Amalia Morales
“Ay, esta agua está como para pelar chanchos”, le dice vacilón Terencio Antonio Pérez Zapata, de 101 años, a su nieto Rodolfo, después que le cae la primera panada de agua y siente que está pasadita de tibia, a mediodía que lo baña.
Los ojos de “don Toñito” —como le dice el barrio—, se sonríen.
Otra día, entre risas, le dice el hombre centenario al mismo nieto a la hora del baño: “Así es, la vida da vueltas. Antes era yo el que te bañaba, ahora sos vos el que me baña a mí”.
“Y es verdad, así fue. Mi abuelo nos cuidó cuando éramos chavalos”, reflexiona Rodolfo, de 26 años, sentado en una de las tres sillas que hay en la habitación por las que don Toñito rota a lo largo del día.
Don Toñito llegó a vivir a La Fuente cuando ese barrio era un predio montoso. No había tantas casas apretadas como ahora ni esos árboles dando sombra. Tampoco existía el edificio de la Normal.
Se puede decir que don Toñito es uno de los fundadores. Así lo considera su hija Elba Pérez.
PREGUNTA DE CAJÓN
Por vivir tantos años, a don Toñito algunos que lo visitan entablan con él la siguiente plática: “Caramba Toño, y ¿cuánto vas a vivir? Se han ido otros más jóvenes que vos, y vos nada. Seguís aquí”.
Él muy tranquilo, sin extrañarse ni enojarse, sube los hombros, alza las manos, les da vuelta y les contesta: “Y qué culpa tengo yo? Si el de arriba aquí me quiere tener, aquí voy a estar”.
Don Toñito nació el 15 de octubre de 1912 en Granada. Un nieto suyo dice que su abuelo tiene 104 años, pero no, el abuelo lo corrige y recuerda bien su fecha y el lugar de nacimiento. También recuerda que chavalo se iba al muelle, y desde lo alto se lanzaba unos clavados en esa piscina interminable del lago Cocibolca. Recuerda que a Managua se venía en tren porque había una “carretera malmataba”, una trocha que apenas se usaba.
Don Toñito está callado y pendiente de lo que dice. Parece estar de acuerdo.
Para la fotografía le piden que cargue un ratito a Julissa, una bisnieta de cinco meses, él extiende los brazos y se la coloca en sus piernas flacas. La niña, que es un mar de risas, agarra uno de los dedos arrugados del abuelo. Detrás está Elba y a un lado Rodolfo, el nieto que lo baña. “Me está arañando”, dice don Toñito como un niño pone quejas. La tierna de cinco meses sigue aferrada a la falange del bisabuelo.
[/doap_box]
Allá en Granada supo del terremoto de 1931 en Managua. “Era chavalo vivía en Granada, cuando eso pasó”. Ya adulto, ya abuelo, le tocó vivir los sismos de 1972 que botaron las casas y edificios de la capital.
Entre sus recuerdos hay uno difícil de verificar, dice que jugó con el Bóer.
EL QUE UNE A LA FAMILIA
Don Toñito abre los ojos a las cinco de la mañana, pero se queda acostado en la cama. Tal vez medite o solo oiga la bulla de la hija, los nietos y el llanto de alguna bisnieta. Oye el trote de los perros que siguen a los que entran y salen, y que ladran cuando es un desconocido el que merodea los alrededores de la casa. Se levanta a eso de las ocho de la mañana. Enciende el televisor. Él dice que mira las noticias, pero en realidad mira cualquier cosa que transmite la caja plateada del televisor Daewo, que él mantiene protegido con una bolsa plástica. Dice que así no le arruina la vista.
En el canal que tiene puesto esta mañana habla un médico y da recomendaciones. Don Toñito asiente a todo lo que le oye decir al médico. Combina su atención al programa con su atención al vaso de leche, el segundo de la mañana. Hace poco comió atolillo. Su hija Elba dice que tiene buen apetito, pero sobre todo de cosas suaves o líquidas. Le gustan mucho las sopas, sobre todo las de mondongo.
Los nietos que lo saludan con un “papito” dice que también fue buen cocinero. “Yo estuve en Costa Rica y me acuerdo que le mandaba a decir a mi abuelo que extrañaba su gallopinto”.
“Me gustaba hacer patas de chancho con caldillo”, dice don Toñito. Por momentos cuesta entenderle porque habla rápido y su voz, a consecuencia de una insuficiencia respiratoria, se ha ido apagando.
Elba dice que ha estado bastante bien últimamente, pero hace unos ocho años estuvo a punto de morir. “En el hospital me lo desahuciaron. Me lo traje esperando un desenlace, pero mi papá se recuperó”, dice Elba.
Ella, sus hijos, sus sobrinos hijos de sus otros hermanos, y los nietos están contentos de que don Toñito siga entre ellos.
“Hace diez años yo dejé de trabajar para dedicarme a cuidar a mi papá. Es una bendición tenerlo. Él nos protege. Es una autoridad en esta casa”, dice Elba delante del padre.
En las noches, don Toñito se sienta en la tercera silla, la que está más cerca de la puerta y empieza a preguntar: “¿Ya vino Cristian? ¿Ya vino Rodolfo?”
Si le contestan que no, se queda allí sentado, con la luz prendida esperando a que llegue el último hijo, nieto o bisnieto. “Él está pendiente de todos. Si salgo me dice cuidado una pedrada en la calle”, cuenta Elba lo precavido que suele ser su papá.
Ella dice que siempre fue así. Cuando su mamá murió, unos meses antes del terremoto de 1972, quedaron al cuidado de su papá ella y su hermana menor. Los dos hermanos mayores ya se habían casado. Conocidos y familiares le pedían al viudo Toñito, a alguna de las niñas, y él siempre contestaba: “Mis hijas no son perras, acaso no tienen un padre”, decía el hombre que se ganó la vida como maestro de obra y que se jubiló ya entrado en años.
En algún instante de la mañana, don Toñito se apoya en la mesa que está a la par de la tijera en la que duerme, y gira un poco la cintura. Hace el intento varias veces. También inclina un poco las piernas, intentando unas cuantas sentadillas.
“Él siempre se cuidó”, dice Elba.
Un tiempo se echó miel y gotas de limón en los ojos. Otro tiempo comió huevos crudos. “Tiene como cinco vitaminas”, comenta él. A lo mejor es todo ese cóctel: los huevos, la miel, la leche, las gotas de limón, pero sobre todo el cuido y el cariño de sus familiares los que aún lo tienen allí sentado, rotando en las tres sillas.
Ver en la versión impresa las páginas: 4 A


