado de la oferta, los limitados encadenamientos y complementariedades limitan la posibilidad de que se generen las externalidades positivas que dan lugar al surgimiento de economías de escala dinámicas, que constituyen la fuente de la competitividad sistémica.
Más allá de eso, la demanda interna ha tendido a orientarse cada vez más hacia las importaciones, de manera que la expansión de la misma contribuye cada vez menos a estimular la producción doméstica, y el empleo asociado a ella, y cada vez más a impulsar las importaciones de bienes y servicios producidos en el exterior.
Es decir, que el efecto multiplicador de la inversión y las exportaciones se filtran cada vez más al exterior por la vía de mayores importaciones.
El resultado es una economía que, pese a mostrar tasas de inversión asiáticas, todavía crece de manera marcadamente insuficiente, con una demanda interna impulsada por un crecimiento del ingreso disponible superior al crecimiento del propio PIB, y que continúa generando predominantemente empleos en las actividades de menor productividad.
(*) Economista