“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”. (Albert Camus)
Leyendo una crítica, por cierto bastante envenenada como decimos en Nicaragua, a uno de mis artículos esperanzadores sobre temas de salud, botánica y agricultura, me planteé la interrogante, después de comprender que el que me criticaba no entendió ni una letra de mi comentario, lo absurdo de escribir en un país donde pocos saben leer y de los pocos que leen, poquísimos entienden o creen entender y de estos últimos siempre existe alguien que trata de escupir algo malicioso basado en algún pequeño error, sobre lo que se dice u opina. Basaba su crítica el genio criticón, sobre una sustancia erróneamente llamada proteína y luego se disparaba tipo Cantinflas, una serie de comentarios para ridiculizarme elogiándose indirectamente cuando dicho artículo ni en sombras pretendía hablar de medicina textual. Absurdo, me dije a mi mismo.
Este absurdo que sucede todos los días en las críticas que leo a otros artículos, no solo los míos, tiene su lógica y al tenerla plantea otro absurdo.
Albert Camus lo expone en su ensayo El mito a Sísifo, donde discute el suicidio y el valor de la vida en una metáfora.
Es por estos absurdos que todo aquel que opina para bien o para mal debe de persistir, porque por muy absurda que sean sus ideas o planteamientos, siempre es bueno criticar y ser criticado.
No trato de ser filósofo ni mucho menos metafísico, pero si se quiere ser textual como pretendió el genio que me hizo la crítica, se puede leer a Kierkegaard, Régis Jovilet, Sartre, Kafka, Claudio Guillen, Dostoievski o profundizar en el mismo Camus. En dos palabras leer sobre lo que ellos llaman el existencialismo o la idea del hombre absurdo. Tal vez se descubre lo absurdo de ser exacto sobre todo en periodismo.
Estoy seguro que habrá muchas revistas en variados idiomas que tocan el tema como lo hacía la revista Les Temps Modernes, quien con Simone Beauvoir y Sartre tratan de que la escritura incluya lo absurdo.
Así tenemos al vanguardismo en la poesía que he criticado muchas veces como algo absurdo, que fascina a muchos, y que a mi modo de ver ha abierto las puertas para destruir la poesía, al menos en Nicaragua con sus famosos “puetas”. Igual sucede con el jazz, el cual es un absurdo de la música que, sin embargo, personalmente prefiero a muchos otros tipos de música. Sucede también con las películas de Cantinflas, quien con sus discursos y posiciones absurdas y ridículas hacía reír y transmitía un mensaje que le llegaba profundo al público. Es quizás un ejemplo de cómo con el cine y la televisión se puede usar lo absurdo para educar y culturizar. Absurdo, ¿no?
Iguales planteamientos tienen la inmortal obra de Cervantes y sus protagonistas bizarros y los absurdos de San Francisco pregonando la pobreza como medio de salvación y las del mismo Jesús perdonando a sus enemigos poniendo la otra cara para ser abofeteado después de ser golpeado en la primera.
¿Qué podemos decir de las cosas absurdas que plantea la Biblia y que tienen eco en la salvación de millones de personas?
Y, si de medicina vamos a hablar, que más absurdo que tratar de curar al enfermo con el mismo mal que es la causa de su enfermedad, como pasa con el uso de las vacunas. Un absurdo basado en leyes esotéricas. Curar el mal con el mismo mal.
Por esto, la absurda crítica hacia el absurdo comentario hecho por un absurdo comentarista, asociado a los ejemplos anteriores, plantean lo borroso en que están los límites de la razón y la lógica y de nuestra propia existencia.
Creamos pues un poco más en los locos, en los ridículos, en los poemas vanguardistas nicaragüenses y críticas cantinflescas, en el jazz y en la medicina que parece absurda, porque al final todavía no sabemos si lo absurdo, absurdo es, o no lo es en nuestra absurda realidad aun tratando de enfadar a los dioses con nuestra astucia a como Sísifo o Prometeo lo hicieron. El autor es médico y cirujano.
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