Mucho reconocimiento merece la memoria de Alfredo Barrera cuyo nombre sonó episódicamente en el ambiente donde se desenvolvió; Pionero del Fondo Histórico Documental de la Música Nicaragüense: “Un quijote” de tiempo completo en su vida en su afán de extraer de las sombras las obras de los artífices de la música académica centroamericana. De ella hay mucho en el “opus” criollo que él supo clasificar para atenuar con la verosimilitud comprobada, la vigencia del tesoro pentagramático enterrado en la tumba del olvido. Más de cuarenta mil páginas manuscritas originales dan testimonio de su bordado ilustre.
Barrera, fallecido el 9 de diciembre, investigó la música popular folclórica que no por serlo está en la acera opuesta a la culta. Ella pertenece al acervo precioso del arte oriundo. Parte de su trabajo consistió en darle nombre propio a los compositores a quienes se les llama “autores anónimos”, no obstante merecer sus piezas la distinción en el vocabulario encantado de quienes las admiran.
El musicólogo se introdujo al mundo musicalmente calado de Luis Abraham Delgadillo, Carlos Ramírez Velásquez y Alejandro Vega Matus sobre quienes publicó el libro en cuya portada se erigen los rostros de estos tres académicos nicaragüenses así llamados como efecto de sus indagaciones y del estudio del contenido de las páginas algunas inéditas, porque y estas son sus justificaciones “los artistas son criaturas poéticas en el sentido de que a través de ellos fluyen la belleza y la esperanza”. Su obra inició el descubrimiento que permitió la transición respetuosa, el mimo entre lo primitivo popular y las formas cultas de la expresión puestas en “Kinteto”. La primera Sinfonía de Fernando Luna Jiménez, ¿no fue acaso inspirada en el toro huaco? Que viva la música, fue siempre el grito del maestro desaparecido. Viva su memoria…
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