Hoy 13 de diciembre es el día del Psicólogo Nicaragüense, profesional que a diferencia del médico, centrado en realizar una cirugía o aliviar el dolor, trabaja con la conducta humana, en medio de las carencias que aún entraña la profesión: poco entrenamiento, limitada oferta de posgrado, sin colegio de psicólogos, poca espiritualidad e incidencia en la dinámica socio-sanitaria del país, aunado a nuestras propias heridas emocionales. Pretendemos enfrentar la complejidad humana con armas, técnicamente hablando, de escaso poder terapéutico.
Nuestras propias historias no siempre muestran la calidad de vida emocional, alegría y pasión por la vida, empatía, asertividad, autoestima y resiliencia, que les prescribimos a nuestros pacientes. Los desafíos son muchos, los psicólogos que los reconocen y estamos dispuestos a enfrentarlos pocos.
Desde Carl Jung hasta Carl Rogers, pasando por Fritz Pearls, Melanie Klein, Eric Berne, Virginia Satir, Karen Horney, hemos venido acumulando paradigmas y abordajes terapéuticos, para lograr el “insight”, la sanidad interior y la procura de una mayor calidad de vida en lo que a salud mental se refiere. La pregunta es: ¿qué tan eficaces y efectivos somos en nuestro desempeño profesional?
Egos y mecanismos de defensa aparte, podemos mejorar y aún no somos un gremio muy prestigiado por falta de voluntad, sino por la carencia de un marco referencial coherente con la compleja realidad actual: una sociedad en transición y polarizada, llena de “adultos-adolescentes”, “adictos” de una u otra cosa, niños criados entre la violencia y la permisividad, adolescentes encerrados en sus equipos electrónicos, adultos llenos de “máscaras” y conductas adictivas compensatorias, a los enormes vacíos y disfunciones de su conducta emocional y racional.
El quehacer del psicólogo es contribuir a la calidad de vida de las personas, parejas y familias que nos buscan, sean estas psicopatologías registradas en el manual de los trastornos mentales o no. Hacer el diagnóstico es lo menos importante en el contexto actual, es relativamente fácil evaluar un caso de bulimia, psicosis debido a sustancias, un caso de fuga disociativa, esquizofrenia residual o un trastorno de personalidad. El “nudo crítico” es el abordaje terapéutico.
Hoy disponemos de más información científica y técnica, hay un notable avance en los métodos diagnósticos, en la neurobiología, en los llamados métodos “alternativos”, en su mayoría derivados de la filosofía oriental. Hay más universidades, más escuelas de psicología, más presencia del modelo “psicológico” en los medios de comunicación, más acceso a los paradigmas y enfoque de la psicología en el ámbito ciudadano.
¿Qué hace falta? Necesitamos ganar la confianza de la población, trabajar con más calidad técnica y más calidez profesional; trabajar coordinados con médicos de atención primaria y psiquiatras, en las raíces del apego patológico, codependencia, adicciones, embarazo en adolescentes, violencia intrafamiliar, inmadurez emocional y espiritual.
Necesitamos ser más capaces y talentosos profesionalmente, atrevernos a dar más de nosotros mismos, y trabajar más nuestras propias carencias, y “huecos” de personalidad, de lo contrario enfrentamos a dos pacientes, uno con el título de psicólogo.
La psicología es un instrumento de Dios. Por un asunto de inteligencia y sabiduría, nos conviene una relación personal con Él. Muchos pueden ser buenos profesionales, pero un psicólogo que incorpora a Cristo en su historia y práctica profesional, puede construir vidas felices y plenas, asentadas sobre la roca firme de la palabra de Dios.
El autor es médico psicoterapeuta.
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