Zona de diversión

Sábado de un día de noviembre, vestido con un cielo azul maravilloso y arropado con vientos navideños. El día era propicio para el paseo alegre e inocente infantil. Partió él con Válerie, de tres años, a una zona de diversión de un lujoso centro comercial en Ciudad Guatemala.

Carlos Alberto Cerda G.

Sábado de un día de noviembre, vestido con un cielo azul maravilloso y arropado con vientos navideños. El día era propicio para el paseo alegre e inocente infantil. Partió él con Válerie, de tres años, a una zona de diversión de un lujoso centro comercial en Ciudad Guatemala.

Le encantaba ver y escuchar a Valérie gritar de alegría en el columpio y ese era su propósito aquella mañana: La alegría de la niña. Llegaron. Sujetó a Válerie en el columpio plástico de color amarillo y la risa, el grito y la canción tarareada por ella no se hicieron esperar.

Mientras la niña tocaba el cielo con su canto y felicidad, él observó a otras pequeñas jugar en el resbaladero, y con las niñas vino la observación a sus madres. Tres mujeres mulatas no mayores de veinte años. Desde el estereotipo local, eran tres prostitutas. El atuendo, los tacones altísimos baratos, y el exceso de maquillaje cumplían con el modelo de las damas de los prostíbulos más elementales de Guatemala.

El esfuerzo laboral de la semana de las tres damas, quizá había dado los réditos suficientes para llevar a sus pequeñas niñas a aquel sitio de diversión bonito y donde ellas, seguramente, en su infancia nunca tuvieron la oportunidad de visitar. Las tres madres tenían en su rostro el dibujo de la dulzura y la felicidad por sus niñas y, talvez, el consuelo de que su labor podía propiciar momentos de alegrías para sus hijas.

En una de las esquina de la zona de diversión se encontraba una pareja cuarentona, a primera vista, profesional, y de la clase media alta del país. Aunque los dos estaban en la misma banca, estaban separados emocionalmente: Él, con pierna cruzada, leía un periódico y ella, con rostro amedrentado tenía la mirada desorientada. La única vez que él le habló a ella fue para gritarle. Él autoritario y ella infelizmente temerosa, casi dándose la espalda mutuamente.

Válerie continuaba su canto y sonrisa en el columpio. Sucedió algo inesperado. Una de las niñas del resbaladero, corrió e ingresó intempestivamente a un restaurante de aquel centro comercial. Inmediatamente su mamá mulata corrió tras ella.

“¡Cuide a su niña, mujerzuela peperecha!”, le dijo la señora encargada del restaurante con ojos de censura a la joven mulata, mientras las echaba del local. La joven mamá bajó su cabeza con resignación y tomó del brazo a su pequeña niña. Las dos estaban asustadas.

El caballero autoritario de la banca, de repente dejó de leer su periódico, y de reojo comenzó a coquetear con una de las mulatas. Lo hacía muy bien, porque su dama de al lado, estaba tan infeliz y triste que no era capaz de notarlo. La mulata, en respuesta al coqueteo del hombre, le lanzó una mirada de censura y cuestionamiento. Comentaron las tres mulatas el hecho, llamaron a sus niñas y se marcharon inmediatamente de la zona de diversión.

Válerie terminó su canto en el columpio, y era la señal para regresar a casa, aquel sábado de un día de noviembre, vestido con un cielo azul maravilloso y arropado con vientos navideños, como se dijo al inicio.

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