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Se está facilitando el acceso a la internet y la propiedad de computadoras y teléfonos celulares. Los cubanos pueden tener sus propios negocios, comprar y vender casas, abrir pequeñas empresas, contratar trabajadores y viajar al exterior sin tener que someterse a la humillación de pedirle permiso al gobierno.
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Luego de medio siglo de gobierno comunista, el tiempo parece congelado en las fachadas de mansiones coloniales venidas a menos, el cromo de los automóviles de la década de 1950 y un reloj que no funciona en el aeropuerto. Y no sienten apuro alguno.
Otros dicen que el ritmo de la vida se ha acelerado mucho en los tres años que han pasado desde que el presidente Raúl Castro exhortó a la población a apoyar sus reformas “sin prisa, pero sin pausa”.
Los cubanos pasaron años en listas de espera para conseguir autos y viviendas, o hicieron cola por horas para comprar alimentos y artículos para el hogar, a veces sin saber si estaban disponibles.
Los más inquietos, sin embargo, dicen que los cambios llegan demasiado lentos. Sí, pueden viajar y comprar propiedades, pero quieren más: más dinero, más oportunidades, más libertades políticas. El Partido Comunista sigue siendo el único partido de la isla y las autoridades dicen que eso no va a cambiar. La economía sigue débil y los disidentes continúan siendo hostigados y detenidos. Es legal trabajar por tu propia cuenta pelando frutas o como custodio de baños, pero no puedes ser un abogado privado. Y Cuba sigue siendo el país con menor nivel de penetración de la internet y con el servicio más lento del Hemisferio Occidental.
“¿Cambios? ¿Qué cambios? Lo que quiero es irme de aquí porque estoy desesperado”, expresó Orlando Rivera, de 28 años, quien dice que no tiene trabajo.
Mientras que Fidel Castro gobernó mayormente por decreto e impulsado por la fuerza de su personalidad, su hermano Raúl es más considerado. Busca el consenso, lo que toma tiempo.
Con un nuevo iPhone en la mano, el veterano diplomático cubano y prominente intelectual Carlos Alzugaray, de 70 años, dijo que le gustaría que los cambios fuesen más rápidos, pero que el ritmo mesurado de Raúl Castro puede arrojar resultados más duraderos.
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