Uno se pregunta cómo una novela con una sintaxis poco convencional puede capturarnos y meternos en su trama. Solo es explicable a través de la existencia, no de un realismo sino de un absurdo mágico que el escritor maneja a su antojo, como quien domina a un tigre, fascinante y peligroso. La novela está llena de relámpagos poéticos que la hacen sobrevivir a su escritura desmandada.
El ritmo de la narración es un acierto. El escritor cambia de una lenta monotonía a un ritmo volátil que nos apresura la lectura. Esta es la historia de un científico norteamericano que busca una planta que cura la lepra, vive temporalmente en un pueblo insignificante en las faldas del volcán Telica en la casa cural.
Se aburre, después de sus infructuosas expediciones al bosque en las faldas del volcán. Descubre que el tanque de agua que aprovisiona al pueblo tiene un hoyo por donde cae un chorro que él aprovecha y pasa horas bajo aquel chorro sentado en su silla desvencijada reflexionando.
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Ahí conoce a Merceditas y requiebros van y requiebros vienen, se hacen novios y ¡cómo no! —amantes. (Chele vs. negrita linda del pueblo ignoto). Esta mujer, inteligente como podemos suponer, se convierte además en su guía, ya que conoce el bosque que rodea el volcán, el cual tiene fama de embrujado. Ella lo lleva y lo trae por los vericuetos boscosos, llenos de magia y ríos ninfescos donde hacen el amor. En este momento hacemos una contabilidad: hechuras de amor 160 descompuestas así: confesadas directas 30. Cada 2 días en un año 130, más innumerables veces, establecidas por el protagonista garañón. Todas acompañadas de sus respectivas bañadas.
Hasta aquí la novela es plana. Discurre tranquilamente, salvo los saltos eróticos ya referidos, y unas bellas descripciones del volcán, sus atardeceres y sus coyotes. La amante Merceditas le presenta a don Sebas, especie de brujo y duende, quien es dueño y señor del bosque y sus misterios. A don Sebas William le cae bien por su amor a la naturaleza, y decide revelarle dos secretos: la flor que cura la lepra (trifolium protense) y otra, mágica, pero causa de muchas de muertes, que permite al hombre volar.
De ahí que el cementerio descubierto por William en un lugar escondido está lleno de jóvenes imprudentes que probaron de la flor voladora, no supieron controlar su vuelo y cayeron en picada quebrándose la jupa.
Pero en el caso de William, por el cariño del viejo a Merceditas (aquí en secreto, entre nos; les cuento que era su nieta) acepta construir unas alas, casco con un pico en forma de halcón y una especie de alerón de cola.
Ya los sandinistas del pueblo, que los han estado espiando, el comisionado, el cura, el de la pulpería y otros, llaman a los soldados de Malpaisillo con el propósito de capturar al gringo espía. Así la situación, Merceditas escapa hacia Costa Rica en la penumbra de la madrugada. Allá la esperan amigos.
“Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo ”. Hechas pues las alas, el alerón de cola y el casco con pico en forma de halcón, uniformándose y emprendió el vuelo el científico volador. A lo lejos se escuchaban los perros de los perseguidores, pero el gran halcón pasó sobre sus cabezas, y aunque le tiraron balas y agua bendita, no pudieron derribarlo.
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