Tenemos a un maestro con estancia en la Upoli. Tiene nombre y renombre: es Alberto San José. Llegó de Cuba pero se acopló con el gentilicio nicaragüense y como ya en la praxis evolutiva hizo parcela, aquí se queda para beneplácito en la cultura, un clásico por la forma en que se expresa, fluyéndole el eco desde adentro, promulgándolo hacia fuera en la forma del canto lírico desde que se formó la hímnica litúrgica: el peregrinaje entre la homofonía y la polifonía, “la nota contra nota” del contrapunto hasta nuestros días en que la modernidad genera novedades que no alteran el génesis de la obra creada, y eso es lo importante en los actos que lo llevan a ser conductor de las voces.
Hizo presentación el 6 de diciembre en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, sede permanente de la ilustración regocijada, premiado con el reconocimiento internacional. Puso en escena a la Navidad y al descubrimiento de presentar nuevos valores en la hilera de los que vienen, innovador en el más precioso de los instrumentos: la voz, con el acompañamiento de la maestra en el piano Liliam Aguilera, audibles y visibles los registros buscados en los diminutos túneles —maravilla de maravillas— de las cuerdas vocales florecidas por la invención que siempre anda en la idea de resaltar del que sabe medir la distancia entre el profundo ayer y el inédito hoy.
A él se debe el inicio del Grupo Lírico nicaragüense con artistas cuyos apelativos son del conocimiento público, presentes en la expansión del espectáculo lírico.
Esa noche le dio color a la Navidad, vistió al sentimiento con el regocijo de las efemérides milenarias.
El grupo supo plasmar con los contrastes de la armonía bucal lo coyuntural. Desde lo nuestro hasta el aleluya mozartiano.
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